Blues funerarios

joan didion

La escritura puede ser una eficaz herramienta en la compleja tarea de sortear los embates más inmisericordes del dolor. En enero de 2004, un par de días después de la muerte de su marido, el escritor John Gregory Dunne, la novelista Joan Didion anotó cuatro frases en el folio en blanco de la pantalla de su ordenador: “La vida cambia rápido. La vida cambia en un instante. Te sientas a cenar, y la vida que conoces se acaba. El tema de la autocompasión”. Cuatro líneas con las que arranca El año del pensamiento mágico (Global Rhythm). Acababan de volver a casa tras visitar a su hija, Quintana, en la unidad de cuidados intensivos de un hospital de Nueva York. Habían encendido el fuego y preparado la cena. John, que había pedido un segundo whisky, interrumpió de repente su charla y adoptó una pose extraña. Joan pensó que bromeaba, pero no obtuvo respuesta. John había sufrido un infarto y moría poco después. La vida conocida, sí, puede cambiar en un instante.

El año del pensamiento mágico está dedicado a John y a Quintana y, aunque aparece sembrado de pormenores médicos y visitas a los hospitales en los que permanece ingresada la hija, nace del duelo por la desaparición de John. Es el relato de un desconsuelo. Esa sensación que, para Joan Didion, “llega en oleadas, en repentinos arrebatos que debilitan las rodillas, ciegan los ojos y borran la cotidianidad de la vida”. Noches azules (Mondadori), en cambio, está dedicado solo a Quintana Roo, fallecida poco después, y es el libro que recuerda a la niña adoptada treinta y nueve años antes, a la que pusieron por nombre el de un lugar encontrado en los mapas de México. En un momento de su narración, la escritora californiana advierte que al empezar a escribirlo había pensado que el libro versaría sobre los hijos, en alguna de sus muchas variantes, pero que sobre la marcha había adquirido la conciencia de que trataba ya sobre la negativa a abordar las “certidumbres del envejecimiento, la enfermedad y la muerte”. A renglón seguido, añade: “Solo a medida que las páginas avanzaban entendí que los dos temas eran el mismo”, porque “cuando hablamos de mortalidad, estamos hablando de nuestros hijos”. El miedo que llega con los hijos.

Sumergirse en lecturas que intentan abordar algo irracional como la muerte quizá figure entre lo poco que puede resultar beneficioso cuando llega la hora de tratarla de cerca. Norbert Elias, Jean Améry, Gottfried Benn, Silvia Plath, Joan Didion, fueron algunos autores a los que recurrió la escritora colombiana Piedad Bonnett al intentar hacer frente al suicidio, con apenas veintiocho años, de su hijo Daniel. “Daniel se mató, repito una y otra vez en mi cabeza”, escribe en Lo que no tiene nombre (Alfaguara) , “y aunque sé que mi lengua jamás podrá dar testimonio de lo que está más allá del lenguaje, hoy vuelvo tercamente a lidiar con las palabras para tratar de buscar en el fondo de su muerte, de sacudir el agua empozada, buscando, no la verdad, que no existe, sino que los rostros que tuvo en vida aparezcan en los reflejos vacilantes de la oscura superficie”.

Daniel, que había transitado entre las Bellas Artes, la arquitectura y la gestión artística, era un avezado dibujante asaltado de continuo por las dudas sobre su verdadero talento. Un joven impresionado desde su primer día universitario por el comentario de un profesor que trataba de persuadir a sus alumnos de que la pintura era cosa del pasado. Un muchacho hipersensible y perfeccionista al que una enfermedad mental sobre la que los especialistas tardarían en ponerse de acuerdo y en acordar un tratamiento lo llevaría a arrojarse al vacío a los diez meses de estar estudiando en la neoyorkina Universidad de Columbia.

Con palabras, una madre escritora se afana por reconstruir una vida y por hallar en la enfermedad mental los porqués de un acto terrible. “Mi primera reacción después de la muerte de Daniel ha sido tratar de comprender. Los que están a mi lado, tal vez más sabiamente que yo, se contentan con aceptar. Así es. Fue. Sucedió. Fue la enfermedad, dicen. Pero yo sé que había algo más allá del trastorno: una lucidez suficiente como para querer morir”. Piedad Bonnett trató de buscar consuelo en otros escritores, y antes que ella Joan Didion había acudido a la poesía para encontrar en la desesperada belleza de unos versos de Auden algo con lo que contener una furia ciega: “(…) Las estrellas ya no hacen falta; apagadlas todas. / Guardad la luna y desmontad el sol, /vaciad el océano y barred los bosques; porque ya nada puede servir para nada”.

Publicado en la edición impresa el periódico Escuela, 13 febrero 2014

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