La ciudad

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Las postrimerías son momentos propicios al balance y la nostalgia. Mientras el siglo XX boqueaba no hubo ciudad, pueblo ni villorrio que no hurgase en sus polvorientos baúles para rescatar su memoria gráfica. A lo largo de su última década se multiplicaron exposiciones, catálogos y libros de los que emergían unos espacios urbanos que ya solo estaban en las viejas instantáneas y en el recuerdo de los ancianos. Eran imágenes que requerían una cierta complicidad sentimental, porque nada podían decirle a quien no tuviese con esos lugares algún vínculo. La imagen que inmovilizó para siempre un instante de vida en una plaza, el trajín cotidiano de una calle, un rincón pintoresco, un motivo de fiesta o de duelo, en seguida se transformaba en boca de los mayores en una impresión, un recuerdo, la evocación de un personaje. Las viejas fotografías espolean el resorte de la memoria.

 

Un siglo nuevo estimula otros sentimientos. Induce a la innovación. A la audacia. Al riesgo. Pero esta de hoy es época poco favorable a la osadía y al atrevimiento. El tiempo del dinero a raudales que los representantes públicos dilapidaban con no importa qué excusa en un día o una noche cualesquiera se antoja ahora la resaca turbia de una triste borrachera. En vez de abonar el fruto futuro, el Ayuntamiento de la capital vuelve los ojos hacia atrás. En las salas del cuartel del Conde Duque una exposición que lleva por título Madrid 1910-1935 rememora la ciudad que quedó lejos. En estas placas añejas asoma una incipiente urbe que adoquina las calles del extrarradio como prueba de su ingreso en el orden civilizador. Hoy no queda dinero para asfaltar unas vías repletas de baches, socavones y lastimeros remiendos. Los mismos ambiciosos que no dudaron en despilfarrar cien millones de euros en la triple persecución consecutiva de una inútil quimera olímpica carecen ahora del mínimo empuje con el que poner freno al progresivo deterioro de los espacios públicos. Los bulevares que en las viejas fotografías humanizaban las anchas avenidas terminarían sacrificados en el altar de la modernidad para que más y más automóviles fueran más y más aprisa. La ciudad de hoy está ahíta de coches. Ya no caben más, y apenas queda ya subsuelo sin horadar en el que hacerles hueco. En las calles más céntricas se han rebajado muchas aceras a la altura de la calzada. Deberían ser un espacio de convivencia entre peatones y automovilistas. Pero esto es España, y para que los vehículos no lo invadan todo resulta inevitable plantar bolardos por todas esas aceras de las que tan a su antojo se sirven los moteros y en las que los ciclistas desplazan a los viandantes. A veces los postes pierden su férreo anclaje y pronto los vehículos y las motocicletas celebran el territorio conquistado. El Ayuntamiento no atiende los avisos para reponer los bolardos desaparecidos, y sus responsables, defensores de un particular laissez faire, laissez passer, logran que la ciudad se asilvestre y degrade en medio de la indiferencia y la impasibilidad municipales. “Qué pena que esta ciudad esté tan maltratada por los que la gobiernan y tan poco cuidada por los que viven en ella”, constataba no hace mucho en su blog con feliz síntesis Antonio Muñoz Molina.

 

Madrid es una ciudad a la que ningún alcalde, con dinero o sin él, dará nunca por acabada. En la Puerta del Sol que asoma en esta sala de exposiciones confluyen a un tiempo personas, caballos, automóviles, camionetas y tranvías eléctricos. Su imagen es siempre cambiante. Cuando no hace ni cinco años que concluyó una transformación que la desbarató por largo tiempo, el Ayuntamiento no ha dudado en celebrar una iniciativa del Colegio de Arquitectos para rehacerla. Lejos de desaforados reformismos como los que a comienzos del siglo XX abrieron avenidas como la Gran Vía, los ganadores del concurso de ideas apenas han propuesto cambiar las cosas de sitio para que todo siga igual.

 

Tal vez la falta de dinero insufle un gramo de sensatez. Mientras tanto, volvemos a mirarnos en la ciudad de hace cien años. Es posible que solo así logremos sentirnos satisfechos del presente. La crisis ha terminado, proclama el parte oficial de quienes siempre quedan a salvo de todo percance económico. Quien no acepta el dictamen inapelable es víctima de su trasnochado prejuicio ideológico. Seis millones de desempleados y una empobrecida clase media miran atónitos a su alrededor, como si un fenómeno del que debían ser privilegiados testigos se hubiese evaporado sin dejar rastro.

 

Publicado en la edición impresa de Escuela (20 marzo 2014)

 

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