El cartel de Maruja Mallo

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Bajo una pila de viejos carteles turísticos que pregonan las excelencias de nuestra hospitalidad, aparece uno, ajeno al reclamo de sol, toros y flamenco, que no tardo en identificar, pese a no haberlo visto más que reproducido en el periódico del día, treinta años atrás. La imagen que ocupa la mayor parte de la superficie apaisada representa a una araucana que sobrevuela un esquemático paisaje de montañas, asida al cuello de una llama que porta cuatro instrumentos andinos: un tambor, una quena, una flauta de pan y una guitarra. Sobre el fondo azul que enmarca la viñeta, un texto reza: ‘Pablo Neruda. Cartas y poemas de juventud’. Otro, abajo, recuerda al patrocinador -lo que alguna vez fue el Banco Exterior de España-, la sede de la muestra madrileña y las fechas de la exposición en un remoto 1983. Estampado sobre el ángulo inferior derecho, un nombre escrito en mayúsculas con trazos infantiles, a cuyas emes convertidas en palitroques paralelos da sentido una rúbrica sinuosa: Maruja Mallo.

La pintora que en los años veinte y treinta se había codeado de igual a igual con nombres hoy paradigmáticos de la cultura española, como García Lorca, Dalí o Alberti, disfrutaba a comienzos de los ochenta de un renovado interés. Su obra había vuelto a las galerías y se mostraba en Arco. Jóvenes inquietos como Paloma Chamorro o Juan Manuel Bonet la entrevistaban en los programas culturales de Televisión Española. Las instituciones oficiales la invitaban a dictar conferencias sobre el regreso del Guernica o el surrealismo. Desde las páginas de El País, Manuel Vicent la incorporaba a su Inventario de otoño. Y el Ministerio de Cultura le otorgaba el Premio Nacional a las Bellas Artes. Mallo había logrado recuperar una presencia en la vida española que se había desvanecido por completo cuando en 1965, a punto de cumplir 63 años, regresó de manera definitiva a España, después de un largo exilio iniciado en 1937, cuando, desde Galicia, logró pasar a Portugal y embarcarse en el puerto de Lisboa en un vapor de bandera inglesa que la llevaría a Buenos Aires. La vanguardista que había deslumbrado con sus coloridos cuadros de verbenas apenas llevaba consigo al destierro otro equipaje que un lienzo titulado Sorpresa del trigo, el mismo con el que volvería en 1961, durante su primer tanteo de regreso a España, y que el Museo Reina Sofía le compraría en los 80 por una suma elevada, nueve millones de pesetas.

La figura de Maruja Mallo (Viveiro, Lugo, 1902-Madrid, 1995) sigue conservando un enorme atractivo. Todavía está fresco el recuerdo de la exposición antológica que el Museo de Bellas Artes de San Fernando organizó hace unos pocos años en el mismo espacio madrileño en el que la pintora se había formado. Cada poco, alguien vuelve a indagar en una biografía rica en anécdotas. Si José Luis Ferris fue el primero en abordarla por extenso, más recientemente se ha añadido el trabajo de Shirley Mangini, quien ya había estudiado la figura de Mallo cuando en 2001 la incluyó entre la nómina de Las modernas de Madrid, el libro en el que recordaba a algunas mujeres, como María Zambrano, Rosa Chacel, Clara Campoamor, que protagonizaron el efervescente tiempo de la vanguardia que preludió a la Segunda República. Ni Ferris ni Mangini echan en el olvido chascarrillos como su victoria en un concurso de blasfemias en el Madrid de antes de la guerra, su tranquilo pedalear en bicicleta por el pasillo de la iglesia de Arévalo en plena misa mayor, su presencia en los cafés de los sesenta o setenta ataviada sin otra prenda que un abrigo de nutria o sus amores con Rafael Alberti y Miguel Hernández, y acaso con Pablo Neruda, compañero en aquella excursión por la costa chilena en la que Maruja Mallo se fotografió revestida de algas.

Mangini insinúa que el declive mental de Mallo le sobrevino por el mismo tiempo en el que el banco público le encargó aquel cartel para la exposición de las cartas y poemas juveniles de Neruda. La pintora entregó un cuadro con la llama voladora, y al poco un ilustrador chileno llamado Jorge Salas reclamó para sí la autoría intelectual de la imagen y presentó como prueba la portada que siete años antes había confeccionado para un disco del grupo folk Inti Illimani. Maruja Mallo, que negó inútilmente el plagio, iniciaría poco después un largo periplo hospitalario que la mantendría en cama los últimos diez años de su vida. Su figura retorna hoy bajo un rimero de olvidados carteles que se tuestan al mismo sol que ofrecen como reclamo.

 

Publicado en Escuela,

 

 

 

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