Poner orden

poner-orden

No es difícil hacer de los libros algo atractivo. Hay, al menos, un par de fórmulas de probada eficacia. Una es prohibirlos. Convertirlos en un bien imprescindible por el que correr graves peligros: persecución, tortura, cárcel. La otra es hacer de ellos algo prohibitivo, tan inaccesible como el caviar Almas, una noche de estreno en la Scala de Milán o un mechón de la cabellera de Elvis Presley. Del mismo modo, existen métodos expeditivos para llegar a aborrecerlos, como convertir su lectura en una obligación o someterse a una mudanza. A pocos que se hayan logrado reunir, la tarea de cambiar de domicilio y llevárselos consigo adquiere apariencias titánicas. Luego, el que los libros abandonen las cajas y vuelvan a las estanterías no implica necesariamente que cada uno ocupe el lugar que de verdad le corresponde.

Poner orden en una biblioteca personal ni muy pequeña ni muy grande requiere una enorme paciencia. El desaliento no tarda en rondarle al incauto que se aventura en la tarea. La constancia resulta un factor imprescindible, si se pretende sobrepasar ese cabo de Hornos que suele ser la letra C. Durante años los libros de Leopoldo Alas, Juan Benet o Camilo José Cela estuvieron perfectamente localizables para mí. En cambio, averiguar el paradero de algún título de Bohumil Hrabal, Vladimir Nabokov o Enrique Vila-Matas, por ejemplo, suponía una búsqueda laboriosa que solo la práctica repetida lograba aliviar. Si iba en busca de cierta novela de Carmen Martín Gaite, cabía la posibilidad de volver con alguna de Patrick Modiano o de Henry James. Un libro de Claudio Rodríguez, por ejemplo, podía darse por extraviado, a cambio de otro de Rimbaud. De la pesquisa unas pocas veces se salía con un descubrimiento inesperado, y casi siempre con el desánimo grabado en el rostro. Si la mudanza no había logrado extinguir el gusto por la lectura, tal vez pudiera hacerlo el desorden inexpugnable de la biblioteca. Algo había que hacer.

En buena hora. Lo malo no es adentrarse inocentemente en ese tupido bosque de papel con la intención de desbrozar la maleza y abrir claros que permitan orientarse. Es tratar de intuir un criterio eficaz que permita encajar el volumen deseado en los espacios disponibles. Descartada la Clasificación Decimal Universal, lo mismo que procedimientos caprichosos como la ordenación por la fecha de nacimiento del autor, la editorial, el tamaño o el color del volumen, y para no condenar a la marginación a determinados géneros poco frecuentados, la poesía termina conviviendo fatalmente con la novela, y esta con el teatro y el ensayo literario. Aun así, no faltan motivos para el conflicto. ¿Dónde situar, por ejemplo, El viaje a la ficción, el ensayo de Mario Vargas Llosa sobre Juan Carlos Onetti? ¿Con los libros del peruano o con los del uruguayo? ¿Qué lugar se reserva a Historia de un deicidio? ¿Junto a Conversación en la catedral, o el que le correspondería por el objeto de su análisis, la obra de Gabriel García Márquez? Ardua cuestión. ¿Y La orgía perpetua? ¿En la ‘f’ de Flaubert o en la ‘v’ de Vargas Llosa? Y eso solo si no se ha sucumbido ya al desaliento y se ha logrado avanzar en el tortuoso camino que va de la ‘c’ a la ‘z’.

Ordenar es desordenar antes. Las obras que se alineaban con docilidad en las estanterías parecen multiplicarse por todas las superficies disponibles. Cualquier estancia se convierte en un vértigo de papel impreso al que nunca se le ve el fin. De aquí y de allá surgen tomos imprevistos que reclaman su sitio en la nueva jerarquía alfabética. Y, como los libros son siempre más numerosos que el hueco reservado, acaba por librarse una feroz batalla en la que prima la ley del más fuerte y se cumple de manera inevitable el dictamen de Jorge Luis Borges de que ordenar una biblioteca es ejercer de un modo silencioso y modesto el arte de la crítica. Al caer a la caja mortuoria, los ejemplares sentenciados imitan el ruido de las cabezas tras su breve contacto con la guillotina. Para entonces uno ya se ha acordado sentidamente de Gutenberg, ha añorado el parsimonioso trabajo de los monjes en tiempos oscuros y lamentado la desconfianza en los poderes de la memoria de algún contable mesopotámico.

Cercado todavía por torreones de papel que amagan con derrumbarse al menor soplo, y con el teléfono del librero de viejo al alcance de la vista, no sé si no habrá llegado el momento de dejar de tratar con desdén al libro electrónico y de empezar a interesarse por sus más que indudables cualidades. No sé, no sé…

Publicado en Escuela,

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s