Camus, el rebelde

Albert Camus

Cuando ya era una celebridad y había escrito casi todos los libros por los que la Academia sueca le galardonaría a los 44 años con un premio que acostumbraba a coronar carreras literarias más dilatadas, Albert Camus aún estaba convencido de que sus novelas, sus ensayos y sus piezas de teatro no eran más que pequeños pasos en un trabajo en fase de formación, tareas preparatorias para la gran obra a la que aspiraba y que todavía estaba por llegar. Regresando a París tras unas semanas de descanso en la casa de campo que con el dinero del premio los Camus habían adquirido en la Provenza, el 4 de enero de 1960 la muerte cegó de un solo golpe el logro de esa obra indiscutible. El deportivo que conducía su amigo Michel Gallimard dio un bandazo en una carretera recta y mojada por la llovizna reciente y se estrelló contra un árbol. Camus murió en el acto. Gallimard, unos días después. Durante el viaje, el gusto de este por la velocidad los había hecho bromear con la muerte, hablar de testamentos y derechos de autor a disposición de los herederos y contemplar la posibilidad de suscribir un seguro de vida. En la cartera negra de cuero que llevaba consigo, Camus había guardado el pasaporte, varias fotografías personales, sus diarios, algunos libros y el manuscrito inacabado de la novela que estaba escribiendo, Le premier homme: un relato de corte autobiográfico en el que el autor recreaba los años de su mísera infancia argelina, y cuya publicación solo autorizarían sus hijos más de tres décadas después.

La figura de Albert Camus, cuya obra nunca ha dejado de estar presente en las librerías, ha regresado en los últimos meses a la actualidad con motivo de la celebración, el pasado 7 de noviembre, del centenario de su nacimiento en Mondovi (Argelia), en el seno de una humilde familia de colonos franceses. Para los ciudadanos del siglo XXI, el decurso de la historia ha convertido al autor de El extranjero en un referente moral, en una figura insoslayable. Pero en vida sufrió el escarnio y el desprecio de muchos, empezando por algunos que habían pasado por amigos suyos. Jean Daniel, el fundador de la revista Le Nouvel Observateur, admite en su libro sobre Camus que sus propios contemporáneos, también los que como él mismo admiraron su obra, nunca podrían haber sospechado que la posteridad iba a serle tan favorable. “Ni siquiera la consagración que supuso el Premio Nobel permitió augurar entonces a nadie el papel, el rango y la condición asignados hoy a Camus, que lo sitúan al lado de los más grandes”, anota Daniel, antes de recordar que el autor de El mito de Sísifo o El malentendido no hacía distinciones entre la obra, la vida y la persona. “Y esa es, en mi opinión”, añade el periodista, “la única buena definición del compromiso”.

Perversión de los ideales

Al tiempo que cursaba estudios universitarios en Argel, se acercaba al mundo del teatro y escribía sus primeras narraciones, Camus hizo del periodismo una pasión cívica, primero en la prensa de la colonia francesa, y desde 1940 en París, donde peleará con la palabra escrita contra la ocupación alemana. Cuando en 1947 abandona Combat, hace cinco años que ha publicado El extranjero, la novela que atraerá sobre él una atención que no tardará en acrecentar La peste. El relato que protagoniza ese sujeto indiferente que es Mersault es objeto también de críticas negativas que incomodan a su autor y lo llevan a proclamar: “Imbéciles que creéis que la negación es un abandono, cuando lo que representa es una elección”. El extranjero merecerá una reseña de Jean-Paul Sartre, que llegará a convertirse en un amigo cercano y con el que romperá públicamente de una manera abrupta tras publicar en octubre de 1951 su ensayo El hombre rebelde. ¿Qué es un hombre rebelde?, se pregunta Camus al comienzo del texto. “Un hombre que dice no”, responde. ¿Qué pretendía con ese libro? Herbert R. Lottman, el meticuloso autor de una biografía suya de 700 páginas, lo resume diciendo que nada menos que el estudio en profundidad a lo largo de la historia de las teorías y formas de rebeldía, con la esperanza de descubrir por qué se pervierten los ideales, y trazar a continuación las vías auténticas de una rebelión necesaria contra nuestro destino, en la que el crimen, aun legítimo, aun santificado por el Estado, quedara rigurosamente excluido.

Camus sostiene que el idealismo revolucionario degenera en terror policíaco, que la violencia  no puede justificarse nunca ni aun en las iniciativas humanas más nobles y  que, contra lo que defendían entonces filósofos como Merleau-Ponty o Sartre, no hay una violencia ‘progresista’. El totalitarismo estalinista suscitaba todavía la simpatía y la comprensión de pensadores que, como Sartre, ejercerían durante al menos un par de décadas más una enorme influencia entre las conciencias avanzadas del continente. Denunciar, como hizo Camus, el terror impuesto desde la jerarquía soviética era oponerse al sentido de la historia, al espíritu de la época, arriesgarse a ser considerado un ‘alma noble’, el peor de los insultos. Fue objeto de una despiadada crítica en la revista que dirigía Sartre, y se quedó solo en su desafío. “Nuestra amistad no era fácil, pero la echaré de menos. Si hoy rompe usted es sin duda porque tenía que romperse. Muchas cosas nos acercaban, pocas nos separaban. Pero esas cosas eran todavía demasiadas. También la amistad tiende a volverse totalitaria”, le escribió Jean-Paul Sartre. Camus, que no dejó de rebatir por escrito a sus oponentes, anotó en su diario: “Temps modernes. Admiten el pecado pero niegan el perdón –Sed de martirio… Lo único que les excusa es lo terrible de la época. Por último, hay algo en ellos que aspira a la esclavitud”.

Camus sigue siendo un escritor incómodo. Como en su tiempo, hoy sigue habiendo quien le niega la condición de filósofo. Su obra literaria y su pensamiento continúan despertando un grandísimo interés dentro y fuera de Francia. Pero la gran exposición que en el país vecino debía conmemorar el centenario de su nacimiento ha quedado minimizada entre mezquindades de diverso tipo. En su discurso de recepción del Nobel definió el arte no como un placer solitario, sino como un medio para conmover al mayor número de personas al ofrecerles una imagen privilegiada de los sufrimientos y alegrías comunes. El Camus al que la concesión del mayor de los reconocimientos literarios no le privó de ser objeto de todo tipo de burlas y menosprecio es el mismo que en el discurso de Suecia afirma que la nobleza del oficio de escribir se sustenta en dos compromisos difíciles de mantener: la negativa a mentir sobre lo que se sabe y la resistencia a la opresión. Camus, el rebelde que dice no, sigue vivo.

Publicado en Escuela, 14 noviembre 2013

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