La verdad literaria

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La de Epiménides se conoce como la paradoja del mentiroso. A este filósofo y poeta que vivió en la Grecia del siglo VI a.c. la tradición le ha atribuido una de esas sentencias que sirven para hacer pensar. La frase dice así: “Todos los cretenses son unos mentirosos”. Epiménides nació en Cnosos. Era cretense. ¿Mentía al decir que todos los cretenses eran unos mentirosos? A Luis Landero, que no vino al mundo en Creta, sino en Alburquerque (Badajoz), lo ha acompañado desde pequeño una leyenda de mentiroso alimentada desde su propia familia. “¡Qué mentiroso es este niño!”, le espetaban siempre los suyos, mucho antes de que se abismara en ese pozo de embustes que parecen verdad y de verdades enmascaradas en la fabulación que es siempre la buena literatura, y a la que Landero se entregó primero como lector tardío, y luego como profesor y novelista.

“¿Desde cuándo lo vivido, en literatura, es garantía de la verdad?”. Es la cuestión que se formula al comienzo de El balcón en invierno. Sabedor de esa fama arrastrada desde antiguo, nada más iniciar esta suerte de memorias de infancia y juventud se pregunta Landero si el carácter imaginario del recuerdo y su propia afición a la inventiva y al embuste no lo llevarán “fatalmente hacia el derrotero de las patrañas novelescas”. Si hemos de creer a ese narrador en primera persona, Landero habría hecho acopio de los elementos necesarios para arrancar otra novela. Un texto cuyo protagonista, un hombrecillo gris, un jubilado, guarda en el bolsillo, junto a unas monedas para limosnas, una pistola. Las dudas que hacen ronda por la literatura lo asaltaron de improviso. Y en vez de disiparlas, sucumbió ante ellas. El texto que nacía entre vacilaciones quedó aparcado, y en su lugar el escritor se propuso otro en el que alentase más la vida. Al asomarse al balcón desde el que otea el bullir del barrio, Landero abre las compuertas del recuerdo y por ellas retorna un anochecer del verano de 1964.

Su madre y él han salido al balcón en busca del frescor de la calle. Su madre tiene cuarenta y siete años y él dieciséis. El padre ha muerto hace poco. La moviola gira hacia el barrio de Prosperidad, entonces en los confines de un Madrid que crecía deprisa con remesas de familias emigradas, como la del propio Landero. Él es un muchacho que flojea en los estudios, que sabe ya lo que es trabajar como recadero en unos ultramarinos, ejercer de aprendiz de mecánico en un taller o ver pasar los días en una oficina. Destinos todos ellos muy por debajo de las elevadas aspiraciones que el padre, un labriego extremeño propietario de tierras, tenía para un hijo llamado a hacerse abogado y ser uno más entre los ricachos del pueblo. Ese anhelo emponzoñará la relación y, solo tras la muerte del progenitor, el hijo encauzará el rumbo y se acercará, no al Derecho, sino al estudio de la literatura, sin por ello dejar de probar fortuna como guitarrista flamenco.

Zigzagueando en un tiempo narrativo que va y viene, Landero evoca la imagen de esos descendientes de hojalateros ambulantes, sus vidas en un campo al que aún no había llegado el agua corriente, su traslado a una ciudad en la que la madre y las hermanas se afanan por mover la tricotosa en su taller de punto, y donde el padre, amargado por la enfermedad y sin deseos de trabajar, solo sabe infundir miedo. Y es también el recuento de cómo un muchacho nacido en una casa en la que no había más que un libro se adentra en el mundo de la literatura y de la escritura.

“¿Por qué te ha dado últimamente por preguntar tanto?”, le inquiere la madre al narrador. Cuando este le recuerda que está escribiendo un libro sobre la familia, ella no tarda en recordarle su fama: “Con lo mentiroso que has sido siempre, habrá que ver lo que cuentas ahí”. “No, esta vez no hay mentiras”, le tranquiliza el hijo. “Es un libro donde todo lo que se dice es verdad”. Con él en las librerías, el escritor emprende la tarea de darlo a conocer. Acude a un programa de radio. Lee las primeras frases del libro y en seguida matiza que están escritas por un narrador llamado Luis Landero, que en un momento de crisis dejó a un lado una novela para escribir otra, la novela de su propia vida. ¿Es lo vivido garantía de verdad literaria?, se preguntaba ese mismo narrador. Si cualquier relato supone invención, ¿dónde queda la verdad? ¿En la mentira de la ficción o en la problemática reconstrucción de lo recordado? También la verdad se inventa. Como la frase de Epiménides, el verso de Machado da que pensar.

 

Publicado en Escuela, 4 noviembre 2014

 

 

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