Juan Ramón: vida y palabra

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Juan Ramón Jiménez fue un escritor infatigable que dedicó su vida entera a lo que con enfática mayúscula denominaba su Obra. Sin desmayo, sometió a una criba implacable su inmensa producción literaria, de la que solo una mínima parte vería la luz. En una entrevista concedida en 1921, cuando contaba cuarenta años, confesó ante el periodista de turno que, si quisiera, podría publicar un libro al mes. Después de tranquilizarlo con que no era esa su voluntad, le habló de su método de trabajo, consistente en dejar reposar el libro recién escrito, volver a él al cabo del tiempo, depurarlo, cambiarlo de estante y de ahí, tras una nueva revisión, depositarlo en otra balda, a la espera de darlo a la imprenta “reducido a la décima parte de lo que fue”. Su obra, en verso y en prosa, fue esa perpetua reescritura. En el texto con que se cierra ese volumen de caricaturas líricas que es Españoles de tres mundos, y que ha llegado a nosotros en la reconstrucción de Ricardo Gullón, Juan Ramón asume esa rareza que lo llevaba a arrepentirse de todo lo suyo y a –con esa grafía que los procesadores de texto se apresuran ahora a enmendar- “correjirse”, y reconoce no dejar “en paz a mis poemas ni a los lectores de mis poemas, que deben tener una paciencia a prueba de bomba”.

En 1923, y de una forma más clara en 1928, Juan Ramón formuló su deseo de escribir algo parecido a un proyecto autobiográfico. Una idea que solo empezaría a materializarse tras la guerra civil, en la soledad de un exilio que lo llevaría a Estados Unidos, a Cuba y, finalmente, a Puerto Rico, donde fallecería en 1958, a los 77 años, dos después de haber visto morir de cáncer a su mujer, Zenobia Camprubí, y de haber obtenido el Premio Nobel de Literatura. A su muerte, ese proyecto que fue escribiendo de forma fragmentaria en cuanto papel caía en sus manos, y para el que barajó hasta una veintena de títulos posibles, quedaría inconcluso y desperdigado en un sinfín de páginas que, solo con la extremada paciencia de Mercedes Juliá y Mª Ángeles Sanz Manzano, se ha logrado reunir, transcribir y recomponer en este volumen, Vida (Pre-textos), recién llegado a las librerías.

Las efemérides hacen volver la mirada hacia un autor determinado, y en este año del centenario de Platero y yo acaban de ver nuevamente la luz, recopiladas en Por obra del instante (Fundación José Manuel Lara), un libro al cuidado de Soledad González Ródenas, algo menos de un centenar de entrevistas e impresiones nacidas al calor del poeta moguereño. Si son buenas, las conversaciones llevadas al papel procurarán un perfil reconocible. Si además se leen de manera diacrónica, como calas sucesivas en el tiempo, permitirán asistir al ciclo vital del entrevistado. Los diálogos más tempranos devuelven a un inagotable Juan Ramón Jiménez que compite consigo mismo en manías, como las de rodearse obligatoriamente de un silencio sepulcral para trabajar, vivir en las proximidades de alguna clínica o casa de socorro adonde acudir a cualquier hora del día o de la noche urgido por su hipocondría o la aversión que mantendrá a lo largo de su vida hacia sus dos primeros libros, Ninfeas y Almas de violeta, publicados con apenas 19 años, y que lo llevará a no desaprovechar ocasión alguna de poner sobre aviso a sus interlocutores, para que, si acaso algún ejemplar cayera en sus manos, no dejaran de remitírselo a fin de hacerlo desaparecer para siempre. Asoma también el exacto calibrador de la buena poesía y, con el tiempo, el desencantado que seguirá dando su apoyo a la República, y cuya derrota lo mantendrá en un exilio del que no regresará en vida.

Los cronistas de aquel primer Juan Ramón, al describir su espacio de trabajo, reparaban siempre en el retrato juvenil pintado por Joaquín Sorolla, en el que el poeta aparece con un ejemplar de Arias tristes en la mano. En las entrevistas de la vejez, blanca ya aquella barba negra, reaparecerá ese cuadro acompañando a un escritor arrebatado por la enfermedad y la depresión, cuando su vida no era ya “más que desaliento”. Piensa uno en ese último Juan Ramón Jiménez mientras el abrecartas se hunde en los pliegues de una primera edición intonsa de Juan Ramón de viva voz, el registro notarial de Juan Guerrero Ruiz aparecido en 1960, tras la muerte de los dos amigos, y vuelven a sonar a nuevas las impresiones de aquel primer encuentro, el 27 de mayo de 1913: “Acabo de pasar cerca de dos horas escuchando la dulce palabra del poeta más espiritual de España, me atrevería a decir del universo

 

Publicado en Escuela, 5 junio 2014

 

 

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