Glenn Gould, el genio chalado

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Juego de espejos es el título de un programa que Luis Suñén dirige en Radio Clásica. Antiguo crítico literario, exeditor, director de la revista musical Scherzo, Suñén conversa cada semana con personajes relevantes que, como gusta decir, no viven de la música, pero sí viven con la música. Aquí, la entrevista y el comentario se alternan con fragmentos sonoros seleccionados por el invitado. Rebuscando entre viejos programas aparece el que le dedicó a Mª Teresa Gallego. En él, la traductora de Balzac, Maupassant o Modiano, que confiesa trabajar siempre con música, presenta una porción de maravillas encabezadas por el Messías de Händel, al que siguen otras como El pequeño libro de Anna Magdalena Bach o las Variaciones Goldberg. Según cuenta Gallego, su predilección por esta obra de Johann Sebastian Bach llega al extremo de ser la elegida cada día para cerrar su jornada laboral ante el ordenador. Pero a Suñén no le solicita una versión cualquiera de las miles que probablemente habrá, sino una interpretada por Glenn Gould, y de las dos que grabó, no la del joven prodigio de 22 años que el músico canadiense ya era en 1955, sino la del célebre ejecutante que vuelve a registrarla en 1981, al borde de los cincuenta años, poco antes de una muerte que acrecentaría su fama mundial. A día de hoy, se hace difícil no suscribir la afirmación de uno de sus biógrafos, cuando asegura que Gould forma parte de ese pequeño grupo de intérpretes de música clásica que siguen singularmente vivos tras su fallecimiento.

Desde bien temprano Glenn Gould se mostró como un artista extravagante. Rehuía los aviones, vestía guantes, abrigos o bufandas indiferente a la temperatura que hiciera, lucía en el escenario fracs sin planchar, ponía a remojo las manos durante veinte minutos antes de empezar a tocar, canturreaba sin tregua la melodía en las grabaciones, parecía no tener más vida que su trabajo y ante el piano se sentaba en una silla paticorta ideada por él que lo situaba en una extraña posición a ras del teclado y que pronto se convirtió en su referente icónico.

También las Variaciones Goldberg son hoy sinónimo de Gould. En el libro en el que Jonathan Cott recoge las seis horas de conversación telefónica mantenidas a lo largo de tres días de 1974 con el músico canadiense, Gould da pábulo a la extendida idea de que el compositor alemán habría creado esta obra a instancias de Hermann Carl Von Keyserling, para que su clavecinista, Johann Gottlieb Goldberg, le alegrara al conde sus noches de insomnio. Una teoría que Christoph Wolff descarta en una investigación sobre Bach que se presenta como ‘la biografía definitiva del genio musical del barroco’. El musicólogo alemán, profesor de la Universidad de Harvard y director del Archivo Bach en Leipzig sugiere que las célebres variaciones no habrían sido un encargo independiente, sino que estaban integradas “desde el principio en la idea general de la serie Clavier-Übung, a la que ponen grandioso colofón”. Para ello alude a la falta de la dedicatoria formal que exigiría el protocolo o al hecho de que Goldberg tenía por esa época 14 años.

El pianista del que el director de orquesta de origen húngaro Georges Szell había dicho, tras un célebre contratiempo, “este chalado es un genio”, murió en Toronto, su ciudad natal, el 4 de octubre de 1982. Hacía apenas una semana que su nueva lectura de las Variaciones Goldberg había llegado a las tiendas de discos. La figura de Gould ha quedado asociada a esa obra que, según Wolff, Bach publicó en el otoño de 1741 y que, paradójicamente, no era ni la pieza favorita de Gould, ni siquiera la que prefería de entre las obras del genio alemán. Pese a ello, son sus tres primeros compases los que, junto al nombre, figuran en su lápida en el cementerio de Mount Pleasant.

Imitando a María Teresa Gallego, dejo que la interpretación de las Variaciones Goldberg acompañen estas líneas finales. Pero el sonido no proviene hoy del lector de discos compactos, ni siquiera de algún servicio de música por internet, sino de la película rodada en 1981 en los estudios de Columbia Records de Nueva York, al tiempo que se grababan las sesiones para el que sería su último disco. En ella se ve a un Gould prematuramente envejecido, sentado en su silla paticorta, encorvado sobre el teclado y sin dejar de canturrear. Muchos años antes, en 1964, con 32 años, había renunciado a los conciertos para dedicarse a grabar discos. Hoy la tecnología permite que siga tocando para cada uno de nosotros.

 

Publicado en Escuela (30 noviembre 2014)

 

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