Tinta en la piel

tatuaje

Buscando alguna pista que permitiera la identificación de un cadáver que desde su omóplato tatuado proclamaba su voluntad de revolucionar el infierno, Pepe Carvalho acude a una de las viviendas encaramadas sobre los soportales de la Plaza Real de Barcelona. Allí se reúne con un viejecillo que pronto le confesará su tristeza ante la falta de continuidad en el oficio de rotular la piel humana. Don Evaristo Tourón le explica al investigador privado que los últimos tatuados habían sido marinos y gente de mal vivir: “Marinos ya no quedan, por lo menos como los de antes. Y las gentes de mal vivir han dejado de tatuarse para evitar las señas de identificación”.

Vázquez Montalbán publicó Tatuaje en noviembre de 1974, y desde el mismo título vindicaba no solo una extraordinaria copla, sino un género entero amenazado de muerte por la irrupción de estridentes acordes juveniles. El pop y el rock arrumbaban en un desván polvoriento las viejas tonadillas que habían señoreado la inacabable posguerra. En las páginas de la revista Triunfo, y luego en las de Crónica sentimental de España, el libro nacido al calor de aquellos reportajes, Montalbán fue el primero en hacer recuento de unas canciones que contribuyeron a sobrellevar un tiempo de terror, miseria, fanatismo y corrupción, como fue el del franquismo. Una labor reparatoria que proseguirían el Basilio Martín Patino de Canciones para después de una guerra (1971) o el José-Miguel Ullán que en 1985 tituló su camaleónico programa de televisión de una manera emblemática, Tatuaje.

Tatuaje, la canción, tiene visos de ser imperecedera. En la grabación de Conchita Piquer de 1941 se antoja igual de fresca que en el pop intimista de una veinteañera María Rodés. La cantante barcelonesa la ha grabado más de setenta años después de que Manuel López Quiroga pusiera música a la letra escrita por Rafael de León y Xandro Valerio, pseudónimo de Alejandro Rodríguez Gómez. Nacido en la clase alta sevillana, amigo de Federico García Lorca y aficionado a la bohemia, Rafael de León y Arias de Saavedra, marqués del Valle de la Reina y conde de Gómara, había escapado a una muerte probable tras ser encarcelado por los republicanos en la Barcelona de la guerra civil. Pese al malestar familiar, se ganaría la vida escribiendo canciones, miles de canciones a las que Quiroga, otro sevillano, pondría música. Los tres compondrían una copla inolvidable, que no solo entrañaba un acto de subversión frente a la represora moral franquista, sino que, según algún investigador, pudo servir también a modo de ritual clandestino de duelo ante la desaparición forzada del novio o el marido en la guerra reciente.

Cuando Vázquez Montalbán escribe su novela está haciendo memoria asimismo de otra práctica en extinción, reservada casi en exclusiva a marineros, viejos legionarios y otras vidas al margen. Ullán, que fracasa en el intento de que una octogenaria Concha Piquer grabe la canción para su programa, habla sobre el tatuaje con personajes como Severo Sarduy, Antonio Saura, Eduardo Arroyo, Antoni Tàpies o Ramón Chao, ninguno de los cuales, sin embargo, había incurrido en la osadía de pigmentar su piel.

Símbolo tribal, estigma con el que se castigaba a los esclavos en Roma, a las prostitutas en la vieja Francia o a los criminales en Japón, los tatoo fueron redescubiertos por los occidentales en el siglo XVII, durante las expediciones del capital Cook a la Polinesia. En el XIX el ejército, las cárceles y los circos ambulantes fueron en los Estados Unidos los escenarios en los que el tatuaje encontró un hábitat propicio. De ser una práctica extravagante, nuestros días han hecho de él algo común, una moda, un objeto de consumo con el que personalizar un cuerpo, sin la obligación ya de arrostrar esa marca hasta donde alcance la vida. Las temperaturas cálidas son su gran escaparate. Unas ropas cada vez más escuetas favorecen su exhibición. La de tatuador parece ahora una profesión próspera. Ullán no tendría hoy dificultad para encontrar artistas tatuados que llevar a un programa como aquel. Carvalho y Vázquez Montalbán, en cambio, puede que se toparan con más problemas a la hora de discernir, entre una infinita legión de tatuados, a quien parecía lucir un poema de Milton que no lo era. En la voz de Concha Piquer, de María Rodés o de tantas otras, Tatuaje sigue contándonos la historia de una mujer doloridamente enamorada. Me acuerdo de ella cuando alguno de los muchos tatuajes vistos a cada paso logra estremecerme, y no siempre de gozo.

 

Publicado en Escuela

 

.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s