El Ruano más siniestro

ruano

 

A lo largo de su vida César González-Ruano (1903-1965) publicó más de ochenta libros, entre novela, poesía, ensayo, cuento, biografía, diarios y memorias, así como un vertiginoso alud de crónicas, entrevistas y artículos periodísticos que, según algunos cálculos, podrían rondar la temeraria cifra de treinta mil piezas. Sin embargo, quince días antes de morir dejó una anotación en su diario personal en la que reconocía con amargura que tal vez hizo “mucho, pero mediano”. “Lo que pude ser”, apuntó, “no lo fui por prisa, por distraerme excesivamente en las tentaciones, que ninguna supe evitar”. Trece años después de su muerte, en un hermoso prólogo a Mi medio siglo se confiesa a medias, Manuel Alcántara admitía que las cotas alcanzadas por Ruano en la lírica no eran muy elevadas y que su relevancia como novelista era pequeña. A su juicio, el mejor era el Ruano articulista, el mismo al que, después de haber escrito durante décadas dos o tres textos diarios, se le había negado el carné de prensa. Un veto que suscitó en el interesado una furibunda respuesta, en la que emplazó a esos mismos “robaperas” que lo ninguneaban a esperar si, pasado el tiempo, se seguía hablando de ellos o de él.

Probablemente no sepamos ya quiénes eran esos individuos a los que González-Ruano atribuía una valía escasa, pero lo cierto es que se sigue hablando de él. Durante años, algunos que supieron de sus andanzas, al igual que sus herederos literarios y aquellos con los que compartió amistad y tertulias, se encargaron de producir un abundante anecdotario ruaniano salpicado de turbiedad. La publicación en cuatro voluminosos tomos de una parte importante de su obra periodística, titánica tarea acometida por Miguel Pardeza, reavivó hace una década el interés por aquel viejo articulista de figura enjuta y bigotito lápiz. Su nombre ha vuelto de nuevo a la actualidad de la mano de El marqués y la esvástica. César González-Ruano y los judíos en el París ocupado (Anagrama), de Rosa Sala Rose y Plàcid García-Planas.

Durante tres largos años Sala-Rose –germanista y vecina en esta misma página de Escuela- y García-Planas –periodista de La Vanguardia- han perseguido el rastro de Ruano por una veintena de archivos de tres países. Han buscado sus huellas en el Berlín nazi en el que durante seis meses de 1933 ejerció como corresponsal. Lo han perseguido en la corte romana de Alfonso XIII, que en el exilio le concedió el tan ansiado como ilusorio título de marqués de Cagigal. Han indagado en ese Berlín hitleriano del que tuvo que huir precipitadamente en 1940. Y han ido tras sus pasos en el París ocupado en el que se refugió, y en donde fue encarcelado tres meses por los nazis, liberado por la intercesión de Gregorio Marañón y el embajador franquista José Félix de Lequerica, y juzgado y condenado en ausencia en el París libre de 1948 a veinte años de trabajos forzados.

La investigación ha sacado a la luz un abundantísimo material oculto, del emana un González-Ruano profundamente antisemita que ve con complacencia al régimen nazi y de cuyo servicio de propaganda cobra al tiempo que del periódico que le paga; un oportunista carente de escrúpulos que se aprovecha de los bienes que los judíos se ven obligados a dejar atrás en su atropellada huida del terror nazi, y un delator de sus propios compañeros de presidio en la cárcel parisina de Cherche-Midi. A pesar de todo, logra escapar de la aterradora acusación con la que se abre el libro: la sospecha de haber participado en la extorsión de judíos que pretendían escapar de la Francia ocupada a través de Andorra. Ruano es un personaje sumamente escurridizo.

Rosa Sala y Plàcid García-Planas han revelado lo mucho que Ruano tuvo de canalla, y resucitado por enésima vez la vieja polémica sobre la excelencia literaria y la abyección humana. Hace tres años el ministro de Cultura francés del momento retiró la figura de Louis-Ferdinand Céline de la lista de celebraciones oficiales, al cumplirse cincuenta años de su muerte. Céline fue un notorio antisemita, lo mismo que Ezra Pound, el poeta norteamericano condenado por sus servicios a la dictadura de Mussolini. Los dos son también unos enormes escritores. Sospecho que seguiremos leyendo Viaje al fin de la noche y los Cantos, y que de vez en cuando volveremos los ojos hacia ese falso aristócrata que no evitó caer en cuanta tentación, por amoral que fuese, se le presentó. Lo que es seguro es que nadie que se haya adentrado en El marqués y la esvástica volverá a leer a Ruano como antes.

 

 

Publicado en Escuela, 1 mayo 2014

 

 

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