Al sol de la Toscana

macchiaioli

Mientras sobre los árboles del Paseo de Recoletos se desploma un fuerte aguacero que oscurece la tarde de Madrid, en los pequeños cuadros expuestos en la planta baja de la Fundación Mapfre luce un espléndido sol de otro siglo. Es un sol de verano y cielos casi límpidos, de tareas primitivas al aire libre, como portar un cántaro de agua en la cabeza o conducir una yunta de bueyes. Un sol que en ocasiones mueve a buscar la sombra de un toldo o a resguardarse bajo unos árboles frondosos mientras se lanza al agua la caña. Estos óleos con vocación de miniatura, de trabajos preparatorios acomodados a una falsa vocación de tentativa; estos cuadros de apaisado formato pintados sobre tablas de embalaje constituyen un momento casi secreto de la historia del arte, una secuencia arrollada en los manuales por la pujanza del impresionismo.

Ni unos ni otros contaron con la aprobación de sus contemporáneos. Una década antes de que en 1874 los impresionistas se ganaran su entonces despectiva denominación, un grupo de pintores italianos se rebelaba en Florencia contra el academicismo artístico y hacía suyo el desdeñoso calificativo de macchiaioli. Un articulista anónimo había descalificado como ‘manchistas’ o ‘manchadores’ a esa joven promoción de artistas que propugnaba un estilo basado en fuertes claroscuros y en contrastadas manchas de color. Como los impresionistas, también ellos iban a los espacios naturales en pos del paisaje. Los unían la amistad y la disconformidad con el arte en el que se habían formado, pero también los ideales políticos que en la convulsa Italia de mediados del siglo XIX perseguían la unificación política de un país dividido en múltiples estados. Macchiaoli. Realismo impresionista en Italia, la exposición que Mafpre presenta hasta el 5 de enero en sus salas del paseo de Recoletos, da cuenta del trabajo de un conjunto de pintores cuyos nombres han quedado relegados en las historias del arte, pero que coinciden en presupuestos artísticos con otros que más allá de las fronteras italianas trataban por esas décadas de desembarazarse de un arte considerado caduco: Giovanni Fattori, Telemaco Signorini, Giuseppe Abbati, Giovanni Boldini… Nombres que nos suenan desconocidos, como también el de Diego Martelli, el crítico y mecenas a cuyo alrededor se congregaron en el florentino Caffè Michelangiolo, y cuya efigie con gorro rojo plasmó Federico Zandomeneghi y recibe ahora al visitante.

Camisas rojas

Las pequeñas tablillas alargadas evocan la belleza, el color y la luz del paisaje toscano. Torres, carretas, aguadoras, interiores de claustros dan vida a esos primeros paisajes sofocados por el sol, que en el montaje de esta muestra dan paso luego a cuadros de mayor tamaño y ambición artística en los que se refleja el compromiso político de estos pintores con su tiempo, el tiempo del Risorgimento. Lejos de recluirse en sus talleres, se alistan como voluntarios en las guerras de la independencia italiana y adquieren un testimonio de primera mano de los campos de batalla. Los paisajes bucólicos dan el relevo a las escenas bélicas: la ofensiva de los camisas rojas garibaldinos, los prisioneros austríacos conducidos por las tropas de infantería, los soldados haciendo a caballo la guardia junto a los muros de un fuerte o ese otro que incapaz de soltar el pie del estribo es arrastrado brutalmente por su impetuoso caballo.

A la exaltación del combate patriótico le sucederá el reposo que algunos de los macchiaioli encontraron en Piagentina, cerca de Florencia. Allí, su pintura abunda en retratos y en escenas burguesas de la que debería ser para ellos la nueva clase dominante en la Italia unificada. Frente al retrato más clásico, intentan captar con sus pinceles una espontaneidad imposible que sí le está permitida a la naciente fotografía. Su irrupción no los deja indiferentes. La aceptan y la incluyen como una herramienta de trabajo al servicio de su pintura. Captan imágenes, como la de una mujer sentada en el banco de un jardín o la de unos hombres arrastrando con una cuerda algo muy pesado, que luego llevan a sus cuadros.

La herencia artística de los manchistas queda subrayada al final de la exposición con los nombres de Mariano Fortuny y Luchino Visconti. Varios de los cuadros de Fortuny, que falleció con apenas 36 años, inciden en el diminuto formato y en la pintura sobre tabla, y dejan asomar la plasticidad de ese corral de toros al sol del atardecer o de ese niño desnudo en la playa tras el que no cuesta adivinar las obras de un Joaquín Sorolla. Tampoco Visconti dejó de tener presentes a los macchiaioli a la hora de rodar Senso o El Gatopardo. La traslación fílmica del relato de Camillo Boito, la doble traición al matrimonio y a la patria de una condesa italiana enamorada de un oficial del ejército austríaco ocupante, así como la de la obra póstuma del conde de Lampedusa, ambientada tras el desembarco en Sicilia de las tropas de Garibaldi, se nutren en tonos y en recursos de su quehacer pictórico. El cine, como una de las más tardías muestras artísticas, fagocita la literatura y se atavía con las formas de la pintura. Tal vez los macchiaioli no hayan ocupado un lugar destacado en el canon artístico, pero su estética sí ha logrado traspasar la estrecha superficie de sus cuadros.

Publicado en Escuela, 24 octubre 2013

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