Que trata de esto

toponimos

Decididamente, no tenemos remedio. No somos capaces de ponernos de acuerdo en nada. Ni siquiera en el nombre del suelo que compartimos. Hace unos meses trascendió la noticia de que Gobierno de Rajoy había aprobado un anteproyecto de ley de tratados internacionales que contemplaba como denominación oficial de nuestro país la de ‘España’. Desde su puesto vitalicio en el Consejo de Estado el expresidente Zapatero logró que se mantuviera la empleada hasta ahora, ‘Reino de España’. El espíritu monárquico encontraba así otro defensor de la rancia institución hereditaria.

Reino de España, España, Estado español, Madrid, esto. Todo sirve para referirse a este viejo solar hispano, aun cuando cada denominación esconda grados distintos de afecto. El topónimo España, los conservadores lo han convertido en algo privativo, sinónimo de la esencia de la raza. Por el contrario, algunos independentistas han hecho de él un concentrado de aversión y hostilidad. En medio, muchos han terminado por recurrir a fórmulas que tienen algo de eufemismo: el Estado, el país, la geografía española incluso. A estas alturas, la de España es una marca pretenciosa y devaluada que apenas sirve más que para identificar sin equívoco nuestra secular chapucería. Pero si no logramos ponernos de acuerdo en el nombre del terruño, tampoco parece que vayamos a hacerlo con los de las parcelas que a día de hoy lo componen.

La Constitución reservó a los Estatutos de Autonomía la libertad de poner nombre a sus respectivos territorios. Pese a ello, algunos siguen llamando País Valenciano a la Comunidad Valenciana, y otros Euskadi al País Vasco, aunque, en este último caso, el primer topónimo aparezca tres veces en su documento fundacional y 93 el segundo. Pero, nomenclaturas oficiales al margen, ¿es preferible utilizar en castellano Euskadi o País Vasco? ¿Somos más centralistas, más conservadores, si recurrimos al segundo? ¿Más nacionalistas, más sensibles hacia el sentimiento identitario, si acudimos a la lengua vernácula? ¿Se trata de una cuestión de distancia? ¿Física o emocional? Cuando la última ciclogénesis explosiva atravesó eso que llamamos España, el Estado, el país, una cadena de televisión desplazó a una redactora para cubrir in situ los efectos del temporal. Mientras desgranaba los daños que la intensa borrasca había ocasionado en ‘Pasaia’, los espectadores podían leer sobreimpreso en la pantalla ‘Pasajes’. Al día siguiente, otra periodista transmitía otra crónica desde Donostia, al tiempo que la pantalla identificaba el escenario como San Sebastián. Por las mismas fechas, un periódico de Vigo informaba de que a partir de ahora Renfe utilizará el gallego para los topónimos de Galicia incluidos en su página web. El nombre de algunas localidades aparecería tanto en la lengua autonómica como en castellano, a fin de facilitar su búsqueda a todos los clientes, “especialmente a los extranjeros”. En Madrid, en la pantalla informativa de una estación de autobuses, un visitante foráneo puede ver anunciada la salida de un autocar para Guetxo, y solo un poco después la de otro para Santurce. No hay quien se entienda.

En un artículo de periódico Francisco Rico advertía hace poco sobre el absurdo lingüístico a que conduce el hecho de que la legislación autonómica imponga como única forma toponímica oficial la que corresponde en su lengua de procedencia. Así, consideraba que escribir Gernika en un texto en castellano supone todo un disparate. “Las formas oficiales”, alegaba, “son para textos que no se dicen sino se escriben, y en el uso normal es grotesco mezclarlas con las que tienen versión castellana tradicional”.

Por transmitir cordialidad y por que no nos tomasen por unos atrabiliarios centralistas, buscábamos en el habla o en la escritura el topónimo ajustado a la grafía oficial. Mientras, veíamos cómo otras lenguas del contorno carecían de ese problema. El Tajo es el río Teixo y Douro el Duero, de la misma forma que ‘Còrdova’ es una ciudad de ‘Andalusía’ y ‘Saragossa’, la capital aragonesa en la que se encontró un manuscrito. No tenemos remedio, y es probable que nunca nos pongamos de acuerdo en nada. Si esas ciudades, cuyo topónimo no alberga dudas, se escriben así en catalán, ¿qué problema hay en poner en un texto en castellano Lérida, Gerona o La Coruña? ¿Por qué no escribir también en castellano los nombres de los ríos que surcan Galicia? Ahí van algunos: Lérez, Limia, Miño, Sil, Ulla, Sor, Tambre. Aunque, ahora que lo pienso, ¿están en castellano o en gallego?

Publicado en la edición impresa de Escuela, 23 enero 2014

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