Poses de escritor

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Reencarnado en un soporte publicitario, al pasajero distraído se le aparece como una revelación inopinada un Miguel de Unamuno ajeno al trajín de los convoyes del metro, indiferente a las aglomeraciones matutinas que convierten los andenes madrileños en franquicias del suburbano japonés. ¿Qué significa esa imagen de don Miguel leyendo recostado sobre la almohada de la cama, los lentes redondos sobre la colcha, a mano un par de libros y quizá un periódico asomando bajo ellos? ¿Qué anuncia Unamuno? ¿Alguna marca selecta de trajes de caballero? ¿Un modelo de cama? ¿Una nueva campaña de promoción de la lectura? ¿Su presencia en la colección ‘Españoles eminentes’ de la Fundación March?

El día de 1934 en que se dejó retratar así por el fotógrafo salmantino Cándido Ansede no es fácil que imaginara que, andando el tiempo, más allá de las páginas de los diarios, de las revistas o de las portadas de los libros que su persona mereciera, esa imagen luciría junto a promociones de acristalamiento térmico o promesas de viajes otoñales. Cuando el usuario del metro logra reponerse de esa visión, repara en que la estampa es el reclamo de una muestra, El rostro de las letras, que diversas instancias oficiales han organizado en el marco del tercer centenario de la Real Academia Española. Luego, en la sala de exposiciones de la Consejería de Educación y Cultura, Unamuno comparece rodeado por su generosa prole, como en una de esas fotos para la tarjeta de familia numerosa. O ensimismado ante la planicie de Castilla. O vituperado por las hordas falangistas poco después de enfrentarse en la Universidad de Salamanca al cerrilismo de Millán Astray. No muy lejos, atrincherado en compañía de un mastín en un rincón del patio o, un poco más allá, custodiado por una pareja de tintinescos policías que bien pudieran llamarse Hernández y Fernández, surge un Galdós setentón en la inquietante compañía de los hermanos Álvarez Quintero. Un poco más allá, un Valle-Inclán de florida barba blanca lee El Noticiero en un diván encajado entre estanterías con libros, o posa de perfil para alguna futura portada de Francisco Umbral: la manga de la americana, fofa; la mano derecha apoyada sobre el libro dispuesto sobre sus piernas cruzadas. Para no desmentir la pasión lectora de los escritores españoles, Pío Baroja se fotografía igualmente con algo que llevarse a los ojos, pero también durante una de las representaciones teatrales de ‘El mirlo blanco’ que se organizaban en la casa familiar, o en uno de sus paseos por el parque del Retiro.

La muestra es un repaso por el quién es quién de la literatura española de todo un siglo, el que va de la aparición del daguerrotipo en 1839 a los estertores de la generación de 1914. Aquí, José Ortega y Gasset se complace en imitar la célebre foto de Balzac con la mano en el pecho. Allí, regresado del exilio, pronuncia con ímpetu una conferencia que acaso más tarde parodiará Luis Martín Santos. Juan Guerrero Ruiz fotografía impecablemente a Juan Ramón Jiménez. Maquillado para simular una falsa negritud, Ramón Gómez de la Serna se dispone a dar una charla sobre el jazz, habla sobre el circo subido en un trapecio o escribe frente al espejo en su rincón de la botillería Pombo. Excusado Mariano José de Larra por haber apretado el gatillo de su pistola un poco antes de que irrumpiera el arte de la fotografía, en esta cita no falta ninguno de los que han lograr dejar huella en la literatura peninsular. Están la Rosalía de Castro cuya efigie alguien manipulará más tarde para dotarle de una decisión de la que el retrato original carece, y un Gustavo Adolfo Bécquer que en nada recuerda al que en un lienzo inmortalizó su hermano Valeriano. No falta un Azorín ataviado con una lujosa capa negra; o el Manuel Machado que se retrata el 26 de abril de 1931 junto al compositor Óscar Esplá como autores del himno de la II República, encargado para sustituir al de Riego. Tampoco, claro está, el Antonio Machado que Alfonso captó un 8 de mayo de 1934 en el Café de las Salesas.

La exposición es un amplio recuento de los literatos de ese tiempo, de los que han quedado en las letras mayúsculas y de muchos que han llegado a nosotros convertidos en anotaciones a pie de página, en modelos de personajes inolvidables o como materia prima de ese mundo desastrado que Cansinos Assens llevó a La novela de un literato. Seres que, cuando abandonaban su pose de escritor, buscaban la gloria en la página en blanco, y que hoy se nos aparecen en esa “eternidad vulnerable de las fotografías” de la que habló Lorca.

 

Publicado en Escuela, 9 octubre 2014

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