Un vistazo al arte chino

arte-chino

Con similares dosis de curiosidad y prevención cruzo el patio del remozado cuartel del Conde Duque en busca de la exposición de arte contemporáneo chino con la que España y el gigante asiático conmemoran 40 años de relaciones diplomáticas. Las colosales dimensiones del centro cultural madrileño se avienen bien con la grandiosidad china, y aún parecen acrecentarse en la soledad de unas instalaciones a las que la crisis económica mantiene al ralentí. La muestra, que lleva por título ‘Un nuevo horizonte’ y presenta 60 obras seleccionadas de entre el fastuoso fondo de 100.000 piezas del Museo Nacional de Arte de China, se abre con los saludos de rigor de las autoridades, y aunque sea por una vez se agradece que sean solo artísticas. La cortesía española subraya los “sofisticados parámetros del arte chino”, la suerte de poder contrastar los “referentes estéticos propios y ajenos” o la bondad del arte contemporáneo como “vehículo permanente de reflexión”. La diplomacia que se festeja elude recordar las peculiaridades del contexto político en el que se enmarcan las obras que se suceden ante el espectador. Como el arte no es más que la expresión plástica de una concepción del mundo, toda selección visada por un país que reprime al individuo y coarta las libertades públicas no puede merecer de entrada otra cosa que la sospecha.

Con cautela se detiene uno ante lienzos de maneras hiperrealistas que representan a heroicos obreros metalúrgicos que, sin asomo de fatiga, concluyen su trabajo sonrientes y sudorosos; o ante esos óleos que ofrecen estampas de trabajos agrícolas anclados en las prácticas tradicionales. O contempla no sin asombro a un joven Mao Zedong dinámico y confianzudo en una escultura datada en un tardío 2008. El recelo no se disipa con la lectura de unas cartelas que no solo describen de una manera inusitadamente pormenorizada cada una de las piezas, sino que adivinan el efecto que ha de producir en el espectador. El visitante, que se mueve en una ciénaga de referencias políticas, artísticas y culturales imprecisas, encuentra su tabla de salvación cuando un joven atraviesa las salas anunciando el comienzo inmediato de una visita guiada. A partir de ese momento el recorrido adquiere un nuevo sentido. La desconfianza queda en suspenso. La exposición empieza a verse con otros ojos. Con su conocimiento, el guía articula las obras, las pone en relación unas con otras. La brisa de una primavera gélida se vuelve una alegoría del tiempo histórico que sucede al invierno del gran timonel muerto, y pregona las reformas de Deng Xiaoping de los años 80. Las estampas de laboriosidad campesina se confrontan con las de unos jóvenes urbanos que, en un callejón más allá del cual se divisan una pagoda y un rascacielos, presentan unas maneras y hasta unos rostros occidentalizados. En otra obra, junto a la portada del Time asiático que anuncia el estallido diferenciador de la juventud china, una escritora se reclina indolente ante la pantalla de su mesa de trabajo. Las cosas más nimias adquieren otro significado en las palabras del joven informante. El insospechado óleo con el que se ha pintado un lienzo adquiere una connotación inaudita: ha dejado de ser el material prohibido por la revolución cultural maoísta y significa un signo de modernidad favorecido por el reformismo. Igual sucede con la representación de la mujer, vedada durante largo tiempo. Con su saber, el guía llega más allá de donde se detiene el entendimiento. La espléndida escultura rojinegra que en la mente del espectador se asemeja a una garrapata o a un arácnido de patas encogidas es un resistente junco que representa el equilibrio y la armonía, el ying y el yang, dos realidades opuestas que se complementan. Y el admirable cuadro de un puntillismo monocolor, fruto paciente de la impresión sobre el papel del dedo índice embadurnado en tinta rosa, evoca en una cultura como la china la acreditación de la identidad personal mediante la huella digital. La exposición, en fin, es un paseo tutelado por el arte de un país que empezó a introducir paulatinas reformas a partir de 1978, y permite constatar tanto la evolución del hecho artístico desde esa fecha, como la de la vida de un gigante de 1.354 millones de habitantes, dotado de una ‘economía de mercado socialista’, en donde aumentan cada día las brechas sociales, se persigue y encarcela a los disidentes, no existe la democracia ni se respetan los derechos humanos y todo está sujeto al mando único del Partido Comunista Chino. Conviene no olvidarlo cuando caigamos deslumbrados ante muchas de estas obras.

Publicado en Escuela, 28 noviembre 2013

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s