Lecciones de poesía

Martín López Vega (Foto: Casa de América)

Martín López Vega (Foto: Casa de América)

Cada cual alberga una idea propia sobre lo que el cielo o el infierno puedan ser para él. Para Seamus Heaney, el poeta irlandés fallecido hace pocos meses, el averno tenía la forma de un cuaderno en blanco, el cielo era un puñado de poemas nuevos y el purgatorio se revelaba como un libro terminado en sus tres cuartas partes. Para Martín López-Vega (Poo de Llanes, Asturias, 1975), el paraíso se asemeja más bien, según escribió en 1999 en Los desvanes del mundo, a una suerte de biblioteca sin fin desde cuyo café ver pasar el tiempo y las mujeres. De los muchos oficios posibles en torno al libro, López-Vega parece haber tenido tratos con casi todos. Además de coordinar en otro tiempo revistas de literatura, ejercer de periodista cultural en unas cuantas publicaciones y asumir las responsabilidades del editor, es poeta, traductor, crítico y librero. También, según parece, tímido y poco mitómano, lo que, tal y como asegura al frente de Extravagante tripulación (Impronta), le permite rehuir las presentaciones de libros y las conferencias de sus autores. Aunque afirme no tener la necesidad de conocer a quienes los han escrito, el lector se malicia que eso tal vez no sea del todo cierto, y que los encuentros con Eugénio de Andrade, con Adam Zagajewski, con Charles Simic o con Seamus Heaney tal vez no fueran del todo fortuitos, ni quizá encontraran una justificación del todo convincente en las meras andanzas del joven de bullentes lecturas metido a reportero. Da igual. No importa qué le llevó a encontrarse con una infantería literaria como esta, capaz de certificar, como hace el Premio Nobel Seamus Heaney, que cada poeta no es sino una pequeña rama nueva en la gruesa y vieja rama de la poesía, o de reconocer que unos versos no pueden cambiar el mundo, pero sí ayudar a modificar la idea que de ese mismo mundo unas pocas personas tengan.

En estas entrevistas desperdigadas hasta ahora por revistas y suplementos culturales asoma un Eugénio de Andrade que se escribe con Cernuda, visita a Vicente Aleixandre y que a un jovencísimo Ángel Crespo le descubre un escritor como Fernando Pessoa que tan determinante resultará para su biografía intelectual. En la extraña comitiva no escasean los narradores: António Lobo Antunes, Antonio Tabucchi o un Jorge Semprún que todavía en 2003 no se había librado del estigma de no poder pasear por Madrid sin comprobar que no era seguido, y que parece personificar, si no al narrador del Beltenebros de Pilar Miró y Antonio Muñoz Molina, sí la cita cervantina que el escritor andaluz antepone a su novela: “Unas veces huían sin saber de quién y otras esperaban sin saber a quién”. Pero tampoco faltan los dramaturgos: Dario Fo o un Fernando Arrabal en su más acabada teatralidad pánica. Sin embargo, los narradores y los teatreros, e incluso algún dibujante satírico como El Roto, no pueden sino rendirse ante la apabullante presencia de los poetas, compañeros de oficio al fin y al cabo del entrevistador.

Elogios y premios

Hay algunos a los que solo forzando la cronología se les podría seguir llamando hoy jóvenes, como Luis Muñoz o Jesús Aguado, o como Xuan Bello, que en el momento del registro (2001) es todavía el prometedor poeta en lengua asturiana que se dispone a publicar en castellano sus relatos de Paniceiros. Y junto a los vates con un prestigio todavía por confirmar, los ya consagrados por el canon académico y la edad, y en disposición de recibir elogios y premios. El José Hierro que un año antes de su muerte se somete a las preguntas de Martín López-Vega ya no fuma ni baja a escribir a La Moderna, el bar en el que, entre el humo del tabaco y los reclamos de las máquinas tragaperras, convocaba a las musas. Para entonces, su suerte estaba ya irreversiblemente unida a la bomba de oxígeno que nutría sus maltrechos pulmones, pero todavía era capaz de mostrarse divertido y socarrón y de dar una lección de poesía recordando a Mallarmé: “La poesía no se hace con ideas, sino con palabras. La prosa informa; la poesía informa y persuade”. Acostumbrado a las tiradas modestas de sus libros, Hierro todavía se sorprende del éxito de su Cuaderno de Nueva York –“Lo que no entiendo son las ediciones que lleva el libro, que se haya vendido tanto. Es algo que me resulta absolutamente incomprensible”-; se muestra preocupado por la escritura del discurso de ingreso en la Real Academia Española, y rechaza otro interés poético que no sea el de la precisión: “Me gusta escribir poemas en los que parezca que hablo, simplemente. No es impostando la voz como se adquiere una personalidad propia. (…) La única necesidad que siento a la hora de enfrentarme a un poema es la de decir exactamente aquello que quiero decir. Solo me importa la exactitud”. A Ángel González lo entrevista López-Vega en su casa de Albuquerque, también en 2001. Dos asturianos hablando de poesía en Nuevo México. Y también del mismo año data la conversación con Francisco Brines. Tanto González, que fallecería en 2008, como Brines saboreaban ya el reconocimiento otorgado tanto por un creciente número de lectores, como por las nuevas promociones literarias.

La conversación de un poeta con otro puede ser un buen modo de acceso a un género hoy tan aparentemente minoritario como el de la poesía. Francisco Brines proclama que esa limitación constituye, sin embargo, un lujo para la poesía: el de no tener público, sino lectores. Un libro de poesía, le recuerda Brines a Martín López-Vega, y a través de él nos lo recuerda a todos, no es sino “una ocasión privada y secreta de goce”. El encanto misterioso, por ejemplo, que esconde un verso que puede ser también un epitafio: “Yo sé que olí un jazmín en la infancia una tarde, y no existió la tarde”.

Publicado en Escuela, 7 noviembre 2013

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