La historia más hermosa

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El escritor neoyorquino Henry James, que entonces tenía 41 años y vivía en Londres, publicó en 1884 en Longman’s Magazine un artículo en el que elogiaba una novela que acababa de llegar a las librerías, La isla del tesoro. No era el primer libro que su autor veía impreso, pero sí el que muy pronto empezaría a proporcionarle fama y éxito económico. Robert Louis Stevenson agradeció las palabras de James en las mismas páginas de la revista londinense, y muy pronto se anudaría entre ellos una profunda amistad que requirió de inmediato la forma epistolar, pero a la que solo pondría término la temprana muerte del autor escocés, diez años más tarde en los Mares del sur. En una carta remitida por entonces a James, le refiere su impresión de que los lectores deben de ver en él a una especie de atlético esteta de rosadas agallas, cuando el verdadero Stevenson, añade, no es sino “un espectro enclenque y reservado”.

John Singer Sargent, el célebre pintor norteamericano, captó a la perfección a ese Stevenson desgarbado y enfermizo que sugieren su metro setenta de estatura y un peso que siempre estuvo por debajo de los cincuenta kilos. En el lienzo de 1887 Sargent lo retrata de forma canónica, sentado en una butaca de mimbre trenzado, mientras con una mano sostiene un cigarro y apoya la otra sobre unas piernas enflaquecidas bajo el pantalón. En el óleo de 1885, que pudo verse hace unos pocos años en Madrid, en la exposición conjunta que sobre Sargent y Sorolla ofreció el Museo Thyssen, desconcierta esa composición en la que Stevenson parece detenido en medio de su deambular por la misma estancia en la que, al otro lado del cuadro, su mujer, Fanny, descansa en un sillón.

Ese Stevenson inmortalizado por Singer Sargent es el que el lector debe imaginar en la casa de dos plantas de Braemar, en las Tierras Altas de Escocia, en la que, en el verano de 1881 y a instancias de su hijastro, comenzó a escribir las aventuras de un joven llamado Jim Hawkins en busca del codiciado botín escondido en una isla remota con forma de grueso dragón rampante. Desde su aparición en 1883 en forma de libro, La isla del tesoro se ha convertido en una obra imperecedera capaz de alimentar la fantasía de generaciones sucesivas. Hoy sigue figurando por derecho propio tanto en las incipientes bibliotecas juveniles, como en las de los adultos amantes de la mejor literatura de todos los tiempos. Ese amor incondicional rezuma por entre las páginas del segundo número de Graphiclassic, un quijotesco empeño que, “con la proa puesta hacia la literatura”, persigue revisitar obras clásicas “procurando que los vientos nos lleven también a las menos cartografiadas costas de la ilustración y de la imagen”.

Tras el número dedicado al Moby Dick de Herman Melville, y antes de acometer a otro grande como Jules Verne, los responsables de esta proeza editorial han reunido firmas como las de Mario Vargas Llosa, Javier Marías, Fernando Savater, Alberto Manguel o Luis Alberto de Cuenca, para rendir homenaje al Stevenson de La isla del tesoro. Todo ello entreverado con alguna de la descomunal iconografía generada a lo largo de este casi siglo y medio alrededor de nombres como la Hispaniola, Billy Bones, el doctor Livesey, el señor Trelawney, el capitán Smollett, John Silver el Largo o Capitan Flint, el loro de estridente voz al que le gusta repetir ‘Doblones, ‘Doblones’.

Excelentemente editadas, las 234 páginas de El mapa de los sueños constituyen una inagotable enciclopedia que procurará muchos momentos de felicidad a los partidarios de ese mismo Stevenson a quien debemos esta máxima: “Ningún deber es tan poco valorado como el deber de ser feliz”. Aquí se encuentra la esencia del más puro Stevenson, aunque alguien pueda echar de menos una mayor atención a Henry James o a John Singer Sargent. Quizá no haya muchos lectores que en algún momento de su vida no se hayan internado en la emblemática novela del escritor edimburgués. Por si acaso, tal vez no sea inútil del todo recordar aquella declaración pasional que Fernando Savater proclamaba en La infancia recuperada: “La narración más pura que conozco, la que reúne con perfección más singular lo iniciático y lo épico, las sombras de la violencia y lo macabro con el fulgor incomparable de la audacia victoriosa, el perfume de la aventura marinera (…) con la sutil complejidad de la primera y decisiva elección moral, en una palabra, la historia más hermosa que jamás me han contado es La isla del tesoro”. ¿Cabe añadir un elogio mayor?

Publicado en Escuela, 26 febrero 2015

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