Novedades Baroja

Baroja

En los mostradores de las librerías se disputa a diario una reñida batalla por la ocupación de un espacio que siempre es escaso. Los protagonistas de la contienda son consagrados escritores, novatos que no ocultan su deseo de suceder con urgencia a los literatos bendecidos por la fama y presentadores y estrellas de la televisión que aspiran a consagrarse como escritores evitándose las molestias que acechan siempre a los novatos. Todos ellos enarbolan alguna de esas novelas de las que nadie se acordará dentro de unas pocas semanas, cuando el lustre de sus portadas empiece a ajarse y otras más resplandecientes ocupen el lugar preciado. Por eso sorprende, en medio de esa degollina silenciosa, toparse con la presencia de Pío Baroja. Habituados a buscarlo en los anaqueles dedicados a los clásicos, en alguna de las colecciones que se disputan las lecturas obligatorias de los estudiantes o en la reserva familiar de los libros de la editorial Caro Raggio, desconcierta el hallazgo de La busca, pero también de Misericordia, de Galdós, en la vocinglera mesa de novedades. El empeño de que sigamos leyendo a ambos procede esta vez de la Real Academia Española.

Como escritor, Baroja no tenía un gran aprecio por Galdós. Este era un respetado novelista cuando don Pío se iniciaba en el oficio. En un libro póstumo, Josefina Carabias dejó su visión de algunas de las muchas personalidades que había conocido en su trayectoria periodística. Con Baroja tuvo un trato asiduo, antes y después de la guerra, como también durante el exilio del escritor en París. Debió de ser una relación muy cercana, tanto como para que, después de haber tratado infructuosamente de que escribiera algún texto para el periódico en el que trabajaba, Carabias le propusiera una idea tan estrafalaria como la de seleccionar viejos textos del escritor con los que ella confeccionaría nuevos artículos que llevarían la firma de Baroja y le proporcionarían de paso unas pesetas al novelista. Don Pío no puso objeciones a la propuesta. La amistad de Josefina Carabias alcanzaba también a la hermana del novelista. Una vez ambas le inquirieron por el autor de Fortunata y Jacinta. “Confiesa, Pío, que a Galdós siempre le tuviste manía. En cambio a nosotras nos parece un escritor inmenso”, le decía Carmen. Baroja, que, como precisa en otro momento la periodista, nunca hacía párrafos largos ni en la conversación ni en los diálogos de sus novelas por considerarlos antinaturales, les respondió: “Está bien. Cada uno puede admirar a quien le parezca. Yo lo único que digo es que hay mucho de falso en él. Un hombre que escribe conversaciones de familia que duran quince páginas con réplicas de página y media no me convence”.

La busca apareció en 1903 como folletón seriado del periódico El Globo. Un año después se publicó en dos volúmenes independientes –el segundo llevó por título Mala hierba-, que junto a Aurora roja conformarían la trilogía La lucha por la vida, el darwiniano rótulo con el que Baroja se asomaba a los seres que poblaban los andurriales madrileños, como también había hecho Galdós. La busca no debió de carecer de suerte editorial. La portada de 1920, ya en el sello de su cuñado, Rafael Caro Raggio, luce la indicación de una quinta edición, y quizá no sea muy arriesgado decir que ese libro siempre ha estado al alcance de los lectores.

El autor de El árbol de la ciencia es también el protagonista, como el mismo título pregona, de Retrato de Baroja con abrigo (Nórdica), un librito de pequeño formato y una treintena de páginas pergeñado por Jesús Marchamalo e ilustrado por Antonio Santos. Cada año y en compañía de algún amigo artista al que logra engatusar, Marchamalo prepara una pequeña edición de 50 ejemplares que regala por Navidad a sus amigos. En esta ocasión la idea de esa diminuta tirada llegó a oídos de un editor, y, gracias a ello y a una estampación comercial, a las manos de algunos lectores más que esos 50 privilegiados. Y, en fin, en su reciente Figuraciones mías, y como si se tratase de un echarpe o una mantita caliente, Fernando Savater confiesa que le gusta empezar el año envuelto en algo de Baroja, “aprovechando que es uno de esos autores generosos de los que siempre quedan cosas nuevas por descubrir… o viejas por recordar”. De la mano de ese tacaño friolero que perfila Jesús Marchamalo o de ese inquietante Manuel Alcázar en su vivir a la busca, podemos seguir arropándonos con Baroja en este frío invierno. Don Pío ha regresado a una mesa de novedades de la que, en realidad, nunca ha estado ausente.

Publicado en la edición impresa de Escuela, 16 enero 2014

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s