El regreso de los cinco

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Dos veces al año surge en la floresta variopinta del quiosco un sinnúmero de ofertas que buscan anudar con sus compradores una relación de dependencia hasta más allá del fin de los tiempos. Al igual que sucede en septiembre, en enero afloran las propuestas más variadas. Como en un colmado de la España rural de mediados del siglo pasado. Como en un bazar chino de hoy. Olvidados a la intemperie, los periódicos de papel agonizan junto a miniaturas de camiones de transporte pesado. Unos maxifulares ocultan las láminas de oro de una colección de minerales. Homero estrecha lazos con Tintín, y Platón y Nietzsche dialogan de tú a tú con algunos de los santos más venerados. A ese batiburrillo, que desaparecerá apenas el gancho de sus irresistibles precios promocionales dé paso a su importe real, han llegado también cuatro adolescentes y un perro. Los cinco. Y eso, con perdón de Homero, de Platón, de Nietzsche e incluso de Tintín, son palabras mayores.

Para muchos de los nacidos a comienzos de los sesenta, Los cinco habrían de constituir la más apasionada lectura una década después. Hasta que Camilo José Cela no se dignó a llevarnos por los atrasados pueblos de la Alcarria y mientras no nos decidíamos a aceptar la arriesgada invitación de Jack Kerouac para vagabundear por las polvorientas carreteras de Estados Unidos, Los cinco demostraron ser unos excelentes compañeros de aventuras. Los cinco eran en realidad cuatro primos ingleses y un perro. Dos chicos, Julián y Dick; dos chicas, Ana y Jorge, un nombre masculino tras el que se escondía una Jorgina encantada de que la confundieran con un muchacho, y un perro mestizo, Timoteo, Tim. En cuanto se desembarazaban de la tutela de unos adultos que los proveían de viandas exóticas, como la tarta de jengibre, el pastel de riñones y ciruelas, el plum-cake o los emparedados de pepinillos, los cinco protagonizaban un sinfín de correrías que alimentaban nuestra incipiente afición lectora y satisfacían la urgencia de vivir apasionantes peripecias en islas con tesoros escondidos o en castillos de secretos pasadizos. Más que aquella colección de Bruguera de tapas blancas o doradas titulada ‘Colección Historias Selección’, en la que se alternaban Stevenson, Verne, Salgari, Defoe y Fray Escoba, Los cinco fueron para uno el motivo de una lectura voraz que no parecía saciarse nunca.

En mi biblioteca de adulto agradecido hay a la vista un ejemplar de Los cinco se divierten publicado por Juventud en los años setenta, y muy cerca de él un ejemplar de la primera edición de Five get into a fix (1958), traducido como Los cinco se ven en apuros. En ambos el nombre de la autora viene representado por su firma. Durante muchos años, Enid Blyton fue apenas una rúbrica que, como las ilustraciones de portada de José Correas y la tipografía en helvética, nos permitía identificar fácilmente una colección muy deseada. Adelantándonos a las teorías literarias que relegan al autor para ocuparse únicamente del artefacto narrativo, los preadolescentes de los años setenta devorábamos Los cinco sin saber absolutamente nada de su autora, y sin la posibilidad de acudir a Internet para conocer quién era o qué aspecto tenía.

Al cabo del tiempo sabríamos que, tras Los cinco había una escritora que entre 1915 y su muerte en 1968 publicó nada menos que 753 libros, de los que vendería la exorbitante cantidad de 600 millones de ejemplares. Pero también, como contaría su despechada hija Imogen, una persona arrogante, insegura, extremadamente ambiciosa, sin un ápice de instinto maternal y tan inmisericorde como para tratar mejor a sus jóvenes lectores que a su propia familia. En su autobiografía, Imogen dejó dicho que la manera de ver la vida de su madre era infantil y que podía ser resentida como una adolescente. La BBC, la misma compañía que durante treinta años la rechazó por considerarla una autora de segunda fila, y a su obra carente de valor literario, realizó en 2009 un biopic sobre ella. Tras meterse a fondo en el personaje, la actriz que la encarnó, Helena Bonham Carter, definió a Blyton como alguien completamente inmaduro que hubiera hecho las delicias de un psicoterapeuta.

Qué importa todo ello. Generaciones anteriores tuvieron su Guillermo Brown y otras más recientes, su Harry Potter. Nosotros disfrutamos entonces con esos cuatro primos a los que siempre acompañaba un perro que ni siquiera era de raza. Los cinco han regresado. Quién sabe si a la vuelta del quiosco no nos esperará una nueva aventura.

Publicado en Escuela, 29 enero 2015

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