Maneras de perder el control

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Puede suceder que acudamos al cine porque antes nos ha interesado la trayectoria de un director que estrena una nueva película. O porque confiamos en el trabajo interpretativo de un actor o de una actriz. O porque la campaña de promoción ha logrado cautivar nuestra atención. O porque nos la ha recomendado alguien cuyos gustos respetamos. O, en fin, porque la crítica leída distraídamente en el periódico no ha logrado desanimarnos de pagar una entrada cuyos impuestos contribuirán a pagar el déficit público de varios países mediterráneos juntos. Otras veces las supuestas bondades de una película vienen avaladas por algún premio, uno de esos de relieve universal y a cuyo influjo casi nadie es inmune, o de aquellos otros, modestos y locales, que si se mantienen es gracias al esfuerzo de unos pocos cinéfilos y al apoyo de un Ayuntamiento que les da nombre a cambio de algo de proyección. Pocas veces vamos sin saber nada de la película, sin conocer quién la ha dirigido, sin haber visto un anuncio en la prensa o un spot en la televisión, sin que nadie nos haya dicho que no nos volvería a hablar si nos la perdíamos, sin antes haber leído un comentario crítico en las páginas culturales de los viernes. O sin siquiera conocer si ha merecido algún premio o no. Y el otro día, en cambio, sucedió. Bueno, casi.

  • ¿Podíamos ir a ver Relatos salvajes?
  • Bueno
  • Es una película argentina en la que trabajan Ricardo Darín y Leonardo Sbaraglia.
  • Vale.

Eso era todo lo que sabía antes de ponerme ante el ordenador a comprar las entradas. Ni siquiera tuve que escuchar el comentario irónico de una adolescente algo aficionada: “Qué raro. ¿Una película argentina en la que trabaja Ricardo Darín?”.

De modo que esa era toda la información de que disponía sobre la película cuando acabó la interminable ración de publicidad con la que los cines intentan paliar el castigo del Gobierno. Entonces, en la pantalla, una mujer joven que se dispone a ocupar su asiento en el avión charla con un crítico musical sentado al otro lado del pasillo. En la conversación aparece en seguida un conocido de ambos: alguien que pronto se va a hacer presente de una forma que justifica sobradamente el título de la película.

Ninguno de los relatos que componen los 122 minutos de la cinta desmerece el adjetivo. Son eso, seis relatos salvajes. Seis cuentos independientes unidos tanto por la desmesura como por un humor que describe a la perfección la naturaleza humana cuando esta se sale del quicio que la asegura y que la hace aparecer ordenada y cabal. En todos ellos hay alguien que reacciona de una manera algo más que excesiva ante las contrariedades y los infortunios de la vida. Unas veces esa reacción bebe del rencor, y otras de la venganza solidaria, la rivalidad desaforada, la burocracia o de esa infidelidad que hace bascular a unos contrayentes entre el rechazo mortífero y la consumación atropellada del deseo. Así, por ejemplo, alguien a quien el espectador no conoce pero del que poco a poco va obteniendo información trama una venganza contra quienes siente que lo han agraviado a lo largo de su vida. En otro, la desazón de un conductor importunado lo lleva a perder algo más que la razón. Y en un tercero, la lucha contra lo mucho que de irracional tiene la burocracia es recibida con una aclamación por los que ya están a buen recaudo y poco tienen que perder.

Solo después de ver pasar los títulos de crédito he sabido que esta comedia de humor negro con final feliz, y en la que intervienen Ricardo Darín y Leonardo Sbaraglia, está dirigida por Damián Szifron, concurrió sin éxito al Festival de Cannes, compite en los Óscar a mejor película extranjera, tiene entre sus productores a los hermanos Almodóvar y ha logrado convertirse en la película más taquillera en la historia del cine argentino. Con todo, cualquier éxito así se debate siempre entre dos puntos alejados. Para el escritor porteño Hernán Firpo, Relatos salvajes no es más que un cuentito de violencia confortable. El crítico español Carlos Boyero, sin embargo, la tiene como una más que interesante película y asegura que habría que ser un marciano para no identificarse con alguno de sus personajes.

No. No está mal ir al cine así, desprovisto de información y de prejuicios. Tampoco una lectura distraída del periódico deja de tener sus ventajas. Un día nos proponen ver una película de la que no sabemos nada, y resulta ser una sorpresa agradable.

 

Publicado en Escuela, 13 noviembre 2014

 

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