Elogio de la biblioteca pública

bibliotecas

El primero, a los siete u ocho años de edad, fue una cartulina que la memoria tiñe de verde y que abría el paso a un sanctasanctórum en el que los libros preferidos eran los que tenían a Tintín de protagonista. El último es una tarjeta de plástico que invita a la lectura a los usuarios del metro. En medio, una colección de carnés que habrán ido dejando por varias ciudades un reguero de volúmenes leídos, abandonados a medio leer o meramente hojeados. En la construcción de una afición lectora las bibliotecas públicas han desempeñado un papel fundamental. En muchas ocasiones han sido uno de los escasos asideros disponibles en donde saciar el ansia de saber y echar a volar la fantasía. Cada vez que las carencias regresan en forma de una crisis cíclica, las bibliotecas se encuentran entre los primeros en sufrir sus consecuencias. Como la cultura importa más bien poco a nuestros políticos, los presupuestos se reducen, los libros nuevos dejan de llegar, los viejos no se reponen y el personal disminuye en la misma medida en que los usuarios y la necesidad de unos buenos servicios públicos aumentan. O se clausuran bibliotecas. O tardan en abrirse las de nueva construcción. Una biblioteca cerrada es un espectáculo triste. Un fracaso. Al cabo de cinco años de obras y de un sobrecoste asumido ya como ordinario, el Ayuntamiento de Madrid ha dado por inaugurado, en pleno distrito Centro, un complejo arquitectónico integrado por un mercado, un polideportivo y una biblioteca. Después de un sinnúmero de retrasos, el mercado ha logrado por fin reabrir sus puertas. El polideportivo se encuentra ya en proceso de licitación. La biblioteca, sin embargo, aparece sumida en el más oscuro de los enigmas. Nadie ha dicho ni una sola palabra sobre cuándo entrará en funcionamiento. Cuándo sus vacías estanterías se llenarán de libros, de discos, de revistas, de películas. Y, sin embargo, esta biblioteca vacía, esta osamenta de cristal que cabe esperar que algún día no muy lejano cobre vida, es en sí misma un triunfo, una victoria ciudadana contra los especuladores. Sobre estos mismos cimientos, el Ayuntamiento pretendió levantar un bloque de viviendas de lujo. El colegio público al que iban a adosar esos muros opulentos se sublevó. Los padres, profesores y alumnos del ‘Isabel la Católica’ iniciaron una batalla desigual para exigir la construcción de una biblioteca pública, de la que carecía el barrio. La crisis de la construcción vino inesperadamente en su ayuda y el equipo municipal se vio obligado a renunciar a sus deseos. Por una vez el libro pudo más que su poderoso adversario. Por una vez el conocimiento no sucumbió ante la arrogancia y el dinero. La fisonomía de las bibliotecas públicas ha ido cambiado al ritmo de las necesidades de sus usuarios. Sus mesas de lectura siguen ocupadas por estudiantes que preparan exámenes; por opositores que luchan a brazo partido contra áridos temarios; por curiosos que rehúyen, forzados o por convencimiento, la noción de propiedad que ofrecen las librerías y los quioscos. Al igual que sucede con los cafés, las bibliotecas se han ido despoblando poco a poco de lectores de libros de papel y se han colonizado con pantallas digitales. Más que la hemeroteca, más que la sección de discos o la de películas, las de ordenadores suelen ser las salas más demandadas. El libro electrónico ha sido el último en llegar a escena. En colaboración con las comunidades autónomas, el Ministerio de Educación, Cultura y no sé qué acaba de poner en marcha una interesante iniciativa que desmiente la imposibilidad de llevar a buen término proyectos conjuntos. E-Biblio, la nueva plataforma de préstamo de libros electrónicos a través de Internet, permite una lectura gratuita y legal en los nuevos soportes. Hace ya tiempo que, desde la comodidad de casa, podía rebuscarse entre los fondos de las bibliotecas públicas y evitarse un viaje en balde si el libro deseado no estaba disponible. A partir de ahora ni siquiera será necesario desplazarse para conseguirlo, porque podrá descargarse en la tableta o en el ordenador. La oferta es todavía más que modesta. En el de Madrid, su escaparate virtual exhibe, entre otras posibilidades, dos novelas del flamante Premio Nobel, Patrick Modiano, Trilogía de la ocupación y La hierba de las noches. Uno de estos días, el 24 de octubre, se celebra el Día de la Biblioteca. Anímese a celebrarlo. Si todavía no tiene su carné de lector, hágase con uno. No le costará nada y acaso lo agradezca toda la vida.

 

 

Publicado en Escuela, 16 octubre 2014

 

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