Puro Javier Marías

 

 

javier marias

Al terminar la lectura de Así empieza lo malo, no pude resistirme a la tentación de comprobar en qué otra narración Javier Marías había relatado el despreciable comportamiento cuya mera sospecha desencadena la acción de su nueva novela. Una por una hojeé el millar y medio de páginas que componen Tu rostro mañana e intenté hallarlo entre los parlamentos que Juan Deza, el padre del narrador y trasunto de Julián Marías, padre del autor, dedica a algunos hechos relacionados con la guerra civil. Nada encontré ahí. Solo la referencia proporcionada por el novelista en alguna reciente aparición en la prensa me evitó el seguir rastreando el resto de su producción literaria y me encaminó sin más rodeos hasta uno de los cuentos que componen Cuando fui mortal, el que le da título.En la nota previa de ese libro, aparecido en 1996, Marías defiende la naturaleza del encargo a la hora de escribir y desgrana las limitaciones que le acompañaron en la elaboración de casi todos esos relatos. A veces, las restricciones implicaban tener que ajustarse a un tema específico o a un determinado número de páginas, y en solo dos de ellos sintió luego la necesidad de ampliarlos hasta alcanzar las dimensiones que esas historias necesitaban. Del cuento de fantasmas que es ‘Cuando fui mortal’ no especifica otra cosa que la fecha del suplemento de El País en el que el texto había aparecido tres años antes. En esas líneas, en efecto, surgía el nombre del doctor Arranz, que en Así empieza lo malo queda asociado al mismo vil comportamiento que su colega Jorge Van Vechten.

En la novela se entrecruzan dos líneas narrativas. En una, un director de cine ínfimo, que en lo físico recuerda a un Juan Benet con parche ocular y en lo profesional a Jesús Franco, responsable de varios centenares de películas de escaso presupuesto y rodadas bajo el más inverosímil repertorio de pseudónimos, encarga al narrador, un joven que acaba de concluir sus estudios universitarios y que entra a trabajar en su casa como secretario o ayudante, que investigue el grado de veracidad que pueda haber en un rumor que sobre su amigo el doctor Van Vechten ha llegado hasta sus oídos. En la otra, aflora la degradante relación que el cineasta mantiene con su mujer, a la que nunca perdonará la confesión de una mentira que lastrará hasta el final su vida en común.

Cuando ya ha entrado en la madurez de la cincuentena, el narrador, Juan de Vere, recuerda ese tiempo de treinta años atrás, en una España que apenas empezaba a salir de una sanguinaria dictadura, que aún carecía de divorcio y que asistía a una rápida reconversión ideológica de muchos que no habían mostrado grandes remilgos en las cuatro décadas anteriores. “Casi todo tiene aún que ver con la Guerra, Juan, de un modo u otro”, le dice Eduardo Muriel, el cineasta, a su joven secretario, y añade: “Ojalá llegara a ver el día en que eso ya no fuera así, me temo que no lo veré. Ni siquiera creo que lo vayas a ver tú, con tus muchos años menos”. Más de tres décadas después de ese 1980 en que se sitúa la acción, muchas cosas siguen orbitando todavía sobre una guerra civil cuyas secuelas perviven en forma de cadáveres enterrados en cunetas o fosas comunes, o de recelos hacia quienes, por ejemplo, escribieron al abrigo de esos tiempos. En una novela en la que, como acostumbra, Marías otorga unas veces papeles de alguna enjundia y otras meras menciones a amigos y conocidos –el profesor Francisco Rico, el médico José Manuel Vidal, el abogado Juan Mollá, el editor Manuel Arroyo…-, al lector le escamotea los nombres, pese a ser algunos de ellos muy evidentes, de aquel novelista, ese profesor universitario, un historiador o ese otro pintor que no dudaron en mudar una antigua adhesión franquista.

Eduardo Muriel pondrá freno a la encomienda depositada en su joven ayudante y dejará a un lado el encuentro con la verdad, para no poner fin a una relación de amistad. En cambio, se mostrará incapaz de perdonar a su mujer por una ocultación revelada cuando ya era tarde. Javier Marías vuelve de nuevo la mirada hacia los comportamientos individuales durante la inacabable posguerra. Pero ahora también sobre esos años primeros de una Transición que relegó los agravios. “Las secuelas de saber y descubrir son el auténtico argumento central de sus novelas”, ha escrito de él Jordi Gracia. Una prosa reflexiva, el secreto, la ruindad de quien se aprovecha de los desfavorecidos, el genio de Shakespeare, Francisco Rico… Así empieza lo malo es puro Javier Marías.

 

Publicado en Escuela, 23 octubre 2014

 

 

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