Los otros mundos de Felipe Benítez Reyes

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Como si nada, de repente le asalta a uno la duda sobre el final de aquella feroz contienda que durante los años ochenta y noventa del siglo dejado atrás libraron a cara de perro los aguerridos ejércitos que entonces campeaban bajo el poético estandarte del silencio, unos, y de la experiencia, otros. Es más que probable que una legión de futuros doctores esté levantando acta de cada batalla y procediendo al recuento de las bajas sufridas. Tal vez se firmara un armisticio que no llegó a las primeras páginas de los periódicos, o acaso alguna de las partes se rindiera y el gesto benévolo del ganador quedara a falta de un Velázquez a la altura de los tiempos. Los libros de historia de la literatura que se abisman hasta el final del milenio describen de manera pormenorizada las hazañas de cada una de estas milicias, pasan revista a los apoyos recibidos y ponderan la gloria de sus generales. Pero, sabiendo que de otro modo condenan su esfuerzo a la inutilidad, aguardan a que el tiempo otorgue sus medallas a aquellos cuya memoria perdure más allá de las páginas de sus obras completas.

El de Felipe Benítez Reyes (Rota, 1960) es el nombre que nunca falta en el recuento de los representantes de aquella poesía de la experiencia que hizo bandera de la frase con la que W. H. Auden caracterizaba el estilo de la poesía contemporánea: ese tono de voz íntimo, ese discurso de una persona dirigiéndose a otra. La de la experiencia mudó en poesía figurativa o realista, pero aún así Benítez Reyes ha seguido siendo uno de sus representantes más emblemáticos. Por algo había publicado con apenas 25 años un libro como Los vanos mundos. Luego, mientras afianzaba su carrera poética, se adentró en la narrativa con títulos como Chistera de duende y Tratándose de ustedes (límites hasta donde uno lo acompañó), que más tarde han tenido continuidad con otras novelas y otros libros de relatos, como el reciente Cada cual y lo extraño.

Pese a que en algún prólogo antiguo hacía alarde de ejercitar la pereza, tanto la mera relación de los libros publicados en géneros diversos como la atención que presta a otros ámbitos desmienten esa pretensión. Por si no bastara, es de esos escritores aficionados a recortar imágenes de aquí y de allá y a componer con ellas unos collages con los que luego ilustra las portadas de sus libros nacidos al margen del comercio literario de masas. Su última producción lleva por título Oficina universal de soluciones, y ya va por su tercera edición. Dicho así suena grandioso. Pero lo cierto es que cada tirada se reduce a unos pocos ejemplares: 75 la primera, 25 la segunda, 70 esta tercera que acaba de llegar a mi buzón tras adquirirla por internet en el modesto blog de la no menos modesta Interrogante editorial. Cada ejemplar, que puede comprarse al módico precio de 15 euros, gastos de envío incluidos, va numerado y dedicado por el autor con una escritura trazada antes con cálamo que con pluma estilográfica. Cada artículo es un prodigio de inventiva. Los temas salen lo mismo de la letra pequeña de la vida, que de las parcelas minúsculas de esa realidad extraña que a veces nutre las páginas de los diarios. Son magistrales piezas intemporales a las que él dota de una gracia bienhumorada que solo frena cuando ve asaltar la imagen de tres viejas glorias de la música: Eric Clapton, Jack Bruce y Ginger Baker, los componentes de Cream. Las canciones, los músicos y los recuerdos merecen un respeto.

Su humildad no es inconveniente para que Interrogante editorial tenga grandes planes. En el marco genérico de La Casa del Calígrafo anuncia la publicación de la obra dispersa de F.B.R. Además de reediciones como Bazar de ingenios, aquellos deliciosos perfiles de escritores publicados en 1991 bajo la dirección literaria de Antonio Muñoz Molina y Luis García Montero, promete títulos no menos inquietantes que el nombre de la editorial: Patrones y recortables, Los abradacabras o La plata del puente. Hay otras previsiones, que verán la luz “autor mediante”, con las que F.B.R. da rienda suelta a la socarronería: El tiempo en Laponia, Método abreviado de levitación, El desprestigio de la prestidigitación, Cerillas húmedas o, entre otros varios, Confitura de tiniebla. Solo los títulos ya presagian muchos buenos ratos de lectura. Sería una lástima que, habiendo sobrevivido a las reyertas de los poetas del silencio, Felipe Benítez Reyes no dispusiera de la calma necesaria para llevar a buen puerto un proyecto que ya empieza a parecernos imprescindible.

Publicado en Escuela, 12 diciembre 2013

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