Inventario de Muñoz Molina

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El primer riesgo que tiene el abordar la obra abundante de un novelista de mediana edad en la plenitud de sus facultades creativas es que el análisis se vea pronto superado por nuevos textos que marchiten sin remedio el estudio. En Pasados ejemplares, una investigación aparecida en 2004 en torno a la narrativa de Antonio Muñoz Molina, Justo Serna alcanzaba a examinar Sefarad, que el escritor ubetense había publicado en 2001. En sus últimas páginas se aludía a la oceánica bibliografía que ya entonces existía sobre un autor que aún no había cumplido el medio siglo. Diez años después de que aquel trabajo viera la luz, Serna, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Valencia, ha vuelto a poner al escritor bajo la lupa en el ensayo Antonio Muñoz Molina. El tiempo en nuestras manos (Fórcola). Entre aquel abordaje crítico y este de ahora, el novelista ha entregado libros como Ventanas de Manhattan, El viento de la luna, Días de diario, La noche de los tiempos o Todo lo que era sólido.

Ese riesgo de ser superado por una producción fértil es manifiesto. En el prólogo de El tiempo en nuestras manos, en el que vuelven a diseccionarse los libros de Muñoz Molina, Justo Serna alude a los dos últimos volúmenes aparecidos hasta entonces con la firma del autor, el citado Todo lo que era sólido y El atrevimiento de mirar. Habla de ellos de manera somera, pero cierra prácticamente sus páginas con el análisis de La noche de los tiempos (2009). A la vez que El tiempo en nuestras manos llegaba a las librerías, el azar editorial ha querido que también lo haga una nueva novela de Muñoz Molina, Como la sombra que se va (Seix Barral). De modo que el interesante texto de Serna casi requeriría ya de una nueva edición, quizá no corregida, pero sí aumentada.

Como la sombra que se va es una minuciosa indagación sobre el asesino del reverendo Martin Luther King, James Earl Ray, pero también sobre el propio pasado de Antonio Muñoz Molina y sobre el mismo hecho de cómo se escribe una novela. Apostado tras la ventana de un cuarto de baño en una pensión de mala muerte de Memphis, a las seis y un minuto de la tarde del 4 de abril de 1968, Ray acabó de un disparo con la vida del famoso activista por los derechos civiles y emprendió una huida que a lo largo de tres meses y tres semanas lo llevaría por cinco países, en dos continentes. Antes de viajar a Londres y ser detenido en el aeropuerto cuando se disponía a volar a Bruselas con un pasaporte falso a nombre de Ramon George Sneyd, James Earl Ray permaneció diez días en Lisboa. El hallazgo de ese dato circunstancial llevará a Muñoz Molina a indagar también en el hombre joven que él mismo era cuando un día de enero de 1987 viajó a la capital portuguesa con el objetivo de tomar notas con las que continuar la novela que entonces estaba escribiendo, El invierno en Lisboa, y cuyo fulminante éxito de crítica y de ventas terminaría por cambiar la vida de aquel funcionario municipal, padre en ese momento de dos niños de corta edad y promesa de lo que pronto empezaría a conocerse como la nueva narrativa española.

A partir de los infinitos hallazgos aportados por la policía a un proceso judicial que condenó a Ray a una pena de 99 años de cárcel, a la que solo su muerte en 1988 pondría fin, Muñoz Molina reconstruye minuciosamente y con una prosa absorbente los preparativos del asesinato y la huida posterior, lo mismo que recrea la mísera infancia del asesino y su pasado como delincuente común. Pero la historia de Ray es solo una de las patas del libro. La peripecia del asesino y el viaje del narrador a Memphis tras sus pasos se alternan con la evocación de aquel joven aprendiz de escritor y los rumbos que tomaría su vida tras aquellos días en Lisboa. Como también es un notable ajuste de cuentas consigo mismo y, acaso, la reparación de la deuda contraída con aquellos hijos convertidos hoy en adultos. Ese componente autobiográfico que da el relevo al relato que protagoniza James Earl Ray es también lo que en un determinado momento alivia a la novela de una cierta prolijidad, de la que también se recupera soberbiamente cuando la atención recae sobre Martin Luther King y sus contradicciones.

Para fortuna de sus muchos lectores, Antonio Muñoz Molina, que ya se aproxima a la sesentena, no parece dar muestras de agotamiento. Por eso cabe esperar de él nuevas y aún mejores obras, de las que, sin duda, Justo Serna habrá de dar cuenta en sucesivos libros. Aunque sea al precio de que la novedad desbarate el inventario.

Publicado en Escuela, 12 febrero 2015

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