Regoyos, nuestro impresionista

ViernesSanto

 

En el vestíbulo del Museo Thyssen-Bornemisza, en esta mañana lluviosa de finales de marzo, hay un runrún de gente que se arremolina para enfundar su paraguas goteante, que espera turno en el pequeño laberinto que organiza la compra de las entradas o que aguarda a que el reloj marque la hora programada para su visita a la exposición. En la espera se escuchan conversaciones amistosas en las que alguien alude a la ciudad de origen, a cómodos viajes, a proyectos de un fin de semana en los que la contemplación de unos cuadros adquiere una atractiva relevancia. La muestra que unos momentos después se desplegará ante sus ojos es una de esas que suscita unanimidades y que justifican de sobra una escapada rápida a Madrid. Paul Cézanne es uno de los grandes del arte, y esta que ahora se ofrece, la primera muestra monográfica que sobre el pintor se realiza en España desde hace treinta años. Una oportunidad única. Sin embargo, y a pesar de que cada franja horaria cuenta con un aforo limitado, la experiencia permite imaginarse esas salas más concurridas de lo que sería deseable. Una planta más abajo, en cambio, no hay ninguna de esas pequeñas aglomeraciones que se producen ante un cuadro famoso. La sala inferior está dedicada temporalmente a uno de esos pintores cuyo nombre tal vez no diga mucho sino a los entendidos, una figura que nunca falta en los recuentos especializados de finales del siglo XIX y comienzos del XX, pero que sin mucha dificultad podría quedar ausente en una relación popular de artistas de ese tiempo: Darío de Regoyos.

 

Da la impresión de que Regoyos ha quedado oculto bajo sombras poderosas como las de Joaquín Sorolla, Ramón Casas, Santiago Rusiñol o el mismo Gutiérrez Solana. Y, sin embargo, la suya es una figura ineludible en el arte español de aquel cambio de siglo. Nacido en 1857 en Ribadesella (Asturias) en el seno de una familia acomodada, su adolescencia transcurrió en Madrid, donde estudió en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, pese a la voluntad paterna de que siguiera sus pasos en la arquitectura y la ingeniería. La invitación a pasar unos días en Bruselas que le formuló un músico amigo suyo se convertiría en una estancia de varios años, durante los que estableció amistad con algunos de los más destacados artistas de vanguardia de la época. Con uno de ellos, Emile Verhaeren, realizaría un viaje por diversas ciudades de nuestro país, del que nacería el libro España negra, en el que Regoyos traslada a sus aguafuertes las palabras del poeta belga. De esa experiencia europea que hizo de él el más cosmopolita de los pintores españoles de su tiempo hay varias muestras en la exposición del Thyssen, que subraya, sobre todo, su faceta como paisajista. A su regreso a España se afincó en el País Vasco: Irún, San Sebastián, Rentería, Bilbao, y después, tratando de escapar de esos fríos invernales, recalaría junto a su familia en Barcelona, en donde falleció víctima de un cáncer en octubre de 1913.

 

Regoyos pintaba del natural, y muchos de los lugares en los que vivió, igual que aquellos a los que viajó, encuentran su correspondencia en los lienzos de esta antología, complementaria de algún modo de la que le dedicó en 2002 la Fundación Mapfre. Aunque hay alguna pieza magnífica, como Viaducto de Ormaíztegui, en su obra no hay grandes deslumbramientos, sino más bien piezas modestas que dan cuenta de las ruinas de una iglesia, de un día de mercado, la celebración del Corpus en un pequeño pueblo, una procesión de capuchinos, un anochecer en un paseo marítimo, el efecto de la luz sobre una plaza de Burgos o el contraste entre el progreso encarnado por ese ferrocarril humeante que cruza un tosco puente y la negra procesión de Semana Santa. Es lo de menos si estos cuadros son impresionistas, neoimpresionistas o posimpresionistas, algo en lo que parece que no terminan de coincidir los expertos. Tampoco hay en ellos la grandeza del Monet de La catedral de Rouen, de la misma manera que El baño en Rentería no son los bañistas de Cézanne expuestos una planta más arriba. Pero, aun con todo, emana de ellos el encanto de lo natural, de lo que carece de artificios y quizá de grandes pretensiones. No es extraño que Paul Cézanne suscite esa enorme curiosidad que lleva a un público numeroso a acercarse un fin de semana al Thyssen, y quizá tampoco lo sea que la exposición de Darío de Regoyos se pueda ver de un modo pausado, tranquilo, sin urgencias ni aglomeraciones agobiantes. Pero no por ello carece de atractivo suficiente.

 

Javier Sanz

Publicado en la edición impresa del periódico Escuela

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