Agravios y sentimientos

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Suena un acordeón, los actores se acercan hasta la embocadura del escenario a saludar al público y segundos después vuelven a cobrar vida unos personajes concebidos casi cuatrocientos años atrás, para una obra que constituyó un auténtico éxito tras su estreno palaciego en 1637 y de la que no tardarían en hacerse versiones en francés y en inglés, antes de que su rastro se perdiera para no reaparecer sino en los albores del siglo XX, Donde hay agravios no hay celos habría de volver a las tablas en 1911, y un año después adoptaría las formas de la zarzuela. Del mismo modo que había dormido el largo sueño de los siglos, esta comedia de capa y espada escrita por Francisco de Rojas Zorrilla volvió a caer en el olvido hasta que en 2004 experimentó una llamativa recuperación que ha dado lugar a tres o cuatro versiones, incluida la que esta noche se representa en el Teatro Pavón, de Madrid, y que se desarrolla en torno a una escenografía semicircular de tablones raídos que simboliza la casa solariega a la que en mitad de la noche llegan don Juan de Alvarado y Sancho.

Recién llegado de los tercios de Flandes, Don Juan acude a Madrid para atender el amistoso requerimiento del amo de la casa, don Fernando de Rojas, de que contraiga matrimonio con su hija, doña Inés. La sospecha de algún comportamiento indecoroso por parte de la prometida, a la que por error el criado ha enviado no el retrato de don Juan, sino el suyo propio, arraiga de inmediato en el corazón del galán. Apoderado por los celos, el soldado recién licenciado habrá de hacer frente a un triple designio: al tiempo que trata de saber si su prometida atiende a otros amores, habrá de buscar al culpable de la muerte violenta de su hermano y al causante de la deshonra de su hermana, tres acciones en las que orbita la figura de don Lope de Rojas. Para intentar desentrañar mejor la verdad, galán y criado intercambiarán sus papeles. De golpe, Sancho se verá imbuido de la autoridad de su señor, pero, incapaz de deshacerse de sus bajos modales, de su hablar menesteroso y de su glotonería, dará lugar a un sinfín de situaciones cómicas que tienen mucho de un vodevil que, con sus entradas y salidas, sus equívocos y su final feliz, habría de tardar aún en llegar a la historia del teatro. Lo mismo que ese acordeón que tan espléndidamente acompaña las distintas peripecias de la obra, pero que no sería inventado sino casi dos siglos después de que Rojas Zorrilla crease a esos personajes que dilucidan con un duelo de espadas los conflictos desatados en torno a la honra. Las dos mujeres principales, doña Inés, la hija casadera de don Fernando, y doña Ana de Alvarado, la hermana burlada, cuentan con dos actrices, Clara Sanchis y Natalia Millán, a la altura de sus necesidades interpretativas. La directora, Helena Pimenta, ha sabido acometer son solvencia esta comedia de perdones y búsqueda de segundas oportunidades, una tarea que, pese a ello, no consigue igualar los altísimos logros alcanzados en este mismo escenario con el fascinante montaje de La vida es sueño que protagonizó Blanca Portillo.

Cuando se estrenó Donde hay agravios no hay celos, Francisco de Rojas Zorrilla, que había nacido en Toledo en 1607, estaba en su plenitud. Tenía treinta años y era un autor reputado que contaba en su haber con un nutrido número de piezas estrenadas en el entorno palaciego de Felipe IV y al que no le quedarían más que otros diez años de vida. Por entonces acababa de morir Lope de Vega, a quien él admiraba, igual que el resto de autores emergentes que, como Calderón de la Barca, Antonio Coello o Agustín Moreto, habían formado parte de la promoción conocida como los ‘pájaros nuevos’, y eso a pesar de que el Fénix de los Ingenios había embestido por escrito contra ellos. No obstante el tiempo trascurrido desde entonces, Helena Pimenta sostiene que las circunstancias que se dan en la obra –“mujeres ofendidas, hombres que agravian, asesinatos sin descubrir, culpas, ocultaciones y un hombre que intenta hacerse cargo de todo ello para que el orgullo de la familia no se vea vejado”- siguen sucediéndose en este momento en nuestra sociedad. De su lectura de la obra, Pimenta señala que a menudo nos vemos agraviados por un exceso de seriedad y que, al tiempo, esos mismos agravios “bloquean e impiden los sentimientos, y esto en un sentido es muy trágico, pero también es muy cómico”. De modo que casi trescientos años después, lo trágico y lo cómico siguen dándose la mano. Se diría que no tenemos remedio.

Publicado en Escuela, 11 diciembre 2014

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