Collages para escritores

Wislawa-Szymborska

Para entretener el ocio que quedaba a salvo de su doble condición de ingeniero de caminos y de escritor inflexible, Juan Benet pintaba cuadros que luego lucían títulos a la altura de su selecta prosa, como ‘El destructor Kelly -mandado por Mounbatten- con fuerte escora tras ser torpedeado en el Mar del Norte’. Influido quizá por el recuerdo de los que había hecho su amigo Alfonso Buñuel, el hermano pequeño del cineasta, pero estimulado sobre todo por los que elaboraba la actriz Emma Cohen, el autor de Volverás a Región comenzó a cultivar el collage con imágenes que extraía de viejos grabados y revistas decimonónicas. Otra amiga suya, la escritora Carmen Martín Gaite también se adentró en este género definido por el ensamblaje de láminas de procedencia dispersa. En vida, Juan Benet no realizó más que una exposición de su obra artística, aunque asumía ufano el hecho de no haber vendido ni un solo cuadro. Con sus propios collages, la autora salmantina ilustró la portada de alguna de sus novelas, y solo a su muerte se publicó el cuaderno en el que, entreverando notas escritas e imágenes surtidas, Martín Gaite había plasmado su visión de Nueva York.

Para realizar un collage se necesita poco más que una cartulina, unas tijeras, algunas imágenes impresas y un poco de pegamento. Aparejos modestos que sin embargo en determinadas circunstancias resulta laborioso reunir. En la Polonia comunista las cartulinas escaseaban, las tijeras solo con dificultad se abrían paso y el pegamento resultaba tan inconsistente que en seguida dejaba de cumplir su cometido. A diferencia de Benet o Martín Gaite, Wisława Szymborska no concebía sus pequeños collages como un mero entretenimiento. Se divertía con ellos, pero el fin último era felicitar el año nuevo a sus amistades. En esas pequeñas cartulinas que a veces alguien le traía del extranjero, la poeta que en 1996 sería galardonada con el Premio Nobel de Literatura pegaba fotografías recortadas de periódicos y revistas y les ponía títulos cuya ironía estallaba al mezclarse las palabras con la imagen. Un titular proveniente quizá del anuncio de algún electrodoméstico, ‘Cinco años de garantía’, sirve para acompañar una estampa matrimonial. Dos periquitos en aparente charla pueden llegar a la conclusión de que el sexo es una cuestión privada. ‘Demasiados pensamientos’ es el balance para un hombre que parece desnucado. A un fiero león le acompaña la advertencia de que “no tuvo la más mínima consideración con los polacos’. Un varón que con los ojos vendados camina a tientas es el “hombre atractivo que busca esposa”. Otros no requieren siquiera de un título para mudar de significado: una mano tienta la nalga de una Venus velazqueña privada del amorcillo y del espejo, un gato adquiere una personalidad inquietante con su dentadura humana, una cabina de teléfonos irrumpe en medio de un parque idílico, un atildado caballero saluda llevándose a la mano su cabeza en vez del sombrero.

Los 25 collages expuestos en unas pocas paredes de la Casa del Lector, en Madrid, deben de ser solo una pequeña muestra de los muchos que remitiría a sus conocidos la poeta polaca, fallecida en 2012 a los 88 años. En el documental que, junto a las traducciones al castellano de sus libros, completa la muestra, aparece una mujer que en los últimos años de su vida no rehúye los honores, tiene siempre una media sonrisa en la boca, fuma sin tregua, recibe los halagos de Woody Allen, rastrea en las tiendas de recuerdos cualquier objeto kitsch con el que pueda sorprender a sus amistades o se divierte inventando uno de esos poemas jocosos de cinco versos que adoptan el nombre de la ciudad irlandesa de Limerick y que, además de un personaje famoso, deben incluir un final extravagante. Como sucede con sus collages, en la poesía de Szymborska aflora una aparente ligereza, una ironía bienhumorada bajo cuya estructura leve se adivina una enorme carga de profundidad. El suyo –por lo que las traducciones dejan percibir- es un lenguaje sencillo, coloquial, que rehúye lo enfático y que, como sucede con los poetas mejores, obliga a saborear poco a poco cada uno de sus versos, cada una de las palabras y a reflexionar sobre ellas, aunque sean ‘Las tres palabras más extrañas’: “Cuando pronuncio la palabra Futuro,/ la primera sílaba pertenece ya al pasado./ Cuando pronuncio la palabra Silencio,/ lo destruyo./ Cuando pronuncio la palabra Nada,/creo algo que no cabe en ninguna no existencia”.

Publicado en Escuela, 21 noviembre 2013

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