Palabros

palabros

Para referirse a la salud de nuestro idioma, Víctor García de la Concha gusta de recordar al fallecido lingüista Emilio Lorenzo y al afortunado sintagma con el que este bautizó uno de sus libros, El español de hoy, lengua en ebullición. Aunque la primera edición data de 1966 y la última es de 1994, la feliz expresión mantiene su validez para designar ese borboteo constante al que está sometido el castellano. Cualquier lengua, en realidad. No en vano, el escritor argentino Ernesto Sábato ya nos previno de que “las únicas lenguas puras son las lenguas muertas”. Los expertos dicen que los cambios sociales se reflejan en el lenguaje y que, si las mutaciones gramaticales tardan un siglo en configurarse, para las metamorfosis léxicas basta con una generación. Las palabras nacen, se transforman, cambian de significado, mueren y hasta resucitan. Hace unos pocos años, Álex Grijelmo y Pilar García Mouton recopilaron en un libro una larga serie de términos que se debatían entre este mundo y la nada. Le pusieron por título Palabras moribundas e incluyeron voces como pasquín, córcholis, mandil, tomavistas, acerico, descocado, dulcería, niqui, pardiez o fetén. La editorial que lo publicó formuló una propuesta: “Si fueras una ONG de palabras moribundas, ¿cuáles salvarías?”. De las 20 seleccionadas, las cinco primeras fueron: alhaja, canastos, cenutrio, chupacirios y cuchitril. Pero entre las quince restantes había otras como dislate, estipendio, lechuguino, soponcio o zate. Términos todos ellos que cualquier jovenzuelo no dudaría lo más mínimo en tildar de viejunos.

En ese hervor permanente del lenguaje, unas palabras se aproximan a su defunción por falta de uso, mientras otras pugnan por nacer bajo una forma u otra. Segurizar, doula, selfi, precuela, viernes negro, postureo, curador, bibliotrailer o escrache son algunas de las que han empezado a anidar en la lengua española, y cuyo uso extensivo en el tiempo acaso las lleve al lado de otras que, como hacker, hipervínculo, egresar, pantallazo, papichulo o tunear, ya han encontrado acomodo en el diccionario de la Real Academia Española (RAE). La renovación es continua. Los neologismos forman parte intrínseca de una lengua. Prestados por otros idiomas o creados a partir de derivaciones –proceso de paz-; cultismos –grafiti-; acrónimos –pymes-, o palabras compuestas –correo basura, banda ancha-, los nuevos vocablos cuentan con una suerte de espías que, como los que integran el Observatorio de Neología (OBNEO) de la Universidad Pompeu Fabra, trabajan en la detección de palabras novedosas. De palabros. La RAE define ‘palabro’ como la palabra mal dicha o estrambótica, y lo cierto es que casi cualquier palabra oída o leída por primera vez suena extravagante a nuestros oídos. El Banco de datos de neologismos del Centro Virtual Cervantes, con el que colabora el observatorio barcelonés, está detenido en algún momento inconcreto de 2010, pero aun así pueden encontrarse palabros como abrumante, absurdez, aguanís o amargacenas.

Por desconocimiento, desidia o economía, el lenguaje experimenta cada día erosiones de todo tipo. Unas veces son pequeñas mellas de las que pronto logra recuperarse, y otras termina pulido como un canto rodado. Desde hace años, locutores, políticos y ganadores de los Premios Goya se han dedicado con ahínco a favorecer el uso del infinitivo como verbo principal de la frase, sin que se apoye en otro y no renquee. El resultado, lo oímos a todas horas en quien agarra un micrófono: ‘Únicamente, agradecer a…’; ‘añadir solo que…’, ‘recordarles finalmente…’. Para calificar ese uso incorrecto, se ha acuñado una larga lista de denominaciones que van desde el infinitivo radiofónico, hasta el de generalización, pasando por el introductorio o el infinitivo fático. Surgida de entre la maleza de un manual de lenguaje administrativo elaborado para el Ayuntamiento de Madrid por un equipo de la Universidad Rey Juan Carlos, mi preferida es un palabro por una vez sonoro y encantador: ‘infinitivo chinesco’. Tiene su porqué. En un curso acelerado de unos pocos minutos puede descubrirse que en ese idioma oriental el verbo no se conjuga, sino que se usa siempre en infinitivo, y que la referencia a los pronombres personales o a los tiempos verbales se logra anteponiéndole la partícula adecuada.

Quizá estemos dando los primeros pasos para incorporar a nuestro idioma ese infinitivo chino. Misterios, en fin, de una lengua milenaria, de la que, por no saber, ni siquiera sabemos si está también en ebullición.

Publicado en Escuela, 5 marzo 2015

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