Los rumbos del arte

arco

Resulta difícil emocionarse en un mercado, que es, por definición, abundancia, exceso, profusión. La vastedad de productos, unido al número de comerciantes que tratan de seducir a compradores predispuestos o remisos, y al de ojeadores ociosos y fisgones, produce a menudo desconcierto, mareos y falta de fuerzas. A la postre, resulta indiferente lo que esté sobre el tablero: alimentos, animales, ordenadores, automóviles o muestras delicadas del espíritu humano. Arco es una feria de arte contemporáneo. Es decir, un mercado. Un espacio acotado en el que se observa, se calcula, se compra y se vende. Y la amplitud de sus dimensiones, el elevado número de galerías presentes y la sucesión interminable de piezas llamadas a revolucionar el mundo artístico produce una mezcla de extenuación, agobio y abatimiento.

 

En una feria de estas dimensiones resulta difícil verlo todo, acordarse de todo y de todos, no volverse loco. Deambular de uno a otro stand, atraído por reclamos que compiten en vistosidad, agota, y de cualquier modo, siempre nos iremos sin haber contemplado aquella maravilla que otros resaltarán como lo más valioso de la feria, lo único, de hecho, que realmente merecía la pena este año. No hay por qué preocuparse. En un lugar como este la fotografía es una herramienta fundamental a la hora de inventariar las piezas memorables, y la obra decisiva seguro que acabará atrapada en formato fotográfico. No es lo mismo, hayamos leído o no a Walter Benjamin, pero la condición de testigo se ha reducido ya en nuestros días a la capacidad de producir un testimonio gráfico del acontecimiento. Los hechos notables no se presencian, se fotografían.

 

En Arco están los creadores emergentes, los que llegan como a una reválida que hay que superar con nota; los artistas de media carrera necesitados del empujón definitivo; los consagrados a los que se les puede ver explicando uno de sus trabajos o departiendo entre colegas, y quienes ya llevan una temporada en el otro mundo pero sus obras siguen pasando de mano en mano, revalorizándose y repartiendo felicidad y plusvalías en su camino. Una obra de Maruja Mallo pintada en la década de los treinta del siglo XX, un Millares del año 65 o un espléndido Palazuelo del 67 que quisiera uno para sí, conviven con otras de Carmen Calvo o Susi Gómez, con las imágenes que se reflejan en un espejo de Chema Alvargonzález, con las Meninas salpicadas por un bote de pintura de Lino Lago o con la caja fuerte deformada y desventrada de Robert Lazzarini, por poner solo unos ejemplos escogidos casi al azar.

 

El arte contemporáneo lo definen piezas como esas, pero también otras como la Piedad invertida de Marina Vargas; el pop tardío de Alex Katz; las bolitas imantadas del dúo Tommi Grönlund-Petteri Nisunen; el neocubismo picassiano de Erró; las ceras de Sicilia, o los listados temáticos de Ignasi Aballí. De la misma manera, un material no determina ya una época, sino que es la época la que viene caracterizada por el sinfín de materiales usados: desde tacos de plástico hasta petit point, pasando por espumas jabonosas, paraguas o cuellos de camisa. Una eclosión tal de creatividad, sin embargo, no deja de producir un enorme abatimiento. Mostrarse original es cada vez más difícil. Se convierte en una tarea verdaderamente titánica. Como lo es también la capacidad de revolucionar las conciencias, de generar polémica, de alimentar las quejas de embajadas y las denuncias ante los tribunales de Justicia. El rabino judío que lee la tora subido a los hombros de un cura católico, arrodillado a su vez sobre la espalda de un musulmán orante, o el pequeño dictador español conservado tras el cristal de una cámara refrigerada, dos obras de Eugenio Merino expuestas con anterioridad, han tenido ahora un pálido remedo en la instalación de Yann Leto, que pretendía poner a la misma altura el Parlamento y una sala de striptease. La política, una casa de lenocinio… Demasiado fácil. La provocación tampoco es lo que era.

 

“La verdad es que no he visto nada que me haya emocionado”, le oye uno decir a alguien al final de su visita a este mercado. La sobreabundancia dificulta la emoción, pero también puede provocar incertidumbre respecto al futuro. ¿Hacia dónde avanza el arte? Una visita a Arco parece sugerir que existen no menos caminos que artistas. Después de ver tantos cuadros, después de tantas esculturas y algunas performance, cabe preguntarse si el arte de hoy camina hacia algún sitio. O si la deriva es el único rumbo posible.

 

Publicado en la edición impresa de Escuela, 27 febrero 2014

 

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