La silla de Genovés

genoves

Hace unas pocas semanas la Cineteca de Matadero estrenó un documental sobre Genovés, del que solo se programó un único pase, extraviado al final de un jueves. La sobreabundancia de propuestas culturales que se da en una ciudad como Madrid complica a menudo el poder acudir a todos los sitios a los que se quisiera. Por unas razones o por otras, no queda más remedio que dejar pasar la ocasión, y lamentarlo. Solo muy raramente esa oportunidad perdida retorna de improviso. Pero un día cualquiera, buscando refugio televisivo en algún canal tras la huída precipitada de otro, surge inesperadamente la figura de ese pintor octogenario que no aparenta la edad que ya tiene.

Producido por TVE, en Juan Genovés. 100×120. Encendido aparece un artista apasionado a sus 84 años por un oficio al que se entrega cada día desde mucho antes de que amanezca. En su taller de Aravaca, a las afueras de Madrid,  y ante uno de esos cuadros de diminutas manchas antropomorfas a las que cuida hasta el detalle, el pintor valenciano reivindica la pintura en horizontal como uno de los grandes descubrimientos artísticos del siglo XX y se deja llevar por la superstición de que el cuadro será mejor cuando adquiera su condición vertical. En estos lienzos últimos, la superficie se puebla de prominentes manchas de material acrílico, que en la media distancia semejan representaciones de individuos divisados desde muy lejos y desde algún lugar situado a gran altura. Son multitudes sometidas a caprichosos destinos. A veces parecen agruparse atraídas por algún reclamo desconocido. O se dividen en formaciones a un lado u otro de una banda invisible. O bien ocupan las franjas de lo que se diría un paso de cebra interminable.

Vistos desde muy cerca, sus minúsculos personajes son manchas multicolores con pequeñas cabezas brillantes y piernecillas que se prolongan en su sombra. En estas obras la figuración se reduce al mínimo, a un esquematismo que, de lejos, otorga al cuadro una cualidad abstracta de salpicaduras estratégicamente dispersas sobre un lienzo, que, pareciéndose mucho, resulta distinto a otro poblado por igual de seres menudos que avanzan hacia algo, que giran o que se ven envueltos en madejas de tonalidades variadas y que siempre ponen a prueba el sentido espacial y la composición del cuadro. Una reválida que se supera con éxito. Hubo una época en la que Genovés pintaba superficies urbanas deshabitadas, calles vacías sobre cuyo asfalto planeaban papeles blancos, acaso pasquines abandonados en alguna protesta. Ni siquiera entonces faltaban muchedumbres en otros de sus lienzos. Entre esas multitudes de ahora, o de esas otras que compartían los espacios desiertos de los ochenta, y las que Juan Genovés pintaba durante la dictadura, hay una clara continuidad estilística. Pero las muchedumbres son distintas. En sus cuadros más tempranos, la realidad política se cuela de una manera nítida en forma de seres caídos sobre un charco de sangre, de detenidos que se tambalean esposados por la policía, de armas con las que apalear a quienes piensen de una forma distinta o se atrevan a cruzar una raya real o imaginaria. En muchas de esas piezas de denuncia hay un origen fotográfico que ha llevado a los críticos a incluir a Genovés entre los representantes de una variante hispana del pop art. Una adscripción que, sin embargo, no le convence a todo un Antonio López.

A sus 84 años Juan Genovés es un ser sonriente que solo pierde la alegría cuando, tras contemplar su célebre cuadro de 1976 El abrazo, incluido en la exposición del Museo Thyssen ‘Mitos del pop’, se lamenta amargamente por que esa obra que tan bien simboliza un momento preciso de nuestra historia reciente pronto habría de volver sin remedio a los almacenes del Reina Sofía, para seguir cumpliendo una injusta condena a treinta años y un día de invisibilidad. No es la única queja. También protesta por el hecho de que, a diferencia de la música, de la literatura, del teatro, del cine, la pintura sea una expresión artística que casi siempre se aprecia de pie. Genovés, alguien que huye de la tentación de traducir un cuadro a palabras, sostiene que a la hora de contemplar una pintura debería resultar natural disponer de una silla frente a ella.

Ya que no en una sala de cine, al menos podemos asistir al pase en televisión de este documental sobre su obra desde la comodidad de un sofá o de una buena butaca. Pero nada más terminar de verlo empezaremos a echar de menos una silla desde la que poder contemplar a gusto sus cuadros.

 

Publicado en Escuela (20 noviembre 2014

 

 

 

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