Gaya Nuño, un escritor estrafalario

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JAVIER SANZ
El crítico de arte nos ayuda a ver, hace que nuestra mirada se detenga en lo que de otro modo no repararíamos y contribuye a diferenciar lo bueno de lo que no lo es tanto. En su ingreso en la Real Academia de San Fernando Francisco Calvo Serraller empleó tres verbos para definir esa tarea: comprender, comentar y transmitir. Su papel es fundamental. Pero, ¿quién se acuerda hoy de Santiago Amón, de Raúl Chávarri, de Alexandre Cirici Pellicer, de Juan Antonio Gaya Nuño? En una página reciente de La Vanguardia aparecen con motivo de unas jornadas dedicadas a su memoria los nombres de Alexandre Cirici y de Rafael Santos Torroella. El periodista no duda en calificarlos como los dos críticos de arte más influyentes de la posguerra en Cataluña. Y sin embargo, ¿quién los recuerda hoy? Gaya Nuño lo sabía bien. “El crítico de arte está condenado al olvido”, escribió quejoso por el hecho de que, tras sus muchos libros, monografías y artículos nadie viera en él lo que sin duda era, un sólido escritor.

Gaya Nuño formula esta constatación cuando está a punto de cumplir cincuenta años y lleva a sus espaldas una prolífica tarea crítica. Lo hace no en uno de esos trabajos divulgativos con los que se gana la vida, sino al frente de Tratado de mendicidad, que no es propiamente un ensayo, ni una colección de cuentos, ni tampoco una novela, y por eso le viene tan bien el marbete de ‘estrafalarios’ con que el propio Gaya bautizó a esos libros suyos que escapaban a la rutina del análisis artístico. Nacido en Tardelcuende (Soria) en 1913 y fallecido en Madrid en 1976, Gaya Nuño fue un notable historiador y crítico al que la guerra civil, su alistamiento como soldado republicano y su negativa a acatar las exigencias franquistas le privaron del ejercicio de una carrera docente en la universidad española, que había intentado al doctorarse con su tesis sobre el románico soriano, y para la que sin duda le sobraban méritos. Condenado por los insurgentes a veinte años y un día de cárcel, recorrió numerosos penales españoles durante cuatro años, al cabo de los cuales dirigió en Barcelona alguna galería de arte y se asentó luego en Madrid como concienzudo estudioso.

La nostalgia del terruño, alimentada durante quince largos años de ausencia, la volcó en El santero de San Saturio, un libro publicado en 1953 por la editorial Castalia que despertó la cólera de los estamentos oficialistas de la Soria de entonces, y que ya solo por eso merece todas las simpatías. Hoy, gracias a sus reediciones en la colección Austral, sigue siendo su narración más conocida. Casi una década después, al prologar Tratado de mendicidad, Gaya hizo memoria de la recepción de su primer libro ‘estrafalario’ y recordó que aquel texto que no era “sino una zarabanda de prosas aglutinadas por el dictado común del título” había levantado “pasiones desatadas en la tierra del santero, con acompañamiento de alaridos, corazones sangrantes, anónimos y demás relieves regocijantes”. En 1999 la edición en dos tomos de su obra literaria completa (Biblioteca Castro) puso también en manos del lector curioso sus cuentos, así como La historia del cautivo, que, publicado en México en 1966 y ambientado en el Desastre de Annual, es considerado como su relato más ambicioso, aunque también uno de los menos difundidos.

Al oprobio del que fue víctima en su tierra natal cuando publicó aquel librito, en el que un narrador muy parecido a él, enfundado en el sayal del santero que habitaba la ermita alzada en un risco sobre el Duero, sometía a Soria y a los sorianos a un particular proceso, le ha sucedido en estas dos o tres últimas décadas una justa suma de reconocimientos y homenajes, de los que es una de sus últimas muestras el volumen Gaya Nuño. Cien años (1913-2013), publicado por Soria Edita. El libro recopila las conferencias impartidas el año pasado con ocasión del centenario de su nacimiento. Quien quiera saber más de aquel “crítico de arte, republicano de fibra, hombre que escribía duro y certero”, como en unas pocas líneas y para siempre lo retrató en La noche que llegué al Café Gijón Francisco Umbral, no tiene más que asomarse a los textos de paisanos suyos como los historiadores Carmelo Romero y Juan Antonio Gómez Barrera, el profesor y su primer estudioso José María Martínez Laseca, el veterano periodista y pintor Marcos Molinero o el poeta y crítico de arte Enrique Andrés Ruiz. Sus palabras impedirán que el olvido caiga sobre este autor un tanto raro, peculiar y desacostumbrado. Estrafalario.

 

Publicado en Escuela, mayo 2014

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