Cartas de otros tiempos

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La carta de Mijaíl Bulgákov es estremecedora. En julio de 1929 el autor de El maestro y Margarita, una novela que solo vería la luz veintiséis años después de su muerte, dirige una ‘solicitud’ a Stalin en la que hace un recuento de las obras teatrales, los relatos, los ensayos o las novelas que las autoridades soviéticas le han prohibido. El escritor informa al secretario general del Comité Central del Partido Comunista de cómo sus obras han sido recibidas con críticas más que desfavorables, le han sido sustraídas otras o le han arrebatado sus derechos de autor en el extranjero. Exhausto al cabo de una década de vejaciones, Bulgákov le transmite que carece ya de ánimo para vivir acorralado por más tiempo. Las últimas líneas producen escalofríos: “Llevado hasta la depresión nerviosa, me dirijo a Usted y le pido que interceda ante el gobierno de la URSS para que se me expulse de la URSS”.

En junio de 1879 el diácono Charles Lutwidge Dodgson le advierte a la señora Henderson que la admiración que él siente por los pies de las chiquillas no debería llevarle a pensar que quisiese fotografiar descalza a su hija, Annie. Con una candidez de la que hoy no haría gala ni el pedófilo más ingenuo, Lewis Carroll le hace ver a su corresponsal que, cuando conoce bien a las niñas y las madres lo permiten, está encantado de “fotografiarlas en cualquier grado de desnudez que sea presentable, o incluso totalmente desnudas (que es un estado más presentable que muchas formas de semidesnudez”. Y aunque descarta a Annie para ese propósito, el autor de Alicia en el país de las maravillas le anuncia que, si Henderson conoce a alguna de esas “niñas de la Naturaleza”, estaría encantado de saber de ellas.

Desde los estudios de Metro Goldwyn Mayer en California, en donde trabajó como guionista a finales de los treinta, Francis Scott Fitzgerald ajusta cuentas con su hija. El autor de El gran Gatsby le pone a Scottie al tanto del error que cometió casándose con su madre, Zelda, sobre la que deja caer dolidas acusaciones. Fitzgerald le advierte que sus días como ‘reformador’ han concluido y le recuerda que ella siempre ha sabido rodearse de compañeros que le convencían de lo importante que era, por mucho que la suma de sus méritos fuera cero. Pese a todas las recriminaciones, promete ir a buscarla al Este cuando llegue su barco y le asegura que la quiere, aunque ya solo le interesen aquellas personas que piensan y trabajan como él. “¿Me harás el favor de leerte esta carta una segunda vez?”, le reclama.

En una carta cabe de todo. La petición de paz que Gandhi le hace a Hitler en diciembre de 1940. El repudio de la amistad que había unido a Benjamin Franklin y al parlamentario inglés William Strahan. El ruego de Felipe II al emperador chino Wanli, enviado sin traducción y que nunca llegó a su destinatario. La delación en la Francia ocupada por los nazis contra algún vecino que había engordado un enorme cerdo, que poseía sacos de harina o que había vendido una carretilla de patatas. El aviso de Calamity Jane a su hija sobre las mentiras que habrá de oír sobre ella. La descripción de Hiroshima tras el horror de la bomba atómica. O el ofrecimiento de Elvis Presley a Richard Nixon para hacer por el país todo lo que estuviera en su mano.

Novelista, ensayista y dietarista, Valentí Puig ha reunido una cincuentena de misivas como esas en A la carta. Cuando la correspondencia era un arte (Elba). Organizada sin otro orden que el alfabético, Puig admite haber seleccionado esta antología, “tal vez excéntrica y sin propósito de enmienda”, ajustándose nada más que a su capricho personal. Arrumbados el papel, el sobre y el franqueo, y cuando las comunicaciones apenas tardan unas décimas de segundo en llegar a sus destinatarios, la carta es una reliquia del pasado. Un género periclitado capaz de acuñar joyas como la epístola, recogida por Puig, en la que un futuro presidente de Estados Unidos, Abraham Lincoln, se dirige al maestro de su hijo: “(…) Enséñele que para cada enemigo habrá también un amigo. Tomará tiempo, sé que mucho tiempo, pero enséñele, si puede, que vale más una moneda ganada que cinco encontradas. Enséñele a perder… Y también a disfrutar de la victoria. Apártelo de la envidia y enséñele, si puede, la dicha de la sonrisa silenciosa. (…) Ya sé que le estoy pidiendo mucho, pero vea lo que puede hacer. Es un chico tan extraordinario, mi hijo…”

Ciertamente, la carta es de un humanismo entrañable. Lástima que no sea auténtica y que nunca saliera de la pluma de Lincoln.

Publicado en Escuela, 18 diciembre 2014

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