Azorín y otros españoles en París

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Una ciudad es una acumulación ininterrumpida de biografías, un palimpsesto de vidas reales o ficticias. Del mismo modo que en los pergaminos antiguos se raspaban los textos escritos para dejar paso a otros nuevos, las ciudades son el resultado de una sucesión de existencias que se añaden unas a otras. De la mayor parte no quedará el menor vestigio. De otras, nos hacemos mitómanamente la ilusión de que aún perduran en el rastro evanescente de unos pasos. De vez en cuando alguna institución deja constancia de esa estela marcando con una placa la fachada. Aquí nació tal insigne escritor. Ahí vivió aquel cotizado pintor. Y allí se alojó unos días alguien capaz de merecer esa pequeña fama póstuma. Toda ciudad oculta un nomenclátor secreto, al alcance de unos iniciados.

José Antonio Muñoz Millanes lo sabe bien. Aprovechando unas licencias sabáticas de su trabajo como profesor de Literatura en el Lehman College de la Universidad de Nueva York, se dispuso a seguir en París la pista de algunos escritores españoles huidos de la guerra civil. En La ciudad de los pasos lejanos (Pre-textos), presenciamos la llegada a la estación de Orsay, tras un viaje largo y fatigoso, de un José Martínez Ruiz que, acompañado de su mujer, Julia, escapa en octubre de 1936 de la convulsión que asuela su país. En seguida lo vemos establecido en un cuarto “chiquito” de un hotel “diminuto” de la rue des Mathurins, y un poco más tarde, asentado en un apartamento de la rue Tilssitt, junto a la Place de l´Étoile. En la capital francesa Azorín vive holgadamente de los artículos que envía a La Nación de Buenos Aires, lee mucho, sale a callejear sin rumbo cierto o se adentra durante horas en el metro, donde dice estudiar ‘la vida, el pergeño, el andar de los ciudadanos’. Muñoz Millanes sigue sus pasos, lo escruta en sus artículos, en el revés de los protagonistas de los relatos de Españoles en París que elabora por entonces, en lo que escribirá más tarde, cuando la ciudad de las luces sea solo un recuerdo. Juntos deambulamos por las calles, nos detenemos a contemplar con minuciosidad algún detalle arquitectónico que con otro guía nos hubiera pasado inadvertido y, en el recorrido, sumamos la presencia de escritores que, como Patrick Modiano, Walter Benjamin, Mihail Sebastian, Pierre Drieu la Rochelle o Julio Cortázar, nutrieron sus páginas con el París del siglo XX.

Casi al mismo tiempo que Azorín, había llegado buscando refugio en la ciudad del Sena Pío Baroja. Se aloja en el Colegio de España, a cuya entrada se fotografían los dos amigos en septiembre de 1937. Baroja, según anotará Azorín, ocupa “un cuarto con una cama turca, un lavabo, una mesa y un estante con libros”. A sus 64 años es un viejo a quien los jóvenes miran con extrañeza en el campus, y que se siente fascinado por la independencia de las mujeres extranjeras que viven en la ciudad. En especial, por las estudiantes norteamericanas, que “con frecuencia volvían a su residencia tambaleándose por la ingestión del alcohol”. Lector de folletines y aficionado a los casos truculentos, un día le propone a Xavier Zubiri ir juntos a presenciar una ejecución en la guillotina, junto a la cárcel de la Santé. El filósofo, vecino suyo en el Colegio de España, no puede reprimir el espanto que le causa la propuesta.

Javier Mariño también ha estado por entonces en París. Reside en la Fundación Deutsch de la Meurthe, en una “celda deliciosa, con enredaderas en la ventana”. A veces no son solo los autores los que dejan su marca en determinados espacios. También lo hacen sus personajes. El palimpsesto se emborrona así un poco más. Su creador, Gonzalo Torrente Ballester, disfrutaba allí de una beca doctoral cuando estalló la guerra. Regresa al poco a España y cuando, a comienzos de los años cuarenta, dé forma a su primera novela transferirá a su protagonista algunas impresiones parisinas. Baroja y Azorín tardarán algo más en retornar del exilio. Baroja lo hará en 1940. Azorín, en agosto de 1939. Durante los dos primeros años Azorín estará vetado para escribir en los periódicos franquistas. Pese a ello, en sus artículos para la prensa de Buenos Aires hará gala de una mansedumbre rayana en el cinismo: “En Madrid todo está igual. España es la de siempre”, “España es hoy el paraíso de Europa”. París quedaba atrás. Pero en España parecía que no se hubiera producido una guerra devastadora. Que su huella se hubiera desvanecido. Que el palimpsesto de vidas reales y ficticias se hubiera borrado por completo para empezar a escribir todo de nuevo.

Publicado en la edición impresa del periódico Escuela, 20 febrero 2014

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