Ajoblanco, en la vitrina

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Como tantas otras cosas que se adhieren a un tiempo concreto, las revistas tienen un fuerte componente generacional. Su propio ciclo vital, con tendencia a la brevedad, lo fácil o abrupto que resulte su acceso o las barreras que de edad, intereses o ideología interpongan en su relación con los lectores son factores que contribuirán a que cada cabecera termine siendo vista como algo propio o como una cosa completamente ajena. En aquella modesta biblioteca provinciana de juventud no faltaba una hemeroteca medianamente surtida. En el revistero menudeaba una publicación hecha en Barcelona que, dirigida a un público juvenil, contribuyó a encauzar mi gusto por el periodismo. Lo mismo que Triunfo, en donde arrancaría una familiaridad con firmas comolas de Fernando Savater, Manuel Vicent, Félix de Azúa o Manuel Vázquez Montalbán. Excesivamente marginal para una biblioteca pública, sospecho que, sin embargo, en aquel montón de publicaciones no figuraría Ajoblanco, convertida estos días en pieza museística en la exposición organizada en el Centro Cultural Conde Duque de Madrid. Triunfo no tardaría en convertirse para mí en una lectura adictiva. Ajoblanco no lo fue jamás. Nunca logramos acompasar nuestros tiempos ni nuestros gustos. Cuando vio la luz en octubre de 1974 acababa yo de alcanzar el sexto curso de EGB, y entre mis intereses inmediatos no estaban ni la contracultura, ni las drogas, ni el movimiento libertario, cosas todas ellas que Ajoblanco traía bajo el brazo, junto a la receta de la sopa fría que le daba nombre. Luego, cuando ante un quiosco de las Ramblas hubiera podido asaltarme la duda de si gastar en ella el escaso dinero sobrante o hacerme con un ejemplar de Camp de l´Arpa, ya era demasiado tarde. Ajoblanco había sucumbido un año antes, en 1980. Fue una relación imposible, y ni siquiera pudo remediarse cuando en 1987 renació de sus cenizas y estaba aún lejano el día en que fuera a caer en las redes empresariales de ese periodista maquiavélico llamado Pedro J. Ramírez.

Así que recorrer estas salas municipales a cuyas vitrinas y paredes ha venido a dar el espíritu libertario de Ajoblanco es como interesarse por un remotísimo conocido del que hemos vivido largos años sin saber casi nada: algo curioso de lo que está exento el entusiasmo de lo compartido. Como otras propuestas rebeldes nacidas para respirar algo de aire puro en la pestilente agonía del franquismo, Ajoblanco nació de la inquietud de un joven de la burguesía. José Ribas, un estudiante de 22 años que cursaba 4º de Derecho y que procedía de una solvente familia barcelonesa con abuelos retratados por Ramón Casas, se rodeó de un grupo de amigos para sacar adelante una revista que diera cuenta de movimientos contraculturales como los que bullían en otras latitudes de Europa o de Estados Unidos. Ribas, que siempre mostró su querencia por las ideas anarquistas, recelaba cuando la revista enfilaba otros frentes menos revolucionarios. En esos seis primeros años de vida Ajoblanco acercó a sus lectores asuntos entonces novedosos como la liberación sexual, las comunas, el feminismo, la antipsiquiatría, el rock, las energías alternativas o la ecología. Todo lo que entonces pugnaba por abrirse camino contra lo establecido. Bajo una cabecera diseñada por Quim Monzó, futuro escritor de éxito, que remedaba la tipografía de Coca-Cola y que tuvieron que cambiar en el número 4, Ajoblanco no fue nunca un fanzine con vocación marginal, sino una revista ávida de un público amplio que la hiciera rentable y asegurara su continuidad. Su primer número llevaba nombres como los de Luis Racionero, Frederic Amat, Victoria Combalía o Joan Fontcuberta, que no tardarían en hacerse un hueco en la cultura oficial de la Transición. Algunas de esas ideas alternativas fracasarían por sí mismas. Otras terminarían siendo asimiladas por lo que suele llamarse ‘el sistema’. No sé si José Ribas sentirá orgullo por haber puesto su granito de arena en ello o si, por el contrario, se mostrará decepcionado por la deriva de nuestro tiempo. Pero, por los materiales conservados, es probable que nunca dejara de tener en mente la idea de un homenaje como este. En un recuento así hay algunas imágenes y muchas palabras. Con extremada minuciosidad, la historia que recrea Ajoblanco. Ruptura, contestación, vitalismo ya la había relatado José Ribas en un libro. Para quienes, viejos lectores de ayer o jóvenes curiosos de hoy, la exposición les sepa a poco, en Los 70 a destajo están todos los detalles.

 

Publicado en Escuela,12 junio 2014

 

 

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