La monja judía

ida

 

Resulta un tanto raro. Una película que, en una ciudad como Madrid, apenas puede verse en cuatro o cinco salas, y solo en dos de ellas en versión original con subtítulos, aparece una semana después de su estreno anunciada en la primera página de varios diarios de gran tirada. Un filme rodado en blanco y negro y en polaco, y cuya exhibición se diría aureolada de una aparente condición minoritaria, se lanza a la búsqueda de audiencias mayores desde la privilegiada y costosa atalaya de las portadas de los periódicos de papel. Llega precedida de galardones en festivales internacionales como los de Toronto, Londres, Varsovia o Gijón. Pero no siempre los premios son una garantía para el espectador. Su argumento tampoco parece de entrada excesivamente estimulante: una novicia católica a punto de tomar sus votos se adentra en la búsqueda de un pasado familiar quebrado durante la ocupación alemana. La fe, la identidad, la fidelidad al estalinismo, el horror nazi… Y, sin embargo, Ida tiene todas las trazas de las películas excelentes.

 

Desde el primer momento, desde esos planos iniciales en los que las jóvenes novicias restauran la imagen del Cristo que alzarán sobre un pedestal en el exterior del convento, Ida llama la atención por su formato de pantalla, un desusado 4:3 que le procura una imagen casi cuadrada y le dota de un regusto antiguo del que se vale su director, el polaco residente en Inglaterra Pawel Pawlikowski, para situar la narración en la Polonia comunista de 1962, el paisaje de su infancia. Pawlikowski, que mantiene permanentemente la cámara en un encuadre fijo, compone cada plano como si de una delicada fotografía se tratara. Los diálogos que confía a sus personajes: la novicia que por primera vez sale del convento en el que fue entregada al nacer, esa tía desconocida hasta ahora que arrastra una herida interior y cuya heterodoxa vida contrasta con la severidad de su cargo en la judicatura, el músico que es portador de un aire de libertad y que se sentirá atraído por la inocencia de la joven; todas esas palabras puestas en sus bocas están dotadas de una infrecuente precisión, ninguna de ellas está de más, ninguna otra falta.

 

En esa impremeditada búsqueda previa a tomar los hábitos la joven novicia descubrirá que su verdadero nombre no es Anna, sino Ida, Ida Lebenstein; que la fe católica en la que ha sido educada encubre un origen judío, y que es la única superviviente de la matanza en la que perecieron sus padres a manos de un antisemitismo aleccionado por la codicia rural y la atrocidad nazi. La bondad encarnada en el padre que prestaba ayuda a aquellos judíos a los que cobijó en el bosque se confronta con la vileza del hijo que se adueñaría de la vida y de las propiedades de sus víctimas, y que solo bajo la coacción de quien puede hacerle daño se aprestará a reconocer el asesinato y a remover la tumba que él mismo cavó una veintena de años antes. Únicamente entonces, cuando unos pobres huesos encuentren su reposo definitivo en un destartalado camposanto, la dipsómana y promiscua jueza Wanda sabrá llegada la hora de un final voluntario que envolverá con música de Mozart. Una soberbia Agata Kulesza encarna a esa mujer desgarrada, endurecida, sarcástica. Al personaje de Ida, de Anna, le da forma Agata Trzebuchowska, una joven pelirroja sin vocación actoral descubierta por casualidad mientras leía un libro en un café.

 

Nacido en Varsovia en 1957, Pawel Pawlikowski abandonó Polonia cuando tenía 14 años. Vivió primero en Alemania e Italia, y se afincó después en Inglaterra, donde estudió Literatura y Filosofía en Londres y Oxford. Realizador de documentales para la BBC como From Moscow to Pietushki, Dostoevsky’s Travels, Serbian Epics y Tripping with Zhirinovsky, es autor también de largometrajes como Last Resort y My Summer of Love. Sus películas no son fáciles de encontrar aquí, hoy por hoy. No aparecen ni en los estantes digitales de las grandes superficies especializadas en ocio y cultura, ni tampoco en los pocos videoclubs de oferta selecta que van quedando. Sin embargo, esa otra pantalla de cine en que a menudo se convierte Youtube sí permite rastrear algunos de sus trabajos anteriores. A partir de ahora, Pawel Pawlikowski será un director al que seguir con atención y del que esperar más películas de la calidad de Ida. Cabe confiar en que, no tardando mucho, su nombre asome de nuevo por entre las noticias agazapadas en la primera página de los diarios. Probablemente sea un aviso de otra buena sesión de cine.

 

Publicado en la edición impresa de Escuela (10 mayo 2014)

 

 

 

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