Las pequeñas cosas de Munro

Alice Munro

Aunque el orbe entero recibió el pasado día 10 la noticia de que el premio Nobel de Literatura había recaído en la escritora canadiense Alice Munro, en una librería de cuatro plantas del centro de Madrid en la que cabía esperar que sus relatos estuviesen no ya en los anaqueles de narrativa extranjera, sino ocupando alguno de los mostradores principales, tres días después de la concesión no había otro rastro de la galardonada que no fuera un triste cartelito junto al puesto de información. Pero Munro no es una desconocida. No se trata de uno de esos escritores a los que de vez en cuando los académicos suecos sacan casi del anonimato para otorgarles de la noche a la mañana una fama mundial que suscita la estupefacción de muchos, la curiosidad de algunos y el deleite de unos pocos que llevaban décadas saboreando las delicias de una literatura hasta entonces solo al alcance de una exquisita minoría.

Los académicos suecos podrán ser acusados de muchas cosas. Pero nunca de previsibles. Cada año contribuyen a purgar la mala conciencia del enriquecido inventor de la dinamita poniendo a un escritor, como también a otros eximios representantes de diferentes disciplinas, bajo el más llamativo de los focos. Cada año, la concesión del Nobel de Literatura se asemeja a un enigmático juego de azar al que los escritores concurren un poco a su pesar y otro poco con la vaga esperanza de ser agraciados. Como en esos premios otorgados de antemano en los que se arrojan miguitas al suelo con los nombres de los ‘favoritos’ para así mantener cierta tensión periodística, en las cercanías de la concesión del Nobel, en los primeros días de octubre, surge también de manera inevitable un rimero de nombres de hipotéticos aspirantes al más universal de los galardones. Nombres de lo más dispar. Algunos se repiten a lo largo de los años de una manera cansina y casi irreverente, y a veces solo la muerte, lo incontestable de la realidad o la propia concesión del premio los alejan de semejante trance. Junto a autores al alcance todavía de unos pocos, como los del noruego Jon Fosse, la bielorrusa Svetlana Alexijevich, la argelina Assia Djebar, el húngaro Peter Nadas o el keniano Ngugi wa Thiongo, nunca han dejado de figurar en las últimas convocatorias escritores de talla internacional como Philip Roth, Haruki Murakami o Alice Munro. Al menos, cuando el próximo año los impredecibles suecos vuelvan a lanzar sus dados, el nombre de Alice Munro ya no estará más en las listas de las casas de apuestas.

Verdad íntima

Que una imponente librería de cuatro plantas no disponga de ningún libro de la flamante ganadora del Premio Nobel no debería importar demasiado si en la propia biblioteca particular tres títulos suyos aguardan desde hace años el momento de la lectura. Alguien a quien muchos señalan como un serio aspirante a figurar en ese inventario nórdico suele decir que los libros esperan. Cada lectura requiere un momento propicio. A veces esa ocasión es personal, y en otras viene sugerida desde fuera. Al extraer de la estantería Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio,  un título que se antoja raro hasta saber que obedece al ritual de un juego juvenil, surge de entre sus páginas el recorte de un artículo de un ya lejano 2005 en el que Antonio Muñoz Molina se deshacía en elogios a Munro y escribía que en sus relatos las protagonistas “saben que elegir tiene muchas veces un precio muy alto, y que lo más deseado, lo que más se corresponde con la verdad íntima de uno mismo, puede ser dañino o cruel para otros”. Al pie de ese texto, una nota de la periodista Elisa Silió aseguraba que cada vez con más insistencia se asociaba al Nobel el nombre de Munro. Internándose en el cuento que da título al libro el lector se topa pronto con dos adolescentes entrometidas que sin saberlo contribuyen a que la vida de dos personas dé un giro inesperado y desde su diversión juvenil sean a su modo responsables de la propia existencia de una tercera. La horaciana exhortación a no malgastar el momento pone fin al relato, pero encamina al lector hacia el delicado universo de las pequeñas cosas de Munro.

Nacida en 1931 en Wingham, Ontario, hija de un granjero y una maestra, Alice Ann Laidlaw, cursó estudios universitarios de Periodismo, aunque los abandonó para contraer matrimonio con un compañero, James Munro, de quien tomó el apellido, con el que regentó una librería y del que se separó en 1972. Madre de tres hijas, se casó cuatro años después con un geógrafo, Gerald Fremlin, fallecido hace pocos meses. Sus primeros cuentos los escribió en los años cincuenta, pero solo en 1968 logró publicar su primera colección de relatos, Dance of de Happy Shades. En ese tiempo la narrativa canadiense en inglés era objeto de un enorme descrédito por parte de profesores y editores, que la marginaban en favor de la literatura norteamericana, inglesa o irlandesa. En castellano sus libros empezaron a traducirse en los años 90: Las lunas de Júpiter, Amistad de juventud o El progreso del amor, y desde entonces han ido ganando la atención de un número creciente de lectores, hasta llegar a los más recientes La vista desde Castle Rock o Mi vida querida. Pese a que en diversas ocasiones había anunciado su retirada de la literatura, la imposibilidad, según confesaba, de comportarse como “una señora normal sin obligaciones” la retornaba de nuevo a la escritura. Ahora, con el Nobel como broche final, puede que ese momento haya llegado de manera irreversible.

Publicado en Escuela, 17 octubre 2013

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