Bill Viola, un artista del tiempo

bill_viola_web

 

Fray Pedro Machado permanece abstraído en la escritura de sus pensamientos, pero Fray Hernando de Santiago, el monje mercedario a quien Francisco de Zurbarán pintó al óleo hacia 1628 y cuyas dotes oratorias le valieron de Felipe II el apodo de ‘Pico de oro’, sí que parece contemplar con severidad la escena que se desarrolla a sus pies, en su tranquilo emplazamiento de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Frente a ambos, en sendas pantallas de plasma, un hombre y una mujer iluminados ante un fondo negro experimentan a cámara lenta una fortísima presión emocional que amenaza con llevarlos al colapso. Sus cuerpos se retuercen y sus rostros son el reflejo de un agudísimo dolor. Un poco antes, cerca de donde se exhibe la Dolorosa, de Pedro de Mena, otra pareja, separada en dos pantallas unidas a modo de díptico, rompe lentísimamente en un lloro silencioso que no encuentra consuelo.

 

La primera de las dos piezas electrónicas lleva por título Montaña silenciosa (2001). La segunda (2000) está colocada en paralelo a la magnífica escultura labrada por el imaginero granadino en el último cuarto del siglo XVII y comparte rótulo con ella. Ambas son obra de uno de los más reputados videoartistas, el neoyorquino Bill Viola, lo mismo que las otras dos más que el visitante encuentra estos días en su recorrido por las salas del viejo caserón de la madrileña calle de Alcalá. En El quinteto de los silenciosos (2000) la emoción embarga de manera individual a cinco hombres que aparecen juntos en la imagen ralentizada, y en Rendición (2001) dos figuras de medio cuerpo invadidas por la angustia emergen de un plano de agua que al ondularse desfigura sus imágenes.

 

Todo el arte es contemporáneo, dice a menudo Bill Viola. Las emociones humanas plasmadas en un óleo o en una escultura del Barroco español no son muy distintas de las que refleja un lienzo digital del siglo XXI. La aflicción por un hijo muerto modelada con los recursos plásticos del XVII puede no hallarse muy lejos de la desconsoladora agitación transmitida por un artista contemporáneo desde un vídeo de alta definición. El propósito del videocreador norteamericano al concebir estas piezas era abordar la naturaleza de la expresión emocional, y las lágrimas no son sino la expresión humana universal de la emoción.

 

Viola es un artista reclamado en todo el mundo. Hace apenas dos meses el Teatro Real de Madrid se dividía entre los partidarios y los detractores del wagneriano Tristán e Isolda de Peter Sellars, al que él aportaba su personal visión escenográfica; y ahora mismo el Grande Palais de París dedica una exposición a quien considera el más celebrado exponente del videoarte. En la sala pequeña de la cineteca del Matadero, unos setenta espectadores asisten una templada tarde de marzo a la proyección de Tiempos del tránsito. El documental forma parte de una trilogía en la que Bill Viola, Alan Berliner y Agnès Varda son los protagonistas, y con la que su directora, Isabel María, completó su tesis doctoral en torno a la escritura visual de estos tres cineastas. En Tiempos del tránsito, el dedicado a Viola, la realizadora recorre en conversaciones mantenidas con el autor en Barcelona y Nueva York el proceso de creación y el sentido de una de sus obras más personales. Viola atravesaba una profunda crisis creativa tras la muerte de su madre cuando una televisión alemana lo emplazó a la entrega urgente de una pieza a la que se había comprometido. Acuciado por el ultimátum, recurrió por primera vez a esos vídeos domésticos en los que había registrado tanto los primeros pasos de sus hijos por la vida, como la agonía y el velatorio de su propia madre. Intercaladas con otras en las que él mismo aparecía como un durmiente acuciado por el insomnio, o con las grabadas en el desierto, esas imágenes dieron como resultado The passing (1991), un trabajo árido y difícil en el que, en palabras de la realizadora española, se representa el tiempo de la vida como ciclo de la humanidad. “Yo no trabajo sobre imágenes fijas. Trabajo con imágenes en movimiento. Y eso es tiempo”, afirma Bill Viola en el documental. “La imagen para mí tiene menos importancia que el tiempo. Yo soy un artista del tiempo”. El tiempo, esa fugaz abstracción que nos construye y nos deshace, y en cuyo transcurso conviven imágenes captadas en la noche con cámaras infrarrojas, las lágrimas de una dolorosa contemporánea o la emoción que sigue emanando de una madera tallada con soberbia maestría hace más de trescientos años.

 

 

Publicado en la edición impresa del periódico Escuela (20 marzo 2014)

 

……………..

 

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s