Cincuenta años de Serrat

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Acumula hasta ocho doctorados honoris causa por universidades de aquí y de allá y está en posesión de innumerables condecoraciones. Sí es cierto que los suecos que en Oviedo conceden esos Premios Príncipe de Asturias que por su ambición se parecen cada vez más a los Nobel han preferido otorgar su galardón a otras figuras no menos incontestables, como Bob Dylan o Leonard Cohen. Pero qué importa ese detalle. Hace unos días, Joan Manuel Serrat recibía en Las Vegas su enésimo reconocimiento: el de Persona del Año que concede la Academia Latina de la Grabación, en el marco de los Grammy latinos. La industria musical se rendía a sus pies para celebrar los 50 años que el cantante catalán lleva componiendo temas imperecederos.

 

¿Cabe la posibilidad de que haya alguien en ese universo iberoamericano que no conozca su nombre, que no haya escuchado alguna de sus canciones o que no sea capaz de tararear una sola de sus melodías? Resulta arduo pensar que pueda ser así. Y sin embargo, qué difícil debe de ser componer una canción, narrar una historia atractiva de principio a fin en apenas tres minutos, acomodar convincentemente sus versos sobre una melodía, echarla a volar y lograr que no solo no se marchite y acabe pronto arrumbada, sino que arraigue en la memoria de mucha gente, hasta terminar formando parte de su propia existencia. Sin duda parece complicado. Y a pesar de todo Joan Manuel Serrat lo ha conseguido. Y no una, sino muchas veces. Ha logrado trascender el tiempo y el espacio con unas canciones cargadas de emociones, recuerdos, poesía e ideas.

 

En estas cinco décadas, y para un arco de varias generaciones en más de un continente, se ha convertido en todo un icono de la música, como Jacques Brel o George Brassens, como Vinicius de Moraes o Chico Buarque, como Homero Manzi o como el otro Homero argentino, Homero Expósito, autores todos ellos de composiciones memorables. La mayor parte de las creaciones serratianas, además de implicar un delicado recorrido por alguna de la poesía mejor –Machado, Miguel Hernández, García Lorca, León Felipe, Benedetti, Cernuda, J.V. Foix-, constituyen un prodigio de sensibilidad. En el prólogo a su Cancionero, Antonio Muñoz Molina ha escrito que, despojadas de la voz que canta, las canciones de Serrat “muestran su médula simple y poderosa, que es el misterio de ese arte tan sutil y tan cercano a la vida usual que los entendidos a veces no acaban de verle el mérito, del mismo modo que los aficionados podemos disfrutarlo con una relajada falta de atención”.

 

Lucía, No hago otra cosa que pensar en ti, Hoy puede ser un gran día o Fiesta, por no espigar más que cuatro temas de entre un repertorio tan amplio y en dos idiomas, tienen, como Ne me quitte pas, La mauvaise réputation, Eu sei que vou te amar, O que será, Malena o Chau, no va más, las cualidades infrecuentes que convierten a una simple canción en todo un acontecimiento capaz de estimular el recuerdo, aliviar la tristeza, atraer el buen humor o perseverar en la alegría. Tampoco es casualidad que Mediterráneo encabezara hace un par de años la selección de las mejores 200 canciones de la música española elaborada por la revista Rolling Stone. Mediterráneo fue también el tema con el que el otro día Serrat cerró esa gala de los Grammy latinos en la que un sinfín de músicos homenajearon al cantautor catalán cantando sus canciones –“es la primera vez que asisto a un concierto mío en el que no canto”, dijo- y es la que nunca falta ni en ninguna de sus giras ni en ninguno de los discos que, como el cuádruple aparecido ahora, hacen recuento de estos 50 años.

 

Aunque siga siendo inconfundible, a sus 71 años su voz ya no es la misma y hay tesituras que se antojan difíciles de acometer. En El símbolo y el cuate, el documental que registra la gira de nueve meses de Serrat -el símbolo- y de Joaquín Sabina –el cuate- de México a Argentina a lo largo de 2013, Joan Manuel Serrat asegura que esos conciertos suponen la reivindicación del derecho a la decrepitud, al deterioro, al paso del tiempo. Ricardo Darín, el actor argentino que comparte con ellos sobremesa en Buenos Aires, se opone a esa idea y lo más que concede es que ambos puedan ser considerados dos sobrevivientes. Además de sobreponerse a dictaduras y a exilios y hasta al propio éxito, los dos han dado esquinazo a enfermedades temibles y sobre un escenario, juntos o por separado, siguen perseverando en el trabajo de compartir con los demás un buen puñado de canciones perfectas. Que lo sigan haciendo muchos años.

 

 

Publicado en Escuela (27 noviembre 2014)

 

 

 

 

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