150 años de los Cantares de Rosalía

La huella de Rosalía de Castro se convierte de pronto en una sombra fresca y protectora en la tórrida mañana del agosto de Vigo. Aquí, en una imprenta de esta ciudad pontevedresa que hoy roza los 300.000 habitantes pero que entonces apenas llegaba a 12.000, se publicó hace 150 años el libro con el que su autora se ganaría un respeto literario que perdura hasta hoy y que, sobre todo, marcaría el inicio de la recuperación del gallego como lengua literaria tras prácticamente tres siglos de abandono. A no más de 700 metros de distancia del lugar que ocupó el establecimiento tipográfico de Juan Compañel en el que se imprimió Cantares gallegos, la Fundación Barrié ha reunido algunos de los objetos y documentos que permiten evocar la figura de su autora; y entre ellos, unos pocos manuscritos que, pese a la voluntad de la propia Rosalía y a la decisión última de su marido, Manuel Murguía, han llegado hasta nosotros.

La vida de Rosalía abunda en el enigma. Pese al esfuerzo de tantos investigadores, muchos detalles de su biografía están aún por esclarecer. La identidad durante muchos años preservada del padre, José Martínez Viojo, al que su condición de sacerdote le impidió reconocerla legalmente, hace tiempo que quedó resuelta. Tampoco parecía haber dudas sobre el hecho de que la pequeña quedó al cuidado de unas tías paternas, después de que su madre, Teresa de Castro, se hubiese desentendido de ella tras haber encargado bautizarla en la inclusa, manteniendo oculta así la identidad de sus progenitores. Sin embargo, estudios recientes como el presentado por la profesora Victoria Álvarez Ruiz de Ojeda refutan esa tesis ampliamente divulgada y sitúan a Rosalía bajo el cuidado materno. Tampoco hay unanimidad entre los estudiosos sobre el primer encuentro entre la autora de Follas novas y Manuel Martínez Murguía. Unos lo sitúan en la efervescencia cultural y política del Santiago de Compostela de mediados del siglo XIX. Otros en el cenáculo familiar de un Madrid frecuentado por los hermanos Bécquer. En lo que sí coinciden es en atribuir a Murguía un papel decisivo en la génesis de Cantares gallegos. Cuando en 1858 contraen matrimonio en Madrid, Rosalía de Castro había publicado ya un primer poemario, La flor, de escaso interés hoy para los historiadores de la literatura, pero en el que entonces sí reparó quien muy poco después se habría de convertir en su marido. La notoriedad solo llegaría con la publicación en 1863 de Cantares gallegos.

Idiosincrasia

Además de en Madrid, Murguía era ya una figura conocida en el mundo literario y político de Galicia. Historiador, periodista, autor de novelas, fue uno de los promotores del Rexurdimento, aquel movimiento romántico que impulsaría un resurgir de la cultura gallega con el que se emparenta el nacionalismo actual. En ese ambiente de exaltación, de búsqueda de rasgos idiosincrásicos, de reivindicación de un idioma que había desaparecido de la lengua literaria, Murguía debió de animar a Rosalía a escribir un poemario glosando esos cantares que el pueblo gallego venía trasmitiendo de generación en generación y que hablaban de fiestas, de romerías, del saber ancestral y de la vida cotidiana. Mauro Armiño, editor y traductor de la obra, asegura que sin Murguía Cantares gallegos tal vez no hubiera visto la luz. A él, escribe, se le atribuye “la idea del libro, el estímulo constante y el apoyo para escribirlo, y habría sido él quien propuso a su mujer El libro de los cantares de Antonio de Trueba como modelo”. Hay quien dice que los primeros poemas de Cantares los llevó Murguía a la imprenta a espaldas de su mujer, a la que luego urgiría la entrega de nuevas piezas según la composición del libro demandaba más material. También, que Rosalía opuso cierta resistencia a que el volumen llevase su nombre. Finalmente el libro aparecería firmado como Rosalía Castro de Murguía. En él están la exaltación de un paisaje y unas costumbres y la nostalgia por una tierra, pero también la crítica social, la rebeldía contra la marginación y hasta ese embate brutal que es ‘Castellanos de Castilla’, en el que la autora arremete con ferocidad contra el mal trato que en la meseta recibían sus paisanos.

Empujada por el trabajo de su marido, Rosalía de Castro vivió en numerosos lugares; tuvo siete hijos –de los que uno nació muerto y otro falleció a corta edad-, y publicó algunos cuentos y novelas que apenas se recuerdan, además de otros dos poemarios -Follas novas y En las orillas del Sar- que le han asegurado un sitio de honor en nuestra literatura. Vivió solo 48 años. La enfermedad la había acompañado durante largos trechos de su vida. Murió en 1885 en Padrón, en la Casa de la Matanza, en donde había residido los diez últimos años y que hoy es una casa-museo dedicada a su memoria. Siguiendo sus órdenes, la hija mayor procedió a destruir los textos inéditos. Seis años después su cadáver fue exhumado y trasladado al panteón de gallegos ilustres del convento santiagués de San Domingos de Bonaval. Rosalía de Castro era ya un mito para Galicia. Manuel Murguía vivió hasta 1923, pero antes aún tuvo tiempo para quemar las cartas que en la distancia le había escrito Rosalía. Muchos aún no se lo perdonan. El mismo hombre a quien se debe en parte la existencia de Cantares gallegos iba a ser también el que privaría a la posteridad de una correspondencia que, sin duda, nos serviría para iluminar un poco más la vida de ambos.

Publicado en Escuela nº 3.991 (5 septiembre 2013)

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