Última entrega de Rosa Chacel

Las obras completas de un autor nunca lo son del todo. A poco que haya escrito en revistas y en periódicos dispersos, dictado conferencias o cursos en lugares remotos, participado en homenajes o presentaciones de libros, practicado el género epistolar o atendido la petición amistosa de los prólogos, es frecuente que algún artículo temprano, una charla insospechada, un texto desconocido oculto entre legajos o ciertos documentos que el tiempo traspapeló y el azar saca de nuevo a la luz consigan escapar al rigor cinegético de sus estudiosos. Así, un día llega a las librerías la narración inédita de un novelista americano fallecido 36 años atrás (La camarera, de James M. Cain), y otro, aflora una película remota de Orson Welles dada por desaparecida. Alguien, de pronto, se topa en los depósitos de una biblioteca argentina con un manuscrito de Jorge Luis Borges que plantea el final alternativo de un cuento célebre. O, en fin, al cabo de diez años de no hallar más que indiferencia, un novelista vasco, Bernardo Atxaga, hace entrega de las desconocidas grabaciones de unas conferencias del autor de El aleph e Historia universal de la infamia en el Buenos Aires de 1965. Sí, los objetos se resisten a desaparecer.

Las obras completas de Rosa Chacel ocupan nueve gruesos volúmenes. En sus páginas encuentran acomodo las novelas, los libros de poemas, los ensayos, los artículos o los diarios que la escritora vallisoletana compuso en sus fecundos 96 años de vida. Aun así, todavía quedaban en alguna gaveta los textos de varios discursos, conferencias y presentaciones, algunos ensayos inéditos, unos pocos artículos y un puñado de cartas. Con todo ello, Ana Rodríguez Fischer ha preparado un libro, editado por la Fundación Banco Santander, cuyo título, Astillas, responde bien a la temática y a la irregular procedencia de esos materiales. Sobre la prosa de Chacel, que tenía a Joyce como máximo referente, ha recaído a menudo la acusación de ‘intelectual’ o ‘abstracta’. En su prólogo, la profesora de la Universidad de Barcelona rebate esa suposición. Sin embargo, su preferencia conceptual y su aversión a la anécdota enfrían a menudo la lectura, la hacen árida y establecen una distancia que resulta irremediable. A veces, en textos en los que evoca a personas muy queridas, como su marido, el pintor Timoteo Pérez Rubio, uno de los responsables de la meritoria evacuación de las obras del Museo del Prado durante la guerra civil; o a amigos como Luis Cernuda y Gregorio Prieto, el lector se forja una ilusión que la autora pronto desbarata y que convierte en algo parecido a la frustración que sucede a las ocasiones perdidas. Es como cuando en La sinrazón de Rosa Chacel, la entrevista que en 1984 Alberto Porlan publicó en forma de libro, la autora de Alcancía y Memorias de Leticia Valle ruega a su interlocutor que no le haga contar ‘ánécdotas’ sobre Valle-Inclán, a quien trató mucho y de quien fue vecino.

Amonestación

Algunas de las páginas de mayor interés corresponden a las cartas que Chacel envió a Javier Marías a partir de 1973, cuando el hijo del filósofo orteguiano era el melenudo autor de 21 años que acababa de publicar Travesía del horizonte, su segunda novela. La escritora alaba la prosa y la trama del libro, se pregunta por qué su artífice, a quien califica como “imprevisible criatura”, se embarca en una “resurrección victoriana” cuando lo que asoma ante los ojos es una juventud inglesa “de minirropa y cero prejuicio” y le advierte de que solo ‘sermonea’ cuando hay motivo para ello. “Si el libro no demostrase, a todas luces, que eres un escritor, no te sermonearía, pero como lo eres indiscutiblemente, no me canso de amonestarte”. En la tercera de las misivas alude a una carta previa del joven Marías, en la que este señalaba que hay dos atributos imprescindibles para ser un buen escritor: talento y experiencia. Solo después de analizar este último concepto se refiere al color morado que según le debe haber contado Marías “echan de menos los universitarios”, en referencia a la enseña republicana. El lector de Astillas se queda sin conocer el sentido exacto de esa conversación epistolar, y ni siquiera puede acudir para remediarlo a Cartas a Rosa Chacel, la recopilación que Rodríguez Fisher realizó en 1992 y en la que entre epístolas de María Zambrano, Juan Gil-Albert, Dámaso Alonso o los entonces jovencísimos Ana María Moix o Pere Gimferrer, entre otros muchos, figuran algunas de las que le remitió por aquel tiempo Javier Marías.

La respuesta se encuentra, sin embargo, en el artículo que este escribió a la muerte de Chacel, en 1994. En ese texto, titulado ‘Todas las edades’ y recogido en Vida del fantasma, Marías recuerda su relación con la autora vallisoletana, a la que al principio no dejaba de ver como uno de los muchos exóticos personajes que acudían a la casa familiar. De ella dice: “No pedía respeto y no lo tenía para con nadie, no esperaba buenas palabras y por tanto no las brindaba con facilidad, se permitía ignorar el mundo puesto que el mundo la ignoraba a ella”. Después confiesa que una vez la engañó, al asegurarle en una carta que a él le faltaba experiencia “como el morado a la bandera española, según un símil corriente entre los jóvenes”. “Nunca fue corriente tal símil”, admitía Marías en su artículo, “pero no puedo arrepentirme del engaño, ya que dio lugar en su respuesta a una estupenda y emocionada disertación sobre el morado perdido cuando la joven era ella”. Y añade: “Esa carta es un acabado ejemplo de excitación biográfica e intelectual”. La carta, que una vez fue parte de una conversación privada entre una anciana escritora y un joven autor, está ahora a la vista de todos.

Publicado en Escuela nº 3.993 (19 septiembre 2013)

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