Mentira sobre mentira

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Hace algo más de dos mil años Terencio, el dramaturgo romano, dejó escrito que una mentira empuja a otra; y hace unos días, Iñaki Gabilondo prefirió tachar de incompetente y frívolo al presidente del Gobierno, para evitarse así el tener que llamarlo mentiroso. La mendacidad parece consustancial al género humano. Algunos estudios sostienen que en una conversación de diez minutos afloran al menos dos embustes. La mentira es hoy el hábitat natural de nuestros políticos, como lo es también para don García, el protagonista de La verdad sospechosa. Solo que, a diferencia de lo que sucede con nuestros gobernantes, ser un embustero sin tasa sí tiene para él consecuencias. Tras el éxito logrado con La vida es sueño, Helena Pimenta ha vuelto a desafiarse a sí misma al frente de la Compañía Nacional de Teatro Clásico poniendo en pie esta comedia de enredo escrita a comienzos del siglo XVII por Juan Ruiz de Alarcón.

En su lectura, Pimenta se aleja del Barroco español para trasponer al inicio del siglo XX la suerte de este hombre joven que cambia Salamanca por Madrid al ser reclamado por su padre para que se haga cargo de la heredad familiar. La fama de su propensión a la mentira lo acompaña en sus primeros pasos por la capital, y el espectador es pronto testigo de su habilidad para confeccionar embustes que unas veces pretenden impresionar a la muchacha de la que se ha enamorado a primera vista y otras a un padre que pretende concertarle matrimonio, al conocido ante el que presume acrecentándole los celos y hasta a su propio criado, avezado en el arte de descubrir sus patrañas. El equívoco surgido en torno a la amada y el embrollo de sus propias falacias lo irán apartando del objetivo que ya ve al alcance de la mano. La confusión se deshará un momento antes de que empiecen a sonar las notas de un vals triste y el mentiroso encuentre su mortificación.

La acción se desarrolla en medio de una sobria escenografía concebida como el interior de un prisma cubicular. Las aparentes limitaciones de esos dos planos verticales y ese suelo inclinado son brillantemente salvadas con una adecuada apertura de vanos y puertas que, junto a un sabio juego de luces, crean la ilusión de los distintos ambientes en los que se desarrolla la obra, y en los que suenan piezas de Erik Satie, Shostakovich, Luis Jordá o Giuseppe Verdi. Pero todo ello poco puede si no hay unos actores a la altura y una dirección que sepa orientar ese talento. Rafa Castejón da vida a un arrogante y entusiasta don García que ve cómo sus mentiras acaban por cortarle el vuelo. Joaquín Notario encarna al padre, un don Beltrán autoritario que, tratando de encauzar al hijo, termina por hacerlo descarrilar. Marta Poveda compone a una Jacinta que se miente a sí misma. Y Fernando Sansegundo es ese Tristán entrañable que media entre el espectador y las tablas.

Ruiz de Alarcón no fue un escritor prolífico, a la manera, por ejemplo, de un Lope de Vega. Escribió una veintena de obras. Con ellas obtuvo fama y dinero, pero también la satírica animadversión de contemporáneos como Quevedo, Góngora, Tirso de Molina o el propio Lope, que, quizá azuzados por su triunfo en palacio, no desaprovecharon ninguna de las oportunidades de burla que les brindaba generosamente un físico poco agraciado. Había nacido en México en 1572, según se supone, y estudiado leyes en Salamanca. Murió en Madrid en 1639. El teatro solo fue un medio con el ganarse la vida mientras pugnaba por un puesto en la Administración. Cuando al final lo consiguió, abandonó el mundo de los escenarios y se alejó de los círculos literarios. Su obra se muestra afín al reformismo promovido por el Conde Duque de Olivares en aquella España corrupta. También la mentira era uno de los muchos males a combatir. El ensayista Javier Gomá Lanzón asegura que durante siglos se esperó del individuo no que fuese sincero, sino que fuera virtuoso. El Rousseau de las Las confesiones, asegura Gomá, resulta ser el primer sincero de la época moderna. La sinceridad se puso de moda en el siglo XVIII. Como todas las modas, debió de ser pasajera, porque la mentira permanece aferrada al poder. Las palabras que para cerrar su comedia Ruiz de Alarcón puso hace cuatrocientos años en boca de Tristán las puede hacer suyas cualquiera. Tan certeras suenas. “¡Y aquí veréis cuán dañosa / es de mentir la manía / porque al ponerse en la boca / del que a mentir acostumbra / es la verdad sospechosa”. De acuerdo. Pero, ¿por qué la mentira ha de purgarse únicamente sobre las tablas de un escenario?

Publicado en Escuela, 5 diciembre 2013

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