Trescientos años de poesía

Elena-Medel

JAVIER SANZ
En esos espacios que las grandes librerías reservan al género poético, y junto a volúmenes recientes de autores ya tocados por la fama, hay siempre un enjambre de recién llegados tratando de alzar la cabeza y darse a conocer. A la mayoría le fallarán las fuerzas y el talento; algunos perseverarán y lograrán frutos de cierta enjundia, y solo unos pocos alcanzarán el reconocimiento necesario para asentarse en una generosa historia literaria; menos aún en esa Historia mínima de la literatura española (Turner) de José-Carlos Mainer, en la que, en apretada síntesis, apenas alcanzan unas palabras definitorias poetas contemporáneos como Luis García Montero, Luis Alberto de Cuenca o Carlos Marzal. La de la poesía es una carrera de largo aliento en la que a veces sucede que un solo libro es capaz de hincarse en el suelo como el estandarte que marca un territorio propio y una época. “¿Quién hundirá la espuela, quién de entre los nuestros galopará hasta trescientos años, quién se adueñará de la presa y será amo y señor de aquello que, reparad, aunque está por encima de nosotros, sin nosotros permanece cautivo?”. Eso era lo que en Postnovísimos, aquella antología de 1986 preparada por Luis Antonio de Villena, se preguntaba Blanca Andreu, la poeta que deslumbró con su irracionalista De una niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall (1981). Un primer libro que le ha reservado un lugar en los anales recientes y que la revista Quimera, tras consultar a un amplio elenco de escritores, editores y autores, ha seleccionado como uno de los diez mejores volúmenes de poesía aparecidos en los últimos treinta y cinco años. El mérito no es pequeño.

 Si Quimera trataba de hacer balance de lo sucedido en las tres últimas décadas y media, Ínsula ha puesto ahora los ojos en la poesía que se escribe hoy en castellano. En esas páginas, Ángel L. Prieto de Palma escribe que los jóvenes poetas “se saben condenados a vivir en un mundo que se fagocita, pues se alimenta culturalmente de sus deyecciones” y también que la “fragmentación, la labilidad, la versatilidad y la dilución del yo son categorías contemporáneas”. Luis Bagué Quilez vislumbra dos grupos definidos por su edad y sus propósitos. Uno, el de los nacidos en la década de los 60, daría cierta continuidad a las maneras de los poetas de la experiencia. El otro, conformado por los venidos al mundo a partir de la década posterior, la de los 70, enlazaría con los novísimos y reivindicaría la fragmentariedad, el culturalismo, la icononografía pop y la metapoesía. Como en todo recuento del presente, de este de Ínsula surge una profusión de nombres que imita la exuberancia de los mostradores de las librerías mejor surtidas. Aún con la tinta fresca, entre los miles de ejemplares puestos a la venta en la Feria del libro antiguo y de ocasión del Paseo de Recoletos salta a la vista Chatterton, de Elena Medel, un nombre repetidamente citado en los ensayos de Ínsula. Nacida en Córdoba en 1985, Medel se dio a conocer en 2002 con Mi primer bikini, al que seguiría Tara (2006), entreverado este último con los cuadernos Vacaciones (2004) y Un soplo en el corazón (2007). Aparecido al abrigo del XXVI Premio Fundación Loewe a la Creación Joven, Chatterton incluye versos como estos: “Después del amor la mujer se ducha mientras / el hombre fuma en el pequeño salón de su piso / de soltero. Se despiden, / dos amigos: ella viste la ropa de la noche / anterior, él se avergüenza // Pero tú // ya lo sabías”. Prieto de Paula habla de que la poesía es “un yo que da cuenta de sí y que, perplejo y desorientado en el día de hoy, no se encuentra y pregunta acezantemente ‘Quién soy, quién soy’, como hace Elena Medel en ‘I will survive’ (Mi primer bikini)”. Como en otras autoras jóvenes, Bagué vislumbra en ella “la dimensión colectiva del yo”, y Juan José Lanz la adscribe a una serie de propuestas juveniles que “dialogan con los modelos sesentayochistas y sus facetas más imaginativas y surreales”. Cuando apareció Tara, Luis Antonio de Villena subrayó cómo la pasión y la energía parecían más encauzadas y elaboradas que en Mi primer bikini. Para Villena, Elena Medel era entonces la poeta joven por antonomasia, algo no exento de riesgos, como sugería al recordar a Blanca Andreu o a Carmen Jodra, dos autoras que, a su juicio, habían quedado por debajo de las elevadísimas expectativas despertadas por la crítica.

 ¿Quién hundirá la espuela, quién galopará hasta trescientos años? La pregunta de Andreu sigue aguardando una respuesta.

Publicado en Escuela, mayo 2014

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