Regreso a Juan Rulfo

Juan Rulfo

Juan Rulfo

 

Para regresar a las buenas lecturas, cualquier excusa es válida. Habíamos entrado en una librería para que Lucía comprara La maravillosa vida breve de Óscar Wao, la novela de Junot Díaz de la que su profesor de Literatura de 4º de la ESO no se cansó de hablar el curso pasado. Mientras ella esperaba para pagar, yo merodeé entre las novedades. Hubo una que me atrajo: la enésima edición de Pedro Páramo y El llano en llamas. La de Juan Rulfo había sido la contrapropuesta que le había formulado cuando ella sugirió la posibilidad de que versase sobre Gabriel García Márquez la monografía a la que deberá hacer frente el curso próximo. Al autor de Cien años de soledad, le había advertido, se lo ha estudiado hasta la extenuación. Me acerqué para mostrarle el libro de Rulfo, y fue entonces cuando el dependiente, al verlo en mis manos, no pudo reprimir su entusiasmo: “Es una edición maravillosa. Lleva unos ensayos introductorios de García Márquez, Borges y Susan Sontag y, además de algunas fotografías tomadas por él, incluye un cuento inédito, ‘Castillo de Teayo’”. La emoción del vendedor fue tal que él mismo se vio obligado a corregir su ardor: “Parezco un tombolero”, reconoció. Hasta ese momento en mi biblioteca había cuatro ediciones de Pedro Páramo. Esa pasión contagiosa hizo que ahora sean cinco.

 

Otras lecturas más inmediatas me habían apartado de él cuando no hace tanto asomó aquella bonita colección de la editorial mexicana RM en la que aparecieron Los geniecillos dominicales, de Julio Ramón Ribeyro; Nadie encendía las lámparas, de Felisberto Hernández, o los tres volúmenes de Rulfo: Pedro Páramo, El llano en llamas y El gallo de oro, la novela corta que sirvió como guion de cine y que no se publicó hasta 1980. Primero había desaprovechado la efemérides del medio siglo de su famosa novela, y más recientemente la del 60º aniversario de la primera edición de sus relatos. Ahora, en cambio, surgía una ocasión idónea para volver a ese mundo fantasmagórico en el que se interna Juan Preciado cuando, para cumplir la voluntad de su madre moribunda, viaja a Comala tras los pasos de su desconocido padre, el cacique sin escrúpulos que habita la Media Luna y que será también el progenitor de otros muchos desdichados en ese mundo de almas en pena.

 

Juan Rulfo es sinónimo de enigma. En 1953, con 36 años, reunió en un libro quince cuentos que había ido dispersando por un puñado de revistas mexicanas. Poco después, en 1955, llegaría a las librerías una novela que tardó apenas cuatro meses en escribir, tuvo una tirada de dos mil ejemplares, se iba a titular ‘Los murmullos’ y después ‘Una estrella junto a la luna’ y finalmente asombraría al mundo con el rótulo definitivo de Pedro Páramo. El libro empezaría a reportarle fama a partir de los años sesenta y haría inevitable que quien se acercara a él le preguntase en qué estaba embarcado y cuándo lo publicaría. El silencio tenaz del escritor hizo recurrente durante décadas la cuestión. Siempre decía que estaba escribiendo, que la novela avanzaba y que pronto la daría a la imprenta. Rulfo era un ser introvertido, mordaz, criticón, triste y con una acusada fobia social que no le impedía, sin embargo, viajar y asistir a encuentros y congresos literarios en los que siempre se presentaba como un escritor en activo. Aquella novela que tantas veces había prometido nunca apareció. En su reciente Juan Rulfo. Biografía no autorizada (Fórcola), Reina Roffé llega a la conclusión de que su gran exigencia consigo mismo y la irrupción de los jóvenes del boom latinoamericano le impidieron resurgir con una obra que no estuviese a la altura de Pedro Páramo. En una de las fábulas de La oveja negra, Augusto Monterroso habla de un zorro que publicó un primer libro muy bueno que todo el mundo aplaudió y un segundo que llegó aún más lejos que el primero. Satisfecho, el zorro dejaba pasar los años sin ofrecer ninguno nuevo a sus muchos lectores. Tiene usted que publicar más, le decían los que se le acercaban. “Pero si ya he publicado dos libros-, respondía él con cansancio”. “Y son muy buenos –le contestaban-, por eso mismo tiene usted que publicar otro”. La fábula del guatemalteco termina con el pensamiento que el zorro no hacía explícito: “‘En realidad lo que estos quieren es que yo publique un libro malo; pero como soy el zorro, no lo voy a hacer’. Y no lo hizo”. Por eso, cualquier texto suyo, un pequeño inédito, una nueva edición, constituyen una excusa perfecta para emprender ese camino de regreso a Juan Rulfo.

 

Publicado en Escuela, 24 abril 2014

 

 

…..

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s