Escritores en familia

Hay libros cuyos audaces títulos tal vez no convenga llevar distraídamente a un encuentro familiar y aún menos exhibir en público, salvo que el deterioro instantáneo de nuestra imagen a ojos de desconocidos nos sea indiferente. ¿Qué pensar de alguien que, en el autobús, en el vagón del metro o en la mesa de un café, se aplica en la lectura de un libro cuya portada luce un rótulo así? ¿Podríamos evitar la sospecha inmediata sobre su salud mental? ¿Seríamos capaces de no hacer cábalas sobre supuestos propósitos criminales? ¿Pondríamos el hecho de manera discreta en conocimiento de la policía? Es probable que el lector de Nuevas maneras de matar a tu madre no esté haciendo acopio de ideas con las que tramar la desaparición de su progenitora, sino más bien exorcizando su espíritu del influjo maligno que asedió a tantos escritores en su ámbito familiar.

El nombre de su autor, Colm Tóibín (Enniscorthy, Irlanda, 1955), no es ni mucho menos desconocido para el lector español, pero es posible que la publicación en castellano de casi una decena de sus títulos no haya ido acompañada todavía de un reconocimiento definitivo. Elogios a su obra pueden rastrearse en escritores como Antonio Muñoz Molina, Félix de Azúa o Javier Marías. El autor de Sefarad o La noche de los tiempos apuntaba que en los relatos y las novelas del autor irlandés la voz que narra “es la de alguien que mira a los seres que ha inventado exactamente desde la altura de sus propias vidas, a una distancia respetuosa que elimina la condescendencia y sin la cual es posible que no exista la gran literatura”. La reseña dedicada a su última novela, The testament of Mary, no traducida aún al castellano, la empieza Azúa sin ningún rodeo: “Si bien todos coincidimos en que Colm Tóibín es uno de los mejores escritores vivos, solo quienes lean su último libro se percatarán de que, además, en un soberbio poeta. O dramaturgo”. Y Marías, en fin, incluyó una de sus novelas, The master. Retrato del novelista adulto, como uno de los títulos fundamentales del inicio de este siglo XXI, junto a otros de Sebald, Alice Munro o John Banville.

En las cuatrocientas largas páginas de Retrato del novelista adulto, Tóibín recrea de manera fascinante la personalidad de Henry James, su ambigüedad sexual, sus amistades femeninas, sus relaciones familiares con su hermano William o su hermana Alice -de los que más cerca estuvo siempre-, sus idas y venidas de América a Europa; y de Venecia y Roma, a su casa de Lamb House, en el sur de Inglaterra. La figura de James serpentea varias veces también por entre las páginas de Nuevas maneras de matar a tu madre, un título, el de este conjunto de ensayos, tomado del que tiene como objeto al escritor J.M. Synge. “Si un escritor estuviera dispuesto a asesinar a su familia”, escribe Colm Tóibín, “los Synge, con su noción de una herencia elevada y perdida y su observancia estricta de la doctrina religiosa, sumadas a la estupidez, habrían sido un regalo caído del cielo”. (Synge, por cierto, fue un autor al que Lorca leyó con interés y cuya influencia, según otro irlandés de origen, Ian Gibson, puede verse en Bodas de sangre).

Coqueteo y fracaso

Yeats, Beckett, Sebastian Barry o Roddy Doyle son algunos de los escritores irlandeses sobre los que el autor de Brooklyn o El amor en tiempos oscuros pone bajo su foco. Tóibín, que trabajó durante tres años como profesor de inglés en la Barcelona de la Transición, en donde situó su primera novela, El sur, y a la que rindió tributo en Homage to Barcelona, sólo se refiere a un autor en lengua española, aunque sea uno que valga por muchos: Borges. Tóibín lo sitúa a la sombra paterna, en compañía de aquellos escritores y artistas cuyos padres “han coqueteado con el arte y fracasado” y que, según él, “parecen mostrar siempre una intensidad especial en su grado de ambición y determinación”. Aunque también bajo la férula de una madre protectora, convertida pronto en guía, secretaria y gerente comercial de un hijo de fama creciente al que se le evitaba el alcohol en las comidas con el argumento de que “el niño no toma vino”.

Hay ensayos interesantes como los dedicados a John Cheever, el alcohólico padre de familia temeroso de que sus inclinaciones homosexuales pudieran hacerle perder esa vida doméstica “que tan dichosamente infeliz le hacía”; o el reservado a Tenesse Williams, ese angustiado escritor al que nada le proporcionaba alivio. Pero ninguno de ellos es comparable con el que tiene como protagonistas a los Mann, la apasionante familia del autor de La montaña mágica y sus seis hijos, en torno a los cuales se entreveran asuntos recurrentes como la homosexualidad, el suicidio, el incesto e incluso la gerontofilia, y de cuya agitada vida puede dar ejemplo esta frase entresacada de lo ocurrido durante los preparativos de una obra que Klaus y Erika Mann, Pamela Wedekind y Gustav Gründgens llevaron a escena: “En cierto momento (…) Klaus tuvo intención de casarse con Pamela, de quien se enamoró Erika, que a su vez decidió contraer matrimonio con Gustav, con quien Klaus había iniciado un romance”. A menudo, solo de ese magma convulso en el que fermentan la vida y las pasiones acostumbra a surgir el arte.

Publicado en Escuela nº 3.992 (12 septiembre 2013)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s