Reencuentro con Paco de Lucía

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Hay que imaginar la cara de estupefacción de un padre, guitarrista aficionado que completa su salario tocando hasta la madrugada en tabernas y fiestas de señoritos, cuando su hijo de seis años le hace notar que se ha ido de compás y solo después de varias tentativas sin admitirlo ha de reconocer que el pequeño está en lo cierto. O cuando trata infructuosamente de enseñarle al mayor unos acordes a la guitarra y observa que el pequeño asume con facilidad la propuesta, toma el instrumento que nunca antes había tenido en sus manos y ejecuta despacio ante la admiración paterna el rasgueo que al hermano se le resistía. El padre asombrado apartará al mayor y reclamará al pequeño para adiestrarlo en un arte con el que revolucionará la guitarra flamenca. Poco antes de su temprana muerte a los 66 años y reconocido desde hacía mucho como un genio sin parangón, le confesará a su propio hijo mayor: “Yo no creo en eso de los grandes genios. Pienso en gente que trabaja y ha trabajado mucho y que tiene talento”. Paco de Lucía trabajó mucho dentro y fuera de los escenarios, pero el suyo se diría un talento innato.

De La búsqueda, el documental realizado por su hijo, Francisco Sánchez Varela, aflora un niño tímido que hará de la guitarra su lenguaje. También un adolescente reclamado con insistencia por su hermano Pepe, dos años mayor que él y de gira por Estados Unidos en una compañía a la que Paco se unirá pronto. Un hombre joven que ridiculiza la pretensión de un periodista sevillano, El loco de la colina, por hacer de él alguien famoso, como un Raphael o un Camilo Sesto. Un músico que, en solitario o en compañía, se pasea por los mejores escenarios del mundo, pero al que, antes que los muchos aplausos devotos, solo le produce una pasajera felicidad el convencimiento íntimo de haber tocado bien. O un hombre que en la edad de la jubilación asume las rarezas de los músicos y justifica la conveniencia de que vivan solos.

Cualquiera de las piezas incluidas en el documental revela la maestría de quien muy pronto llevó a la guitarra flamenca a cotas nunca antes alcanzadas. Aunque para eso tuviera que sortear el malestar de los puristas. Paco de Lucía, que se había forjado en el estilo acuñado por Niño Ricardo, se encontró en Nueva York con otro mítico guitarrista flamenco, Sabicas, exiliado desde el estallido de la Guerra Civil. Igual que Andrés Segovia llegaría a negarle la doble condición de guitarrista y de músico y declararía que solo tenía unos dedos listos, a Sabicas debió de disgustarle tanto esa devoción por Niño Ricardo que tardaría mucho en reconocerlo, no como un igual venido a hacerle sombra, sino, todo lo más, como un discípulo aventajado.  Entre tanto, le daría un consejo importante. Un guitarrista, le dijo, no debe limitarse a interpretar un repertorio existente. Debe crear sus propias obras. A partir de ese momento, Paco el de la portuguesa, como lo conocían de niño, empezó a escribir sus propias composiciones. Un día de 1973, apremiado por su compañía para añadir un último tema con el que rellenar el disco que estaba grabando, Paco de Lucía improvisó una rumba, Entre dos aguas, que, para escándalo de los puristas, supuso un rotundo éxito comercial que lo catapultaría sin remedio hacia la fama. También su amigo Camarón tuvo que luchar contra el rigor del tradicionalismo flamenco. En un momento de la película, un jovencito José Monge se duele de que algunos no comprendan bien su manera de cantar, y basta ver otro documental, Tiempo de leyenda, para saber cómo de mal se recibió el disco de Camarón que en 1979 le daría otra vuelta de tuerca al flamenco, La leyenda del tiempo.

Que un hijo aborde en una obra celebratoria como esta la figura del padre permite ganar en cercanía e intimidad. A cambio, no resulta difícil esquivar cuestiones dolorosas. A la muerte de  Camarón, su entorno familiar lanzó sobre el guitarrista una sombra de sospecha y lo acusó de haberlo engañado con los derechos de autor. Un cargo que afectaría en lo más hondo a Paco de Lucía. En un momento dado, el guitarrista algecireño daría ese asunto por concluido, pero en ese repaso por su vida y su música que es La búsqueda no hay la más mínima huella de esa puñalada moral de la que tanto tardaría en restablecerse.

A falta de otro final mejor, la parca quiso dar el último golpe de claqueta. Paco de Lucía, que murió hace ahora un año, sigue vivo en este documental excelente. La búsqueda supone una oportunidad inmejorable para reencontrarse con su arte.

Publicado en Escuela, 5 febrero 2015

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