El regreso de Plinio

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La posteridad literaria es impredecible. ¿Quién se acuerda de escritores que, como Ángel María de Lera, José Luis Castillo Puche o Jesús Fernández Santos, tuvieron solo unas pocas décadas atrás fama y lectores? ¿Quién lee hoy, por ejemplo, a Francisco García Pavón, un novelista de gran popularidad en la década de los setenta? Con cierta frecuencia sus novelas le salen al paso a quien gusta de las librerías de segunda mano. ‘Ah, en otro momento’, se decía uno, intimidado por la copiosa pila de lecturas pendientes. Al fin y al cabo no es un clásico inexcusable. Tampoco ese autor que nos hará sentirnos a la última en la pasarela de la moda literaria. Todo pretexto cae un día porque sí, y de pronto nos encontramos leyendo Una semana de lluvia o Las hermanas coloradas, y metidos de lleno en los dominios de Plinio, sobrenombre de Manuel González, jefe de la Guardia Municipal de Tomelloso. De mediana edad, Plinio está casado con la Gregoria, tiene una hija llamada Alfonsa y vive en una casa con patio encalado, pozo, parra, higuera y tiestos. Tenaz fumador de caldos, recorre en compañía de don Lotario los pueblos del contorno en busca de casos que dilucidar. Unas veces parece un don Quijote acompañado de su Sancho por los caminos de La Mancha, y otras un Jules Maigret de campo, un Sherlock Holmes castizo, un Pepe Carvalho que no perdonara la degustación comunal de un plato de gachas.

En Una semana de lluvia Plinio y don Lotario tratan de resolver un asesinato y el suicidio de una joven, y en Las hermanas coloradas, la repentina desaparición de dos hermanas de avanzada edad. Más que la intriga detectivesca o el trasfondo de algunos pasajes, lo que llama la atención es la presencia de un escritor notable, un dialoguista agudo y un narrador eficiente. Pero también de alguien que deposita en el libro un rico vocabulario en trance de desaparición. Cada poco, la lectura se ve asaltada por términos que en ocasiones parecen apelar al rigor de un lenguaje ya olvidado, otras veces a localismos pintorescos y algunas más a prestidigitación verbal y a neologismos sin fortuna: telenda, soleta, ramaleras, azagón, espizcar, rebinar, sopatalega, bebensal… Palabras que traen al recuerdo a Miguel Delibes, quien en sus libros recogió el habla ancestral de la vieja Castilla.

Publicadas al comienzo de la década de los setenta, en unos años en los que en España pujaba una novela de cariz experimental y desde Hispanoamérica llegaba la exuberancia narrativa de una impetuosa promoción llamada a no pasar inadvertida, las novelas de García Pavón pertenecen a una literatura tradicional, costumbrista y bienhumorada. A la hora de escribir  recurría a terrenos bien conocidos por él. Tanto, que a veces parecen esconder alguna pequeña broma. La casa madrileña en la que viven las dos hermanas pelirrojas, la sitúa en la que fue su calle, Augusto Figueroa, y cabe pensar que la finca que describe no sea otra que la del número 47, donde hoy ninguna placa recuerda el paso del escritor nacido en 1919, que se trasladó de joven a la capital para estudiar Filosofía y Letras, y que aquí viviría y trabajaría como profesor y director de la Escuela Superior de Arte Dramático, editor de Taurus y crítico teatral, hasta su fallecimiento en 1989. Sin embargo, a pesar de esos largos años madrileños, su mundo novelesco, su ámbito nutricio, fue siempre su Tomelloso natal, sus gentes, su habla, sus paisajes, sus recuerdos familiares.

A diferencia de otros novelistas de su tiempo, los libros de García Pavón no se encuentran únicamente en las librerías de viejo. La editorial palentina Menoscuarto editó en 2009 sus Cuentos republicanos, y Rey Lear lleva rescatados ya ocho títulos. La novela negra, venga del frío nórdico, de las costas sicilianas o de la Grecia depauperada por la crisis, es hoy un género en boga. En España casi no queda un escritor contemporáneo que no haya sucumbido a la tentación y no haya pergeñado un detective o un inspector al que encomendarle que desvele las miserias de nuestra sociedad. Antes de que llegaran Rebecka Martinsson y Mikael Blomkvist, Salvo Montalbano y Kostas Jaritos, y mucho antes de que hicieran su aparición Petra Delicado, Rubén Bevilacqua o Mariana de Marco, ya andaba por Tomelloso un policía de casino y café a pie de barra que atendía por el apodo de Plinio. Que Francisco García Pavón sea leído por nuevas generaciones de lectores significa que ha salido de ese purgatorio que espera tras la muerte a todo escritor. A los grandes, pero también a los pequeños.

Publicado en la edición impresa de Escuela, 6 febrero 2014

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