Los buenos lectores

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Hay siempre tanto por leer, que quién encuentra tiempo para la relectura. Cada visita a una buena librería nos recuerda la modestia de nuestro empeño y la vastedad tentadora de un paraíso cuyos frutos no seremos capaces de saborear. Para guiarnos por el laberinto de los libros, a veces se hace necesaria la ayuda de una mano amiga. En ocasiones esa mediación adopta la forma de una crítica en el suplemento de un periódico, de un estudio introductorio al comienzo de una obra o de un libro que diseccione un puñado de novelas o relatos. Esto último es lo que sucede en Lo que tiene alas, de Eduardo Jordá  (Fundación José Manuel Lara). Además de practicar el articulismo, Jordá (Palma de Mallorca, 1956) tiene en su haber novelas, cuentos, poesía, diarios y libros de viajes. En su Sevilla de adopción imparte desde hace años talleres de escritura creativa, una práctica habitual en universidades de todo el mundo y algo raro, sospechoso y tan poco romántico que entre nosotros ha de encontrar refugio en cualquier sitio excepto en centros universitarios. Con la vista puesta en la creación literaria que cada uno de sus alumnos sea capaz de desarrollar, Jordá busca en esos talleres forjar exactos hermeneutas y, antes aún, buenos lectores.

Como no todo el mundo tiene la suerte de vivir en Sevilla y de poder acudir a sus clases, Eduardo Jordá ha puesto por escrito algunas de esas sesiones y las ha publicado en este libro que lleva por subtítulo De Gógol a Raymond Carver. En él asegura que una buena novela o un buen relato no requieren de un manual de instrucciones que nos expliquen cómo deben ser leídos o interpretados. Solo necesitan un buen lector en posesión de las cuatro cualidades que Vladimir Nabokov fijó como imprescindibles para merecer esa categoría: tener imaginación, memoria, un buen diccionario y cierto sentido artístico. En una entrevista con el periodista Alfonso Armada, Jordá se atreve a añadir una más: “la vasta, incurable curiosidad del buen lector”.

Como si desmontara un reloj para comprobar el verdadero estado de las piezas, por su mesa de compostura narrativa van pasando relatos o novelas cortas como El abrigo, de Gógol; Bartleby el escribiente, de Melville; Un alma de Dios, de Flaubert; La muerte de Ivan Ilich, de Tolstoi, o Casa tomada, de Cortázar. Jordá los desmenuza, analiza sus relaciones, el sentido que subyace en cada personaje, en cada texto, y trata de ponernos en el camino de formar parte de esa comunidad de buenos lectores que, como calcula ante su amigo periodista, no cree que esté integrada en nuestro país por más de cinco mil individuos, diez mil siendo generosos. Hay otros títulos que pasan bajo su ojo escrutador, como El violín de Rotschild, de Chéjov; Mendel, el de los libros, de Zweig; Para una tumba sin nombre, de Onetti, o La buena gente del campo, de O´Connor. Pero, y acaso no sea más que una impresión subjetiva, siente uno que el disfrute de Eduardo Jordá se acrecienta ante novelas como El gran Gatsby, de Fitzgerald, o La vuelta de tuerca, de James, o cuentos como El nadador, de Cheever, o ese otro de Carver que se titula Veía hasta las cosas más minúsculas, y que plantea, además, la distancia entre el original y la pieza publicada tras haber pasado por la poda de un editor competente como Gordon Lish.

En el epílogo de un libro que guarda cierto parentesco con el de Eduardo Jordá, La verdad de las mentiras, Mario Vargas Llosa escribe que, si se quiere evitar que la literatura quede arrinconada en el desván de las cosas inservibles, “hay que leer los buenos libros, e incitar y enseñar a leer a los que vienen detrás”. Además de ayudarnos a ser lectores más sagaces, el de Jordá es un estímulo para ejercitar el arte de la relectura o, cuando menos, para adentrarse por primera vez. Atraído por una fatalidad sin remedio, repaso en mis ejemplares la página de respeto de muchos de esos relatos, y las fechas de lectura que voy encontrando me devuelven a tiempos que se cuentan ya por décadas. ¿Debería empezar por El gran Gatsby o por Bartleby? ¿No sería mejor retomar a Flaubert? ¿O quizá ese cuento desconocido de Chéjov? ¿Y por qué no leer de una vez por todas a Kawabata?

El diccionario lo llevamos ya en el teléfono móvil, no andamos rebosantes de imaginación y sentido artístico, y la memoria empieza a ofrecer signos de rebeldía. Lo único que no falta es curiosidad. Pero no sé si solo con eso nos aseguraríamos una plaza en el club de los cinco mil.

Me temo que ni siquiera en el de los diez mil tendríamos hueco.

Publicado en Escuela, 19 febrero 2015

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