Sílabas de sombra

Juan Luis Panero

Prisionero de sus obsesiones, el escritor convive con sus fetiches y apela como sin querer a palabras que, convertidas en talismanes, surgen inevitables. En la poesía de Juan Luis Panero, tan pródiga en alcohol y espejos como en referencias literarias y presencias fantasmales, pocos vocablos hay tan constantes como el que designa la muerte. En el poeta que trata con ella, las más de las veces parece un gesto de afectación, un fúnebre coqueteo literario con la nada. Cuando la muerte lo alcanza el poema muda de significado, y entonces su carácter tentativo adquiere una condición testamentaria. “La larga, lenta lengua de la muerte/ha lamido la mano del que escribe,/lucidez o locura, nadie sabe:/ sólo quedan palabras, palabras deshaciéndose”, escribe con apenas 36 años en Desapariciones y fracasos. “Sólo son tuyas -de verdad- la memoria y la muerte,/ la memoria que borra y desfigura/ y la sombra de la muerte que aguarda”, anotará en 1999, cuando se aproximaba a la sesentena y el cáncer que ahora ha acabado con él era ya un huésped desabrido en su vida.

A diferencia de otros, el mayor de los hijos del poeta Leopoldo Panero no disimulaba la naturaleza biográfica de sus versos. Su poesía es un concentrado de vida del que emergen recuerdos de infancia, ascendientes literarios, memoria carnal, largas estancias en países americanos  o su amistad antigua con el alcohol. En 1997 reunió en trescientas y pico páginas su Poesía completa (1968-1996), un título que quedaría pronto desmentido con la publicación de Enigmas y despedidas. De cualquier modo, desconfiaba de las obras completas. Aseguraba que muy pocos autores –Jorge Manrique, san Juan de la Cruz, acaso- la soportaban. “De cualquier poeta lo mejor que puede hacerse es una buena selección”, decía al recordar el tiempo en el que trabajó en la obra completa de su padre. La suya la antologó un poeta amigo, Felipe Benítez Reyes, quien dijo de ella: “Fiel a sí misma, obsesiva tanto en sus temas como en sus recursos, honda y educadamente aterrada, la poesía de Juan Luis Panero nos habla de Juan Luis Panero para acabar hablándonos de nosotros mismos”.

El lector puede hoy rastrear también fragmentos de su vida en los artículos y las prosas de Los mitos y las máscaras y de Leyendas y lecturas, en los que, como en sus poemas, ha dejado buena prueba de su devoción por autores como Octavio Paz, Borges, Scott Fitzgerald, Malcolm Lowry o José Asunción Silva. También de Luis Cernuda, aquel amigo familiar –del que su madre estaba desorientadamente enamorada- que en el Londres de los años 40 lo llevaba a pasear por Hyde Park o que la víspera de que regresaran a España le compró en la juguetería de Harrod´s un barco de madera pintado de rojo que nunca olvidaría. En algún poema dejó constancia de su rechazo a escribir unas memorias, pero la ronda cercana de la enfermedad, que le impulsó a destruir cartas y a deshacerse de fotografías y borradores, le persuadió de aceptar el ofrecimiento de la editora Beatriz de Moura. Ese libro, que lleva por título Sin rumbo cierto, es fruto de las conversaciones con Fernando Valls, profesor de Literatura Española contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona, sobre cuya falsilla él reescribió unas vivencias que son el decorado de muchos de sus versos.

Un papel

Juan Luis Panero hubiera podido pasar por un poeta notable hijo del vate oficial del franquismo si Elías Querejeta y Jaime Chávarri no hubieran puesto en los estertores de la dictadura el foco sobre la viuda de Leopoldo Panero y sus tres hijos. Rodada en vida de Franco, prohibida y estrenada un año después y convertida ya en lo que se conoce como una película de culto, en ella los tres hermanos, Juan Luis, Leopoldo María y Michi, ajustaban cuentas con su madre, su dipsómano padre y entre ellos mismos, y aventaban las intimidades de una familia que se desintegraba. En sus memorias Juan Luis relata cómo el estreno de la película supuso, entre otras cosas, la despedida de aquella Astorga que había sido escenario de su infancia y juventud. “El montaje se hizo para que cada uno representáramos un papel: mi madre era la mujer rebelde; Leopoldo María, el loco al estilo Artaud; Michi, el narrador, en cierta manera Pepito Grillo; y yo”, escribe solo un poco antes de arremeter otra vez contra sus hermanos, “un símbolo de no se sabe qué, quizás un poco de mi padre”. Probablemente no haya ninguna otra familia española que haya suscitado un interés cinematográfico semejante. La descoyuntada prole que desde las salas de cine conmocionó a una España en transición fue nuevamente objeto de análisis dos décadas después, cuando Ricardo Franco e Imanol Uribe acometieron Después de tantos años. Tampoco aquello fue del agrado de Juan Luis, cuya presencia en la película queda aminorada por comparación con la de Leopoldo María, internado entonces en el psiquiátrico de Mondragón, y sobre todo Michi, ya muy enfermo y tambaleante. Su escrutinio es demoledor: “La visión de un buitre volando sobre el cadáver de los Panero”. De esos dos filmes queda la imagen de un Juan Luis no menos torturado que sus hermanos, con los que dio por rota la relación a la muerte de la madre. Felicidad Blanc, que dejó su testimonio vital en Espejo de sombras, falleció en 1990; José Moisés, Michi, en 2004; y Juan Luis, el pasado 16 de septiembre, a los 71 años. Autor de una extensa obra que pocos se atreven a valorar, Leopoldo María sigue arrastrando su existencia rodeado de otros enfermos mentales y alumbra algunos versos luminosos.

En la poesía de Juan Luis Panero hay también muchas ráfagas esplendorosas, pero con la muerte siempre al acecho. Incluso cuando se refiere al del poeta habla de un oficio de suicidas: “Pocas las palabras, pequeños sus designios,/ nombrando siempre realidades banales,/ triviales signos, hechos consumados,/ y, en el fondo,/ sórdida presencia de la muerte./Oficio melancólico, construir estas jaulas, estas escasas lápidas del tiempo que nos pasa,/oficio de suicidas, intentar retener/ la huella de la luz en sílabas de sombra”. Juan Luis Panero ya no está. Se ha transfigurado en una de esas presencias fantasmales. Queda su poesía.

Publicado en Escuela, nº 3.994 (26 septiembre 2013)

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