Humor o barbarie

portada charlie hebdo-web

Al igual que la vistosa presencia de mariposas permite considerar un terreno a salvo todavía de la degradación medioambiental, o como el canto del canario en su jaula tranquiliza sobre la ausencia del letal gas grisú en una mina de carbón, la fortaleza o la debilidad del humorismo revelan inequívocamente la salud democrática de una sociedad. Entre la práctica del humor y la pluralidad social existe una relación directa. Cuantas más cortapisas se establecen para la práctica pública del ingenio cómico, de menor libertad disfrutará una comunidad. El mejor humorismo es siempre una visión ácida, jocosa y crítica de la realidad, de nosotros mismos. Por eso todos los totalitarismos someten a un control estricto a quienes practican esa manera desenfadada de contar el mundo. De manera invariable, los integristas de cualquier signo tratan de imponer una sola forma de concebir la realidad. Más allá de su monolítico imaginario solo hay subversión, inmoralidad, desorden, que se les hace imprescindible impedir, reprimir y castigar.

Los límites son siempre difusos, imprecisos. Cada época se ha esforzado por trazar los lindes en los que una burla es tolerada o rechazada. Con sus viñetas, sus sketches, sus chistes, los humoristas tratan de empujar un poco más esos bordes. En tiempos totalitarios los mojones que determinan el fin de lo permitido son primarios, rudimentarios, toscos. En épocas de mayor libertad la frontera se sitúa en símbolos, en representaciones un poco más elaboradas. La tarea encomendada a los humoristas es derribar esos iconos reverenciados y tenidos hasta entonces por sagrados, y para ello no pueden sino violentar y bajar del pedestal las convenciones sociales, el gusto establecido, las normas tácitas.

En las sociedades más libres los humoristas enarbolan un derecho básico, el de la libertad de expresión, lo mismo que quienes escriben en soportes dirigidos a un gran público, se expresan mediante cualquier medio audiovisual o transforman su concepción de la existencia en una obra artística. Nunca la libertad absoluta está garantizada. Siempre habrá obstáculos que sortear y presiones a las que hacer frente, conflictos que en las sociedades democráticas dilucidan los tribunales de justicia con arreglo a la ley. Incluso en las más abiertas, la censura puede adoptar formas tan múltiples como enojosas que dificulten la posibilidad de formular una crítica, de divulgar una obra, de hacer llegar a los demás una idea a contracorriente. Al amparo de ideologías con vocación totalitaria, algunos añorantes de un régimen sanguinario han llevado no hace tanto ante la justicia al autor de una escultura que representa a un antiguo dictador español en el interior de una cámara frigorífica, y solo hace unos meses unos intransigentes recalcitrantes han pedido el cese del director de un museo español de arte contemporáneo por haber acogido en una exposición una pieza que iba en contra de sus sagrados principios.

La censura adopta otras veces la manera más brutal: la eliminación física de sus autores. La horrenda masacre cometida en París contra el equipo de la revista satírica Charlie Hebdo supone el veto más atroz que se pueda imaginar. Pero no es algo nuevo. Al abrigo de fanáticas creencias religiosas han sido asesinadas en las últimas décadas personas que, con nada más que un lápiz, una cámara de cine o una máquina de escribir, han tratado de hacer valer su derecho a expresarse libremente y a criticar lo que consideraban ridículo. Los dibujantes y redactores de Charlie Hebdo han sido ahora las últimas víctimas de un terrible choque de civilizaciones en el que cualquiera de nosotros puede verse arrollado, como ha sucedido con los policías acribillados, con los judíos tiroteados un día después en un supermercado kosher o con las miles de víctimas de incontables acciones terroristas de idéntico signo. Sea cual sea la creencia o la ideología a la que se acoja, el fanatismo siempre trata de imponer sus creencias desaforadas, su censura salvaje. En medio de una cortina de sangre, la portada de El Jueves, a su manera nuestro Charlie Hebdo, proclama lo evidente: “Armas del siglo XXI, cerebros medievales. Socorro”. Humor negro con el que afrontar la tragedia y seguir extendiendo un paso más allá la libertad de expresión. Humor contra barbarie. El nuevo número de Charlie Hebdo está ya en la calle. Tras el silencio amedrentador de la muerte, las mariposas han vuelto y el canario sigue piando.

Publicado en Escuela, 22 enero 2015

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