Cañas, vinos, libros y tapas

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Un barrio cambia su fisonomía sin pedirnos permiso. Está uno ausente un tiempo, y a la vuelta, a poco que algunos comercios hayan mudado su actividad, una plaza sucumbido al ímpetu reformista del regidor o entregada la jurisdicción de una calle a los peatones, ya parece otro. Ahora sé que la próxima vez que vaya a Barcelona, tras tomar la calle Petritxol, cruzar la plaza del Pi y enfilar Cardenal Casañas, o, sin tanto rodeo, al dejarme caer por la acera izquierda de La Rambla, pasar por debajo del dragón chino que sostiene un farol y doblar la esquina, ya no estará más aquella librería, ni grande ni muy pequeña, entre cuyos fondos pasé tantas horas. Si decidiera acercarme hasta la calle del Ateneo y curiosear un rato entre los libros de segunda mano del establecimiento que, según dicen, inspiró La sombra del viento, ya no me sería posible hallarlo abierto. Como tampoco encontraré una librería en el local que durante 82 años ocupó Catalonia en la ronda de Sant Pere -¿o sería mejor decir de San Pedro?-, allí donde cada semana hurgaba entre su nutrida oferta periodística.

Las tres se han visto muy recientemente obligadas a echar el cierre. No por falta de libros que vender, ni de clientes que los compraran, sino por la aplicación de una normativa que libera viejos contratos de arrendamiento y hace imposible el hacer frente a los nuevos alquileres. El local de Catalonia se ha convertido en una hamburguesería. El de Canuda muta en otra tienda más de ropa juvenil. Y, antes de convertirse en parte de un hotel, Documenta ha pedido ayuda económica para continuar su labor cultural en una nueva ubicación. Los amigos han estado a la altura de las circunstancias. Diez días antes de que concluyera la iniciativa de micromecenazgo con la que sus socios aspiraban a recaudar 6.000 euros, Documenta había superado ampliamente sus propias expectativas. Prueba conseguida. Su cierre definitivo, ya que no la mudanza, puede esperar. Un cierre que ha sido el destino inevitable de más de una treintena de librerías barcelonesas en apenas cuatro años. Como antes lo fue en otras partes del mundo -Londres, Barranquilla, París o Moscú-, para Temple of the Muses, R. Viñas & Co, Maison des Amis des Livres o La Librería de los Escritores. Desaparecidos escenarios que cobran protagonismo en Librerías, de Jorge Carrión, finalista en la 41ª edición del Premio Anagrama de Ensayo. Otros, como Strand, en Nueva York; Bertrand, en Lisboa; Shakespeare and Company, en París; Lello e Irmao, en Oporto; Eterna Cadencia, en Buenos Aires, o City Lights, en San Francisco, siguen abriendo cada día sus puertas a gente para la que la lectura en papel es todavía algo importante.

Todo está en mutación. Mientras arrasan lo que encuentran a su paso, las franquicias y las grandes cadenas convierten cualquier calle comercial en el invariable paisaje de toda ciudad europea. En un momento en el que el libro electrónico y las ventas amazónicas por internet son una amenaza ineludible, una librería no se antoja precisamente un negocio con el que hacerse rico. Como todas las especies que se esfuerzan por sobrevivir, intentan adaptarse a los tiempos. Por todos lados surgen nuevos establecimientos. Las mismas informaciones que dan cuenta de los caídos en combate, participan también el nacimiento de algunos retoños. Aquí y allá nacen pequeñas librerías al abrigo de la especialización o de la diversificación hostelera. Con frecuencia, los diminutos establecimientos de antes compartían los libros con máquinas fotocopiadoras, con objetos de papelería o con la venta de periódicos, revistas y coleccionables. Los de hoy se especializan en literatura negra, en cuentos y relatos cortos, en fotografía, en literatura fantástica, en cultura árabe y judía, en feminismo, en cine, en teatro o en cocina. Y en algunos, libreros que saben a un tiempo de editoriales y de añadas sirven vinos y copas, y perfuman los volúmenes con la fragancia de apetitosas comidas.

En Madrid me gusta curiosear entre los libros de Tipos infames mientras una copa de vino me espera en la mesa, o mantener una conversación en el bistró de La Central tras haber seleccionado alguna novedad literaria. Pero también entrar en la Antonio Machado en cuyos escaparates me he detenido a diario durante años, o perderme entre la inabarcable oferta de la vieja Casa del Libro. Si alguna vez me pierdo, y alguien se toma la enojosa tarea de buscarme, es más que probable que me encuentre en alguna librería. Si para entonces, eso sí, aún existen.

Publicado en la edición impresa del periódico Escuela, 30 enero 2014

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