El martillo y el yunque

lanzmann

En el interior de la sinagoga Pinkas de Praga, a ambos lados del arca santa, una relación de ciudades perfila la topografía del terror. Inscritos sobre el muro se suceden los nombres de los veinticuatro guetos y campos de exterminio en los que 80.000 judíos checoslovacos encontraron la muerte a manos del espanto nazi: Terezín, Majdanek, Lublin, Christianstadt, Treblinka, Mauthausen… La cámara morosa de El último de los injustos recorre también las otras paredes de la sala, sobre las que están rotulados a mano los lacónicos datos que recuerdan a cada una de esas víctimas, el apellido y la inicial en tinta roja, en negra las fechas del nacimiento y la muerte trágica. “Hay tantos nombres aquí, amontonados, pegados los unos a los otros…”, se duele la voz en off del director, Claude Lanzmann. La enumeración inacabable solo evoca pálidamente las dimensiones de una catástrofe moral que segó la vida de seis millones de personas.

 

El último de los injustos es un brote tardío de ese tronco robusto que es Shoah. En 1973 Lanzmann, un periodista francés de 48 años vinculado a Les temps modernes, la revista creada por Jean Paul Sartre, aguardaba la proyección de su primer documental, Pourquoi Israël, en el Festival de Cine de Nueva York, cuando un amigo suyo, alto cargo en el Ministerio de Asuntos Exteriores israelí, le transmitió su convicción de que él era la única persona que podía rodar la gran película sobre el Holocausto que nadie había hecho todavía. Lanzmann aceptó el envite y dedicó los doce años siguientes a un proyecto para el que grabó más de 350 horas y que culminó en una magna obra de 566 minutos. Sin recurrir a actores ni a imágenes de archivo, mediante entrevistas a víctimas, testigos y a unos pocos asesinos a los que engañó, y llevando la cámara a unos paisajes en los que no quedaba recuerdo del horror, Shoah reconstruía el exterminio que a partir de 1940 sucedió al hostigamiento y la persecución que Hitler infligió desde 1933 a millones de judíos centroeuropeos.

 

Del fértil tronco de Shoah nacieron más tarde Alguien vivo pasa (1997), Sobibor (2001), El informe Karski (2010) y El último de los injustos (2013). En la primera (Un vivant qui passe), Lanzmann se centraba en el oficial suizo de la Cruz Roja que inspeccionó los campos de Auschwitz y Theresienstadt en unas visitas calculadamente manipuladas por los nazis, tras las cuales emitió un informe favorable sobre el trato otorgado a los judíos. En la más reciente, Lanzmann rescata la entrevista que en 1975 realizó en su exilio de Roma al último presidente del Consejo Judío de Terezín, el Theresienstadt alemán, el ‘gueto modelo’ de los nazis, y que dejó fuera de Shoah. La película va y viene entre dos tiempos. La conversación entre Lanzmann y un Benjamin Murmelstein de 70 años, inteligente, culto, experto en mitología, que vive marginado en la capital italiana y conserva una memoria prodigiosa, se alterna con un viaje al presente en el que el octogenario cineasta visita ese terrorífico escenario concebido por Adolf Eichman, el teniente coronel tras cuyo juicio en 1961 en Jerusalen Hannah Arendt lanzaría su conocido dictamen sobre la banalidad del mal. Murmelstein, quien trabajó primero para Eichman en Viena y lo conoció bien, discrepa de la apreciación de la filósofa alemana refugiada en Estados Unidos tras el ascenso nazi y no duda en considerarlo “un demonio”. En su filme Lanzmann relata cómo, bajo esa imagen idílica del gueto que las autoridades alemanas se esforzaban en transmitir, apenas lograba ocultarse un sistema pavoroso en el que todo estaba prohibido y aun lo más nimio era castigado con la horca. Que Murmelstein hubiese seguido con vida y no corriera la misma suerte que sus dos antecesores, fue suficiente para que el odio de algunos correligionarios cayese sobre él y tuviera que soportar hasta su muerte en 1989 la sospecha de colaboracionismo. Benjamin Murmelstein gustaba de identificarse con el pragmático Sancho Panza, pero también con una Sherezade cuya vida dependiera de seguir contando el cuento del paraíso de los judíos. El viejo rabino se veía también como una pieza entre el martillo nazi y el yunque judío. Alguien con la suficiente fortaleza como para detener parte de los golpes, sin dejar de convertirse por ello en destino último de los martillazos. Lanzmann, que reconstruye con mano diestra el horror y se encariña con el personaje, nos había advertido ya de que Murmelstein no mentía. El espectador de El último de los injustos tiene la última palabra.

 

Publicado en la edición impresa de Escuela, 6 marzo 2014

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